“ALIMENTAR EL, -Y PARA EL-, FUTURO: EDUCAR PARA NO DESPERDICIAR”
Por: Alejandra Salgado Romero
“El primer componente esencial de la justicia social es, casi con certeza, una alimentación adecuada para toda la humanidad”
Norman E. Borlaug
Cada 29 de septiembre se conmemora el Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos, una fecha proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas desde el año 2019, con el propósito de visibilizar una de las contradicciones más profundas de nuestro tiempo: mientras millones de personas padecen hambre o inseguridad alimentaria, toneladas de alimentos terminan diariamente en la basura.
La efeméride forma parte de los esfuerzos internacionales para alcanzar el Objetivo de Desarrollo Sostenible 12.3 de la Agenda 2030, que plantea reducir a la mitad el desperdicio mundial de alimentos y disminuir las pérdidas a lo largo de las cadenas de producción y suministro. No se trata únicamente de un asunto económico o ambiental; estamos ante un desafío ético, educativo y de justicia social.
En nuestro tiempo, -año 2026-, organismos internacionales han insistido en un mensaje central: la reducción de las pérdidas y desperdicios alimentarios es indispensable para construir sistemas agroalimentarios sostenibles, resilientes e incluyentes. En esencia, el lema global sigue convocando a una acción colectiva: producir mejor, consumir responsablemente y aprovechar plenamente los alimentos.
Las cifras resultan contundentes. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) estima que en 2022 el mundo desperdició alrededor de 1,050 millones de toneladas de alimentos, equivalentes al 19% de los alimentos disponibles para las personas. De ese total, el 60% corresponde a los hogares, el 28% a los servicios de alimentación y el 12% al comercio minorista. En promedio, cada persona desperdicia aproximadamente 79 kilogramos de alimentos al año, lo que equivale a más de mil millones de comidas desechadas diariamente en el planeta. Paradójicamente, más de 780 millones de personas enfrentan hambre crónica.
La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) añade un dato igualmente preocupante: cerca del 13% de los alimentos se pierde entre la cosecha y la venta minorista: antes incluso de llegar a las mesas de las familias. Si se suman las pérdidas y el desperdicio, alrededor de un tercio de los alimentos producidos en el mundo nunca es consumido.
El problema tiene además una dimensión ambiental de enorme magnitud. Diversos estudios del PNUMA indican que el desperdicio de alimentos genera entre el 8 y el 10% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Si el desperdicio alimentario fuera un país, sería uno de los principales emisores del planeta. También implica el uso inútil de agua, energía, suelo agrícola y trabajo humano.
En México, la situación no es menor. Datos de la Red de Bancos de Alimentos de México (BAMX) y de estudios de la FAO han señalado que en el país se desperdician millones de toneladas de alimentos cada año, mientras millones de personas viven algún grado de inseguridad alimentaria. La pérdida y el desperdicio ocurren en toda la cadena: producción, transporte, comercialización, restaurantes y hogares. Especialistas en sistemas alimentarios, como el investigador José Luis de la Cruz Gallegos y organismos internacionales como la FAO, han subrayado que combatir este fenómeno requiere políticas públicas, infraestructura, educación alimentaria y una ciudadanía informada.
El caso de Guerrero merece una reflexión particular. Nuestro estado enfrenta históricamente desafíos vinculados a la pobreza, la desigualdad y el acceso a una alimentación adecuada. De acuerdo con mediciones del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), una proporción importante de la población guerrerense experimenta carencias relacionadas con la alimentación y el ingreso. En regiones rurales, además, existen pérdidas de alimentos asociadas a limitaciones de almacenamiento, transporte e infraestructura productiva.
Al mismo tiempo, en los hogares, mercados y establecimientos de alimentos se reproducen prácticas cotidianas de desperdicio que podrían evitarse. Esta realidad demanda el reconocer que la solución no depende únicamente de grandes decisiones gubernamentales o empresariales, sino que también se construye desde la educación, la familia y la comunidad.
Aquí aparece una dimensión fundamental: la perspectiva de género. Las mujeres desempeñamos un papel central en la producción, transformación, preparación y administración de los alimentos, tanto en el ámbito rural, como en los hogares. La FAO ha señalado reiteradamente que el empoderamiento de las mujeres rurales fortalece la seguridad alimentaria y contribuye a sistemas alimentarios más sostenibles. Reconocer este trabajo, distribuir de manera más equitativa las tareas de cuidado y promover la educación alimentaria desde la infancia, constituyen acciones indispensables para avanzar hacia sociedades más justas.
La académica brasileña Ana Maria Primavesi, pionera en agricultura sostenible, afirmaba que la relación entre las personas y los alimentos es también una relación con la naturaleza. Por su parte, el economista indio Amartya Sen, premio Nobel, ha sostenido que el hambre no es consecuencia exclusiva de la falta de alimentos, sino también de desigualdades sociales y de acceso. Ambas reflexiones nos recuerdan que desperdiciar comida es desperdiciar recursos, trabajo, agua, energía y oportunidades de desarrollo.
Desde nuestra vida cotidiana podemos instrumentar algunas acciones sencillas, pero poderosas: planificar las compras, consumir primero los alimentos perecederos, aprovechar las sobras en nuevas preparaciones, interpretar correctamente las fechas de consumo, donar excedentes en buen estado, compostar residuos orgánicos y promover en las escuelas proyectos de educación ambiental y alimentaria.
Una base indispensable es entender que educar para evitar el desperdicio, es educar para la solidaridad. Significa comprender que cada alimento representa el esfuerzo de productores/as, transportistas, comerciantes y familias, reconocer el valor del agua y de la tierra, enseñar a niñas, niños y jóvenes que el consumo responsable es una forma concreta de ciudadanía.
El Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos nos deja una lección esencial: la sostenibilidad comienza en los pequeños actos cotidianos. En un mundo donde aún persisten el hambre y la desigualdad, aprovechar mejor los alimentos no es solamente una decisión inteligente; es, ante todo, un acto de responsabilidad ética y de compromiso con las generaciones presentes y futuras.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
