Por: José I. Delgado Bahena
Cuando mi madre murió, después de una larga temporada padeciendo un cáncer intestinal que en ninguna parte le pudieron curar, le hizo prometer a mi padre que se volvería a casar. Él, por consentirla en su lecho de muerte, le juró que así lo haría.
En ese entonces yo tenía solo diecisiete años y estaba estudiando el último semestre en el CBTis. Como no tenía hermanos, yo era la única preocupación de mi padre, quien, a sus cuarenta años, parecía que perdía la motivación para sobrevivir a la ausencia de mi madre.
“Deberías volver a casarte, como le prometiste a mamá”, le dije un día, de los pocos que compartíamos en la mesa, merendando un vaso de leche y un pan tostado con mermelada.
“¿Para qué?”, me contestó, “de cualquier manera nunca podré olvidar a tu madre”.
“Para que no estés solo. Hace más de dos años que ella nos dejó, y no eres viejo; cuando termine mi carrera, tal vez querré casarme y no me gustaría dejarte sin alguien que te caliente la cama”.
“¿Quién piensa en eso?”, replicó sonriendo, “tengo una mano muy amiga, y falta mucho para que termines tu estudios en la universidad”.
“Pero el día llegará, padre”, le dije, recogiendo los vasos y llevándolos al fregadero.
Después de esa plática no volvimos a tocar el tema. Sin embargo, una tarde, al regresar de la escuela, escuché, antes de abrir la puerta, las alegres carcajadas de él y de una voz femenina. Al entrar vi, con gran alegría, que una mujer como de treinta años, muy guapa, hermana de una compañera de su trabajo (después me dijo), estaba con él viendo un programa de televisión.
Mi padre me la presentó como su amiga Laura.
“Hola”, le dije, “soy Ángel, a tus órdenes”.
“Gracias”, me respondió, con una sonrisa, “eres muy guapo, eh. Bueno, te pareces a tu padre”, completó.
Con el pretexto de que tenía tarea, los dejé solos y entré a mi recámara.
Al mes de aquel encuentro, mi padre llegó con la noticia de que Laura y él habían decidido vivir juntos, sin casarse, y lo harían ahí, en la casa.
Me pareció estupenda la idea (por él, por supuesto). Y así fue. Al siguiente día ella había llevado ya algunas pertenencias, y desde ese momento comenzó a adueñarse del tiempo de mi padre, del espacio de la casa y hasta en mi vida se entrometía.
Cuando papá no se encontraba en casa, entraba a mi recámara, me ayudaba con mis tareas, aseaba mi cuarto, veíamos juntos un programa en la tele, o salíamos a caminar por el parque que apenas había hecho el delegado de la colonia. Así fuimos conociéndonos y la fui aceptando como parte de la familia. En realidad, no me costó mucho trabajo porque ella tenía un carácter muy agradable y compartíamos muchas aficiones en cuanto a bandas musicales, películas, libros y comidas.
Un día que no tuve clases, me quedé en cama hasta más tarde; entonces, Laura llegó con una charola en la que llevaba dos jugos de naranja y dos emparedados. Se acomodó junto a mí y, como dos hermanos, desayunamos en la cama y viendo la tele.
Al terminar, ella me dio un abrazo interminable y me dijo que me quería mucho. Yo le di las gracias y le dije que, igual: sentía algo especial por ella. Del abrazo pasamos a los besos en la mejilla. Ella me mordió una oreja y yo le mordí el cuello. De manera espontánea, nos besamos y, sin pensar en nada, dejamos que nuestras manos recorrieran nuestros cuerpos y nuestras bocas saciaran con mil besos húmedos el incendio que se desató en nuestros corazones y nos cubría la piel.
Al terminar con el desahogo de los cuerpos, nos quedamos viendo al techo y preguntándonos sobre lo que haríamos. Ninguno tuvo dudas. Teníamos que ser sinceros con mi padre y decirle lo que había pasado.
Cuando él llegó, con toda la solemnidad del mundo le contamos la traición que tuvimos hacia él; un pequeño silencio se formó mientras esperábamos su reacción plena de cólera infinita y la más pesada descarga de blasfemias.
Nuestra sorpresa no tuvo límites. Con gran serenidad y con un tono en sus palabras que no le conocía, expresó:
“No te preocupes, hijo, recuerda que el gran amor de mi vida es tu madre, que en paz descanse. Jamás te lo oculté, Laura…” continuó tomando una mano de ella; “seremos una familia moderna. Hagamos de cuenta que no pasó nada, o mejor sí, pero sin resentimientos, y cuando gustes puedes venir a hacernos compañía en nuestra cama, que es muy grande”.
Desde entonces, cuando me siento solo, los busco para convivir con ellos; llego a la puerta de su recámara, y cuando ven que estoy ahí, dejan espacio para que pueda acomodarme en la otra orilla.
