-Casa Ángela

Por: Rafael Domínguez Rueda

Un día como hoy, pero de hace 63 años -19 de agosto de 1963 eran aproximadamente las once y media de la mañana, cuando contesté en el teléfono de la Oficina Federal de Hacienda, donde trabajaba. Era mi gran amigo y mecenas Aurelio Castro Muñoz. Me pedía que nos viéramos en media hora, en la casa marcada con el número 60 de las calles de Bravo, para atender una petición urgente del señor obispo don Fidel Cortés Pérez.


Al llegar al domicilio, ya estaban ahí Aurelio Castro, Román Reyna, Pablo Domínguez y Manuel Flores. La casa que teníamos al frente era de concreto. De una sola planta. Pasando la entrada había un pequeño jardín. Al fondo, se divisaba un amplio patio, pues la construcción tenía amplios ventanales, tanto hacia el exterior como hacia el interior, supuse para que tuviera mayor ventilación.


¿De qué se trataba? ¿Cuál era nuestra participación? nadie sabía nada. Al filo de las doce y media llegó una camioneta de pasajeros de donde descendió el obispo y cinco religiosas que el prelado nos presentó: Vienen de Puebla. De la orden de Santa Úrsula, Las religiosas son: Cecilia Felciano, americana, al igual que Blanca y Morín, Ma. de los Ángeles, cubana y Corazón de Jesús, mexicana.

La presentación fue breve. El obispo dijo que las Madres Ursulinas venían a desarrollar una labor educativa y quería que ellas conocieran a personas que en un momento dado podían apoyarlas. Aurelio les dió la bienvenida, agradeció su disposición por trabajar por Iguala y que no dudaran en pedimos nuestro apoyo en lo que fuera. Concluyó pidiéndole al obispo que si había una encomienda en especial.


Como respondiera que no, nos despedimos, pues, además, los compañeros estaban sobre el tiempo. A la una de la tarde tenían que estar en el templo Expiatorio para cumplir con la Hora apostólica de todos los días.


Por lo general, los cinco nos reuníamos todas las noches, pues integrábamos el Secretariado Diocesano de Cursillos de Cristiandad; encabezábamos la Escuela de Dirigentes y presidíamos la Ultreya. Esa noche salió a colación la llegada de las monjitas y el hecho de que nos tomó por sorpresa y debido a ese atolondramiento no nos habíamos cerciorado de las condiciones en que habían quedado instaladas. Por lo que acordamos que Pablo las visitaría por la mañana del día siguiente para saber si algo necesitaban.


Al otro día, Pablo le informó a Aurelio de la situación de las reverendas. Él fue por ellas para llevarlas a su casa a desayunar y descansar un poco. Y es que habían pasado una mala tarde y peor noche. La casa no había sido acondicionada. No contaba con ningún mueble. Ellas con el auxilio de vecinos salieron a comprar algo para comer y petates para dormir


Así que, nuevamente fuimos convocados para vernos a las nueve de la mañana. Aurelio, hombre de acción y decisiones inmediatas, repartió el trabajo: Pablo se encarga del aseo y limpieza de toda la casa; Román tenía que dejar montada y surtida toda la cocina; Manuel acondicionar recámaras, Rafael colocar cortinas, material de limpieza y 10 sillas para reuniones Aurelio habilitar comedor y recibidor. Lo que quedó concluido a las tres de la tarde.

Desde aquel primer día, las madres ursulinas me demostraron una atención y cariño muy especial que me hacía sentir ruborizado interiormente y no adivinaba a qué se debía. Diez años después, le pregunté a la madre Cecilia a qué se debía tanta consideración a mi persona que yo no merecía. Ella me confesó: el día que llegamos, todas nosotras nos dimos cuenta que el señor obispo lo ponderaba por encima de los demás. Semanas después de nuestra llegada le preguntamos sobre cada uno de ustedes. Cuando él se refirió a usted, dijo que lo consideraba un San Pablo, porque sin ser uno de los apóstoles, el primer Cursillo lo convirtió en el máximo propagador del Movimiento, pues dos meses después ya había prendido la mecha en toda la diócesis. De ahí nació nuestro cariño por usted.

La madre Blanca se empeñaba en darme clases para perfeccionar el inglés. La madre Cecilia, días después de que naciera mi primogénito nos pidió lo lleváramos. Al llegar, lo tomó en sus brazos y se dirigió al oratorio. Lo colocó sobre el altar y lo consagró a Dios. Es madrina de bautizo de mi tercer hijo. Sacramento que se realizó en la capilla de la Orden. Cuando fuí de viaje al Viejo Mundo, además de unos consejos, me regalaron un estuche de viaje. Distinciones que Dios ha de premiar.


Fue Ángela Merici quien comenzó en 1535 lo que llegó a ser la Orden de Santa Úrsula. A través de los siglos, esta Orden se ha extendido por todas partes del mundo, formando una gran familia internacional de hermanas unidas de corazón, herederas de la espiritualidad y el misticismo de Santa Ángela.


En 1892, por invitación de Monseñor Francisco M. Vargas, arzobispo de Puebla, llegaron las primeras ursulinas a México. Hoy hay comunidades de ursulinas mexicanas en Puebla, Tepoztlán, Tabasco e Iguala.