Sector 7

Ene 13, 2024

Días de ser poeta

Por: José I. Delgado Bahena

“Parece que ayer nací/ sobre otates/ y entre pañales de trapo viejo/ con un dolor en el ombligo/ y un agujero en mi silencio…”, son los primeros versos de mi libro “Los negros pájaros del silencio, que es el tercer poemario que he publicado, y es, en esta obra, en donde siento que he dejado mi esencia como ser humano.


Simplemente, estos versos que abren el poemario, en los que, definitivamente, registro el dolor de haber nacido en el seno de un entorno familiar y social de muchas carencias; me dolió, pero también acepto que me forjó el carácter aquel ambiente de lucha, de sacrificio, de trabajo, de sueños que parecían inalcanzables.

Efectivamente: mis pañales, como los de, todavía, algunos de mis hermanos, fueron de recortes de pantalones viejos, y la cuna, de lazos tejidos, colgada de un horcón en la choza de techo de palma y paredes de bahareque.


“Dicen que apreté los puños/ como retando al día nuevo/ fue a las cuatro de la mañana/ según mi acta de nacimiento./ Debí nacer en un lago/ y lo hice en el desierto. Aún me queman las horas/de aquellos días de invierno.” Claro: cuando el sol igualteco te rasguña la nariz, tienes que rebelarte, inconformarte por la pobreza, las desigualdades, la injusticia. Hasta el calor, en invierno, te enfada.


“Mortal/ como todos/ poco a poco voy muriendo/ es la suerte del que nace/ sin una estrella en el tiempo.” Digna es la vida, como digna debe ser la muerte. Y reconocer, además que solo los dioses son inmortales, como una ley que se cumple desde el nacimiento: “Para morir hemos nacido”, digo en otro poema.

“De niño fui comerciante/ después fui marinero./ ¡Cómo ansiaba el temporal/ que formaba mi riachuelo!” Tuvimos una madre luchona que apoyaba a mi padre en la responsabilidad de proveer para la casa lo necesario. Por supuesto, a los mayores nos hacía ayudarle. Así, me llevaba al mercado en mis días libres para vender nanche sentado sobre una caja de madera. Nuestro mejor entretenimiento era hacer barquitos de papel para dejarlos ir en la corriente que se formaba con el agua de las lluvias y en esas naves se iban nuestra imaginación y nuestros sueños.


“Mi madre almidonaba mi calzón/ para mi corazón jornalero/ y entre surcos y semillas/ se humedecía mi sombrero./ Mis huaraches me miraban el alma/ desde muy dentro/ y en mis manos sollozaban/ las luciérnagas del cielo.” El vestuario de los niños del pueblo era el calzón y camisa de manta, así como el calzado eran los huaraches. Todo muy humilde, pero, a la distancia, me enorgullece mi origen por la ruta que tomaron mis pasos, gracias al esfuerzo y sacrificio de mis padres, quienes, seguramente, se quedaban sin un taco en el estómago por darnos algo de comer para tener energías que empelaríamos en el estudio.


“Sembré sueños/ y esperanzas/ en mis caminos de ciego./ Cada tarde era un suspiro/ y cada noche un anhelo.” Sin esperanza no hay actitud, no hay anhelos, no hay confianza en alcanzar las metas. Tropezando y cayendo, pero levándome aún más fuerte y dejándome llevar por los sueños, con la sabiduría ciega en los frutos que recogería, el camino, pedregoso, se hizo factible de transitar y ahora puedo decir que valió la pena el recorrido.


“Así crecí/ envidiando la paz/ de mis primeros muertos/ y tragándome las ansias/ de mis pasos bandoleros.” Con un espíritu aventurero, me he arriesgado, he apostado, he estado al borde del precipicio para calcular el fondo de un fracaso. He cometido errores, he pagado consecuencias, me he atrevido y he ganado, aunque también he perdido; porque así es la vida.

“Mi juventud fue una chispa/ que se apagó con el tiempo/ aunque hay quien dice/ que la sangre no envejece/ solo lo hacen los huesos./ Parece que ayer nací/ en este charco de lamentos.” A mis sesenta y seis años, puedo decir, como Neruda: “He vivido”.

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