ENERGÍA EN LATA: ¿IMPULSO O RIESGO?–DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
ENERGÍA EN LATA: ¿IMPULSO O RIESGO?.– “Me voy a tomar una “latita” para aguantar”, dice el adolescente que durmió poco, tiene examen, va a entrenar o quiere seguir despierto frente a la computadora. Abre la lata y, como se vende libremente en la tienda, en el gimnasio o afuera de la escuela, parece que no hay nada de qué preocuparse. Pero una bebida energética no es simplemente un refresco con otro sabor. Hablamos de productos como red bull, monster, rockstar, vive100, volt y otros semejantes. Algunos dicen “zero”, “sin azúcar” o utilizan imágenes relacionadas con el deporte. Sin embargo, que no contengan azúcar no significa que sean adecuados para niños y adolescentes. El problema principal sigue siendo la cafeína y la combinación con otros estimulantes. La cafeína activa temporalmente el sistema nervioso. Puede hacer que el joven se sienta más despierto, pero no le proporciona energía verdadera ni repara el cansancio. No sustituye el sueño, el descanso, un buen desayuno o una alimentación adecuada. Es como obligar al cerebro a mantener encendida la luz cuando todo el organismo está pidiendo que la apaguemos. Muchas de estas bebidas también contienen guaraná, taurina, ginseng y grandes cantidades de azúcar. Además, la cafeína puede irse sumando sin que el muchacho lo advierta: una energética, un café, un refresco de cola y un producto “preentreno” (polvos, líquidos o cápsulas que contienen cafeína) pueden consumirse en unas cuantas horas. Muchos padres se sorprenden cuando el hijo presenta temblor, nerviosismo, dolor de cabeza, náusea, irritabilidad, palpitaciones o insomnio. En cantidades elevadas, o en personas más sensibles, también pueden presentarse taquicardia, aumento de la presión arterial, ansiedad intensa y alteraciones del ritmo cardiaco. Se forma entonces una trampa: el joven se desvela con el teléfono, las tareas, los videojuegos o las series; al día siguiente toma una “latita” para funcionar. La cafeína le impide dormir adecuadamente y vuelve a despertar cansado. Entonces busca otra lata. No es que le falte “pila”; le falta descanso. Tampoco debemos confundir una bebida energética con una bebida deportiva. Para la gran mayoría de los niños y adolescentes que juegan futbol, corren o entrenan, el agua sigue siendo la mejor forma de hidratarse. Una lata con estimulantes no mejora mágicamente la condición física. ¿Pueden estas bebidas causar un infarto? Sería exagerado afirmar que una sola lata explica por sí misma todos los problemas cardiacos de los jóvenes. Pero sí puede convertirse en otra pieza de un rompecabezas formado por obesidad, sedentarismo, poco sueño, mala alimentación, tabaco, vapeadores, alcohol y antecedentes familiares.
El riesgo merece mayor atención si el adolescente padece hipertensión, una arritmia o alguna enfermedad del corazón; si ha presentado desmayos, dolor en el pecho, palpitaciones o falta de aire durante el ejercicio, o si existen antecedentes familiares de muerte súbita. Y hay una mezcla especialmente peligrosa: líquidos “energéticos” con alcohol. La cafeína no quita la borrachera. Únicamente puede hacer que el joven se sienta menos cansado y crea que “aguanta más”, aunque su juicio, coordinación y reflejos continúen alterados. Si después de consumirlas aparecen dolor en el pecho, palpitaciones intensas o irregulares, desmayo, confusión, dificultad para respirar o convulsiones, se debe buscar atención médica de inmediato. Padres y madres: más que limitarnos a decir “no tomes eso”, preguntemos: “¿por qué sientes que lo necesitas?”. Detrás de esa lata puede haber falta de sueño, exceso de pantallas, presión escolar, ansiedad, mala alimentación o entrenamientos mal organizados.
La energía que realmente necesita un adolescente no viene en una lata. Viene de dormir bien, comer a sus horas, tomar agua, hacer ejercicio y aprender a cuidar su cuerpo y su corazón desde joven.
