UN GOLPE EN LA CABEZA: NO TODO ES EL CHICHÓN-DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
UN GOLPE EN LA CABEZA: NO TODO ES EL CHICHÓN. –Pocas cosas asustan tanto a un padre o a una madre como ver a su hijo golpearse la cabeza. Basta una caída de la cama, de una silla, de la bicicleta, de una resbaladilla o de una escalera para que aparezcan la angustia y las dudas. Muchas veces los niños se levantan llorando, se les forma un gran chichón y los familiares piensan que algo terrible ocurrió. Otras veces sucede lo contrario: el golpe parece pequeño, el niño apenas llora y todos creen que no pasó nada. La realidad es que los traumatismos en la cabeza son una de las causas más frecuentes de consulta en pediatría y en los servicios de urgencias. Afortunadamente, la mayoría son leves y evolucionan favorablemente. Sin embargo, algunos pueden ocasionar lesiones importantes dentro del cráneo y requieren atención médica inmediata. Después de un golpe, lo primero es mantener la calma. El pánico no ayuda. Observe al niño durante los primeros minutos. Si llora inmediatamente, reconoce a sus familiares, responde cuando le hablan y se comporta de manera habitual, generalmente es una señal tranquilizadora. Sin embargo, existen datos de alarma que nunca deben ignorarse. Busque atención médica de inmediato si el niño pierde el conocimiento, aunque sea por unos segundos; presenta vómitos repetidos; tiene convulsiones; está excesivamente somnoliento; es difícil despertarlo; se muestra confundido; habla de forma extraña; tiene problemas para caminar o mantener el equilibrio; presenta debilidad en brazos o piernas; se queja de un dolor de cabeza cada vez más intenso o sale sangre o líquido transparente por la nariz o por los oídos. En los bebés pequeños las señales pueden ser más difíciles de reconocer. Debemos vigilar si rechazan el alimento, lloran de manera inconsolable, están demasiado irritables o presentan cambios importantes en su comportamiento habitual. Un error muy frecuente es pensar que la gravedad depende del tamaño del chichón. En realidad, muchos golpes espectaculares producen únicamente inflamación de los tejidos superficiales. Por el contrario, algunas lesiones internas importantes pueden ocurrir sin que exista un gran abultamiento visible. Lo más importante es cómo se encuentra el niño.
Otro mito es creer que si no perdió el conocimiento no existe riesgo. Aunque la pérdida de conciencia es un signo importante, algunos sangrados dentro del cráneo pueden manifestarse varias horas después del accidente. Por eso la observación durante las primeras 24 horas es fundamental. Tampoco es recomendable automedicar ni administrar medicamentos para “que se calme” sin indicación médica. Algunos fármacos pueden ocultar síntomas que ayudan a valorar la gravedad del problema. Y algo muy importante: no es necesario mantener despierto al niño toda la noche. Si fue valorado y se encuentra estable, puede dormir. Lo correcto es vigilarlo periódicamente y comprobar que despierta y responde normalmente. La mejor medicina sigue siendo la prevención. Muchas lesiones graves podrían evitarse utilizando casco al andar en bicicleta, motocicleta, patines o patineta. También colocando protecciones en escaleras, evitando que los niños jueguen en azoteas, balcones o lugares elevados sin supervisión, y nunca dejando solos a los pequeños sobre camas, cambiadores o muebles altos. Un golpe en la cabeza no siempre es una emergencia, pero tampoco debe minimizarse. Aprender a reconocer las señales de alarma puede salvar una vida.
