“LA CRIANZA, POLÍTICA PÚBLICA PRIORITARIA”

Por: Alejandra Salgado Romero

“El cuidado cariñoso y sensible durante los primeros años sienta las bases para el aprendizaje, la salud y el bienestar durante toda la vida»
Organización Mundial de la Salud, UNICEF

Hay preguntas que revelan el verdadero rostro de una sociedad. Una de ellas parece sencilla, pero encierra profundas implicaciones económicas, sociales y humanas: ¿quién cuida a los bebés de México mientras sus madres y padres trabajan? La respuesta, en la mayoría de los casos, no está en una política pública robusta, sino en el sacrificio silencioso de millones de mujeres. Son las abuelas que posponen su descanso, las tías que reorganizan su rutina, las vecinas solidarias o, con demasiada frecuencia, las propias madres que renuncian a su empleo porque simplemente no existe una alternativa segura, accesible y confiable para el cuidado de sus hijas e hijos.

El periodo más determinante para el desarrollo humano sigue siendo uno de los menos atendidos por las políticas públicas. Los primeros mil días de vida, -desde la gestación hasta aproximadamente los dos años de edad-, constituyen una ventana irrepetible para el desarrollo cerebral, emocional, cognitivo y físico. La ciencia ha demostrado que las experiencias vividas durante esta etapa moldean capacidades que acompañarán a las personas durante toda su existencia. Investigadores como James Heckman han documentado que las inversiones realizadas en la primera infancia generan los mayores retornos sociales y económicos, pues favorecen mejores resultados educativos, mayor productividad y menores costos futuros en salud y asistencia social.

No se trata únicamente de alimentar a un o una bebé o mantenerlo seguro/a. Cuidar implica brindar afecto, estimulación temprana, protección, contacto humano, estabilidad emocional y condiciones que favorezcan un desarrollo integral. Como señalaba Donald Winnicott, «no existe el bebé solo»; existe siempre en relación con quien lo cuida. Esa relación constituye el primer espacio donde se aprende la confianza, la seguridad y el vínculo con el mundo. Sin embargo, la realidad cotidiana dista mucho de ese ideal.

En México, la incorporación de las mujeres al mercado laboral ha crecido de manera sostenida durante las últimas décadas. La Instituto Nacional de Estadística y Geografía documenta este incremento mediante la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, aunque persisten importantes brechas de participación laboral respecto de los hombres. Pero el verdadero desafío no consiste únicamente en lograr que más mujeres trabajen, sino en reconocer que el trabajo remunerado no elimina las responsabilidades domésticas ni de cuidado.

Diversos análisis sustentados en información oficial muestran que las mujeres continuamos realizando alrededor del 73 % del trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en los hogares mexicanos, situación que limita su desarrollo profesional, sus ingresos y sus oportunidades laborales. En otras palabras, muchas madres enfrentan una doble o incluso triple jornada: trabajan fuera de casa, realizan labores domésticas y continúan siendo las principales responsables del cuidado infantil… mientras tanto, los/as bebés no pueden esperar. Un/a recién nacido/a no entiende de horarios laborales, jornadas administrativas o cierres fiscales. Necesita alimentación, higiene, descanso, atención médica, estimulación y, sobre todo, presencia afectiva.

Por ello, reducir la discusión a si las madres «deberían quedarse en casa» o «deberían trabajar» representa un falso dilema. La verdadera pregunta es otra: ¿cómo puede el Estado, junto con la sociedad y el sector productivo, construir condiciones para que ninguna familia tenga que elegir entre el bienestar económico y el desarrollo de sus hijos/as? En los últimos años este tema ha comenzado a ocupar un lugar más relevante en la agenda pública nacional. El Gobierno de México impulsa la construcción de un Sistema Nacional y Progresivo de Cuidados, acompañado por la creación de nuevos Centros de Educación y Cuidado Infantil (CECI), bajo un modelo que busca colocar a niñas y niños como sujetos de derechos y no únicamente como usuarios de un servicio asistencial. La meta gubernamental contempla la construcción de mil centros durante el actual sexenio, además del fortalecimiento de una red nacional de servicios de cuidado.

El cambio conceptual resulta significativo. Ya no se habla únicamente de «guardar» a las niñas y los niños mientras sus madres trabajan. Se habla de educar, cuidar, proteger, estimular y acompañar su desarrollo desde los primeros meses de vida. Es una diferencia profunda. Porque un centro de cuidado infantil de calidad no sustituye a la familia; la fortalece. La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia y numerosos especialistas en desarrollo infantil han insistido durante años en que los servicios de atención temprana constituyen una inversión estratégica para reducir desigualdades sociales, mejorar el aprendizaje futuro y favorecer la igualdad entre mujeres y hombres. Además, estos sistemas de cuidado producen beneficios que trascienden el ámbito familiar. Permiten aumentar la participación laboral femenina, fortalecen la economía, reducen la pobreza, impulsan la formalidad laboral y generan empleos especializados para educadoras, psicólogas, enfermeras, nutriólogas y personal capacitado en primera infancia. Es decir, cuidar también produce desarrollo. No obstante, ninguna infraestructura será suficiente si no va acompañada de calidad.

Las y los bebés requieren espacios seguros, personal profesionalizado, protocolos de protección civil, alimentación adecuada, supervisión médica, estimulación oportuna y ambientes afectivos. El cuidado infantil no admite improvisaciones ni puede convertirse en un servicio de baja prioridad presupuestal. Cada bebé representa un proyecto de vida. Cada cuna contiene un futuro científico, una artista, un agricultor, una médica, un maestro o una presidenta. Por eso resulta indispensable abandonar la idea de que el cuidado corresponde exclusivamente a las mujeres. La corresponsabilidad debe involucrar a padres, familias, empresas y gobiernos. Como afirmaba Simone de Beauvoir, los roles asignados a mujeres y hombres son construcciones sociales susceptibles de transformarse. El cuidado también debe democratizarse.

En una sociedad que envejece y donde las dinámicas laborales cambian aceleradamente, construir un verdadero sistema nacional de cuidados ya no constituye un lujo ni una concesión política. Es una necesidad estructural. Porque detrás de cada madre que sale de casa con la incertidumbre de dónde dejar a su bebé, existe una historia de esfuerzo, de esperanza y, muchas veces, de culpa injustamente impuesta. Y detrás de cada bebé bien cuidado existe una oportunidad para romper ciclos de desigualdad.


México tiene hoy la posibilidad de entender que el cuidado no representa un gasto, sino la inversión pública más inteligente que puede realizarse. Si aspiramos a un país más competitivo, más justo y más humano, debemos comenzar exactamente donde inicia la vida. Porque el desarrollo nacional no empieza cuando una persona obtiene un empleo, vota por primera vez o ingresa a la universidad. Empieza mucho antes, en los brazos que sostienen a un/a recién nacido/a. Y una nación que protege esos primeros abrazos está construyendo, desde la raíz, un futuro más digno para todas y todos.


Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.