DON CHIMINO.- Les paticaba la vez pasada que tábamos yo y mi Puchunga frente a la glorieta de la Diana Cazadora en Acapulquito de mis recuerdos, esperando al compadre Eleuterio que me iba a acompañar a una vulcanizadora pa´que revisaran la llanta que se ponchó en la carretera. Recargado en mi Forcito taba yo enlelado mirando el palmito de la cazadora. Llegó una señora guía de turistas que se dio color de mi embobamiento y me dijo que me iba a paticar sobre la historia de la modelo. Me preguntó cómo me llamaba, Le dije que Chimino y sin más, cerró su abanico que traiba en la mano y me dijo: —“Para conocer la historia de esta estatua, primero hay que conocer a la mujer que le prestó su cuerpo. Se llamaba Helvia Martínez Verdayes y trabajaba como secretaria en Petróleos Mexicanos. Durante muchos años se contó que apenas tenía dieciséis años cuando el arquitecto Vicente Mendiola y el escultor Juan Olaguíbel la invitaron a posar para una obra que embellecería una glorieta de la Ciudad de México”. —¿Dieciséis años nomás? ¿Tan chamaquita? —le pregunté. —“Ésa es la edad con la que pasó a la historia, don Chimino. Años después, la propia Helvia dijo en una entrevista que en realidad tenía veinte. Las crónicas no se ponen completamente de acuerdo, pero todas coinciden en algo: era muy joven, no era modelo profesional y jamás imaginó que su cuerpo terminaría convertido en uno de los monumentos más conocidos de México”. La señora abrió nuevamente su abanico y continuó: —“Helvia aceptó por vanidad, según lo reconoció ella misma. Sabía que tenía una figura bonita y le emocionaba la idea de verla convertida en una obra de arte. Pero también sabía que su madre jamás le daría permiso. Por eso, la primera vez se fue a escondidas”. —¿Sin decirle a nadien? ––Volví a preguntarle. —“Así fue. Ella decía que prefirió pedir perdón en vez de pedir permiso. Después tuvo que confesarlo y su mamá puso el grito en el cielo. Se enojó muchísimo y le advirtió que aquello podría costarle el empleo, la reputación y hasta la posibilidad de encontrar marido”. ––Pero seguro no le jue tan mal, ¿o sí? — Seguí de preguntón ––“No, don Chimino. Pero para llegar hasta allá todavía falta mucha historia. Después de aquel disgusto, su madre comenzó a acompañarla a algunas sesiones. No estaba de acuerdo, pero quería cerciorarse de que nadie abusara de su hija. Helvia posó desnuda durante varios meses, sin recibir un solo centavo. A cambio, pidió que su nombre permaneciera en secreto. La obra fue bautizada como “La Flechadora de las Estrellas del Norte”. Representaba a Diana, la diosa romana de la cacería, pero aquella Diana mexicana no dispararía contra los animales del bosque. Apuntaría su arco hacia el cielo para flechar las estrellas. Cuando fue inaugurada en mil novecientos cuarenta y dos, la gente dejó a un lado el nombre elegante y comenzó a llamarla simplemente “La Diana Cazadora”. Su desnudez provocó admiración, pero también un escándalo. Los grupos más conservadores dijeron que era indecente y exigieron que la retiraran” —¿Nomás porque taba en cueros? –– La volví a interrumpir. —“Eran otros tiempos, don Chimino. La llamada Liga de la Decencia organizó protestas y presionó a las autoridades. Para evitar que quitaran la estatua, el escultor aceptó colocarle una especie de calzón de bronce”. —¡Híjole! Con la calor que hace, se le han de haber tatemado las nachas –– Le dije, ella se tapó la boca con el abanico pa’que no se le saliera la carcajada. —“Era una estatua, don Chimino. Años después, cuando México se preparaba para recibir visitantes de todo el mundo con motivo de los Juegos Olímpicos, las autoridades decidieron retirarle aquella prenda. Durante el trabajo se dañó la escultura y se fundió otra utilizando el mismo molde. La pieza restaurada terminó en Ixmiquilpan, Hidalgo, y una réplica ocupó su lugar en la Ciudad de México”. ––¿Tonces? ¿Esta es la misma o otra?–– seguí de preguntón. —“No es la misma. La de Acapulco también es una réplica. Fue obsequiada al puerto por Miguel Alemán Valdés, el expresidente que impulsó la transformación turística de Acapulco y cuyo nombre lleva nuestra avenida Costera. La Costera Miguel Alemán se inauguró en mil novecientos cuarenta y nueve. Por aquellos años, esta zona del Farallón estaba cerca del límite del Acapulco urbanizado. De un lado quedaba el puerto tradicional; del otro comenzaba la zona turística que crecería con hoteles, restaurantes, centros nocturnos y grandes residencias. La Diana terminó convertida en una especie de guardiana de ese nuevo Acapulco. Desde su glorieta vio pasar turistas, artistas, millonarios, presidentes y gobernadores. Pero también vio movimientos estudiantiles, manifestaciones, policías, bloqueos y pleitos políticos. Por su ubicación…” ––¡Híjoles! ¡Cuantísimas cosas! ¡Noooo! ¡Eso no es nadaaa! Qué historión me contó la señora, pero, como ya me la volví a crolongar, aquí le paro por hoy, áhi pa´ l´otra les sigo paticando. ¡Graciotas por lerme