DON CHIMINO.- Qué bueno que no pasó nada grave en Acapulco de mis amores por la mentada tomenta Boris. Yo digo que San Juditas oyó sus rezos de mi Puchunga que le pidió protegiera a los compadres Eulalia, Eleuterio y a la ahijadita Elisamar que, en una llamada por Waschat nos invitaron a la clausura de su escuela de ballet de la bella niña cabellos dorados que sería el viernes siguiente. Mi Púchun, ni tarda ni perezosa en l´horita dijo que sí, que con mucho gusto, que a quíhoras era. Le dijieron que a las cinco de la tarde que es l´hora en que acostumbraba ir a su clase. Esa tarde del miércoles nos pusimos a paticar yo y mi Púchun y es que, su prima Eulalia la invitó a que nos quedáramos en su cantón de ella, que asina no gastaríamos en hotel y además, podríamos tar más tiempo juntos los compadres y la ahijada. La mera verdá yo siempre prefiero un hotel porque áhi se puede quedar uno echando la güeva o viendo la tele, contemplando la mar o llegar a la hora feliz al restaurán a echarse unas cheves, pagando tres y echándose un sits, al cabo que el mesero Lucas ya nos conoce y, si le pago las tres antes de que termine la hora me echa las seis en una cubeta con yelo, solo que mi vieja dijo que no, que la últims vez que juimos nos pusimos bien graves y que no quería volver a vivir una etsperiencia como esa noche que nos pegó una cruda espantosa que, yo en lo personal, pensé que me tendrían que hospitalizar de tan jodido que me sentía. Lo que más me convenció jue que mejor horráramos unos morlacos y que, si nos quedábamos con los compadres disfrutaríamos más a la ahijada que, según me dijo, jue la que más insitió en que nos quedáramos con ellos. A otro día, el miércoles, llevé mi Forcito con un mecánico de los antiguos que conoce al dedillo a mi coche, Don Rodolfo. En su taller tiene una fosa. Pone uno su coche encima, él se baja por una escalerita y, dende abajo, revisa todo el coche, además, asina le saca más mejor el aceite sucio, revisa la suspensión y checa las llantas. Me dijo que todo taba bien, solo que las llantas, anque tenían agún todavía mucho dibujo ya tenían diez años, que anque se miraran buenas, ya taban resecas, que sería bueno que cambiara las 4 llantas, que no lo hacía y si iba a salir jueras, que no le metiera la pata y que me juera despacio. El jueves en la mañana me puse a hablar a las llanteras pa´preguntar precios, pero, más las baratas y de marca china me las dejaban lo menos a tres mil ochocientos varos. Mi apá me enseñó que lo chino casi siempre se mira bonito pero que es chafa y a la mejor y sí porque, las marca Michelín cuestan ocho mil quinientos chuchos cad´una. Por algo será. Como no tengo tanto billete pa comprar de las güenas y tampoco quiero que me den gato por liebre, mejor voy a ir comprando una por una pa que no me cajée y me quede todo bruja. Por sí o por si no, les unté a las 4 llantas tanto por las caras de adentro como a las de ajuera, aceite requemado que le pedí a Don Rodolfo me lo diera en una de las botellas vacías del aceite nuevo que le echó al motor. Querdaron como nuevas las cuatro. El jueves me jui a dar dos vueltas por el periféquiro y me dio mucho gusto sentir que el motor quedó parejito, los frenos al centavo y al arrancarlo: ¡al llavazo!. Mi idea de llevar mi Forcito es por la comodidá de que si se quiere parar uno puede hacerlo a onde uno quiera, no pierdes tiempo en esperar la salida del autobús, recoger tu maleta, buscar taxi y tampoco de van tosiendo son consideración y oliendo pedos ajenos, además, tenía tanto antojo de cocos que me traería una docena y sería difícil traerlos en el autobús y en el taxi sería muy aparatoso, en cambio, en la cajuela de mi forcito le caben, fácil, seis docenas. El viernes salimos de Iguala pa´Acapulco con la fresca, agu no salía el sol pero ya se miraba clarito. Pa que no juera cascabeliando, como es motor de 8, le puse gasolina de la roja que, en Iguala, cuesta un peso más que en Chipacingo y en Acapulco y yo me pregunto: ¿Por queee? Algunos dicen que las gasolineras de Iguala las tienen acaparadas unas familias y que se ponen de acuerdo pa que ninguna la venda más barata y asina ganen más ellos. Y no lo digo inventando, yo lo vi con mis propios ojos y lo comprobé personalmente en persona. Nos juimos con modo, a no más de 90 kilómetros por hora. De vez en vez rebasaba a algún camión viejoso o a uno que otro de doble remolque. Me hacía feliz de sentir cómo me responde agún todavía mi Forcito en las aceleradas pero me jui con cuidado. No me importó que nos rebasaban y nos rebasaban y nos rebasaban cochecitos tipo zapatito, bueno, hasta un Vochito viejoso que iba vuelto madre nos rebasó en una curva sin mirar el peligro. Por eso cavilé por unos momentos: “¿no sería mejor meterle la pata y rebasar, y no que lo ´stén rebase y rebase a uno con peligro de que, si lo rebasan en curva, el peligro aumenta más y, antes de que le acelere más, aquí le dejo por hoy, áhi pa la prótsima les sigo paticando, ¡abur!.
