“DÍA MUNDIAL DE LA SALUD 2026, CIENCIA, RESPONSABILIDAD Y FUTURO”
Por: Alejandra Salgado Romero
“La salud no lo es todo, pero sin ella, todo lo demás es nada”
Arthur Schopenhauer
Cada 7 de abril, el mundo recuerda una verdad que, aunque evidente, suele quedar relegada en la práctica: la salud es el fundamento mismo de toda sociedad. El Día Mundial de la Salud, instaurado con motivo de la fundación de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1948 y celebrado desde 1950, no es una efeméride menor, ni una fecha protocolaria; es, en esencia, un llamado global a reconocer que “sin salud no hay desarrollo, no hay bienestar y, en última instancia, no hay futuro”, (Organización Panamericana de la Salud, OPS).
En 2026, esta conmemoración adquiere una dimensión particularmente significativa bajo el lema: “Juntos por la salud. Apoyemos la ciencia”, una consigna que trasciende lo retórico para convertirse en una exigencia urgente en un mundo atravesado por crisis sanitarias, cambio climático, desigualdades estructurales y desinformación. La elección de este lema no es casual. La OMS ha planteado que la campaña de este año, de alcance global y duración anual, busca reconstruir la confianza en la ciencia, promover decisiones basadas en evidencia y fortalecer la cooperación internacional bajo el enfoque de “Una sola salud”, que reconoce la interdependencia entre la salud humana, animal y ambiental. Se trata, en otras palabras, de entender que la salud ya no puede pensarse como un fenómeno aislado ni exclusivamente clínico: es un entramado complejo donde convergen factores sociales, económicos, políticos y ecológicos.
En el caso de México, el Día Mundial de la Salud obliga a una reflexión profunda y, sobre todo, honesta. Nuestro país ha registrado avances importantes en cobertura de servicios, vacunación y atención primaria; sin embargo, las brechas siguen siendo notorias. De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI) y la Secretaría de Salud, las enfermedades crónicas no transmisibles, -como la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y la obesidad-, continúan siendo las principales causas de muerte en el país. México ocupa, además, uno de los primeros lugares en prevalencia de obesidad a nivel mundial, lo que constituye un factor de riesgo estructural para múltiples padecimientos. A ello se suma una realidad que no puede soslayarse: la desigualdad en el acceso a servicios de salud. Mientras en zonas urbanas existen mayores posibilidades de atención médica especializada, en comunidades rurales e indígenas persisten limitaciones en infraestructura, personal y medicamentos. Esta disparidad no sólo es injusta, es en términos estrictos, una violación al derecho humano a la salud.
Como lo ha señalado el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, “no basta con mejorar los servicios de salud; se necesitan políticas en muchos ámbitos”, subrayando que los determinantes sociales, -como la pobreza, la educación o el entorno-, son decisivos en el bienestar de las poblaciones. En México, esta afirmación cobra especial relevancia. La salud no puede desligarse de fenómenos como la informalidad laboral, la inseguridad alimentaria o la precariedad urbana. El énfasis del lema 2026 en la ciencia también responde a un contexto global donde la desinformación ha erosionado la confianza en instituciones sanitarias. La pandemia de COVID-19 evidenció tanto el poder transformador de la investigación científica, como los riesgos de ignorar la evidencia.
La OMS insiste en que apoyar la ciencia implica algo más que financiar investigaciones: significa adoptar políticas públicas basadas en datos, fortalecer los sistemas de salud y promover la alfabetización científica entre la población. En este sentido, eventos como la Cumbre Internacional “Una sola salud” y el Foro Mundial de Centros Colaboradores de la OMS, que reunirán a cientos de instituciones científicas en 2026, reflejan un esfuerzo sin precedentes por articular respuestas globales coordinadas.
México, como parte de esta comunidad internacional, enfrenta el reto de traducir estos principios en acciones concretas: inversión en investigación, fortalecimiento del sistema de salud pública y combate frontal a la desinformación. Pero hablar de salud no es únicamente referirse a políticas públicas o sistemas hospitalarios. La salud también se construye, -o se deteriora-, en la vida cotidiana. Adoptar estilos de vida saludables no es una recomendación superficial; es una estrategia fundamental para reducir la carga de enfermedad. La alimentación balanceada, la actividad física regular y la prevención de adicciones son pilares que, aunque conocidos, no siempre se practican.
El caso de México es ilustrativo. El consumo elevado de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados ha sido identificado como un factor clave en la epidemia de obesidad y diabetes. La propia OMS ha advertido que la baja regulación y fiscalización de estos productos incrementa los riesgos para la salud pública, subrayando la necesidad de políticas más firmes en esta materia. Sin embargo, la responsabilidad no recae únicamente en el individuo. Las condiciones estructurales, -como la disponibilidad de alimentos saludables, los espacios para la actividad física o las jornadas laborales-, influyen decisivamente en las decisiones personales.
Otro de los aspectos más urgentes, y a menudo invisibilizados, es la salud mental. En un mundo marcado por la incertidumbre, la violencia y la precariedad, los trastornos de ansiedad, depresión y estrés se han incrementado de manera alarmante. En México, la atención a la salud mental sigue siendo insuficiente, tanto en términos de infraestructura como de acceso. Persisten estigmas culturales que dificultan la búsqueda de ayuda, así como una limitada integración de estos servicios en la atención primaria. Reconocer la salud mental como parte integral del bienestar, -tal como lo establece la OMS al definir la salud como un estado de completo bienestar físico, mental y social-, es un paso indispensable para construir sociedades más equilibradas.
Finalmente, el Día Mundial de la Salud nos recuerda que el bienestar no es un asunto individual, sino colectivo. La salud comunitaria, -entendida como la capacidad de una sociedad para cuidar de sus integrantes-, es un indicador clave de desarrollo. Implica fortalecer redes de apoyo, promover la participación ciudadana y construir entornos que favorezcan el bienestar. La pandemia dejó una lección clara: nadie está completamente a salvo si otros/as no lo están. No se trata sólo de gobiernos o instituciones, se trata de cada persona, cada comunidad y cada decisión cotidiana.
En un mundo donde las crisis parecen encadenarse, -sanitarias, ambientales, económicas-, la salud emerge como el eje que articula todas las demás dimensiones del desarrollo. Sin ella, cualquier proyecto de nación es inviable. México tiene ante sí la oportunidad, -y la obligación-, de asumir la salud como una prioridad estratégica, no sólo en el discurso, sino en la acción. Esto implica invertir, planificar, educar y, sobre todo, reconocer que la salud no es un gasto, sino la inversión más rentable para cualquier sociedad. Cuidar la salud es, en última instancia, un acto de responsabilidad social, ya que no es únicamente la ausencia de enfermedad, sino la condición indispensable para vivir con dignidad, para construir comunidad y para imaginar un futuro posible.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
