«Autocuidarse: La decisión que transforma destinos»
Por: Alejandra Salgado Romero
“El autocuidado no es egoísmo; no se puede servir desde un recipiente vacío”
Eleanor Brown
Vivimos en una época paradójica. Nunca antes habíamos tenido tanto acceso a información sobre salud, alimentación, actividad física y bienestar emocional; sin embargo, millones de personas continúan enfermando por causas que, en buena medida, pueden prevenirse. El ritmo acelerado de la vida, las jornadas laborales extensas, el estrés, la hiperconectividad y la falsa idea de que cuidar de uno/a mismo/a constituye un lujo, han desplazado una verdad elemental: el bienestar personal es el punto de partida para construir familias, comunidades y sociedades más saludables.
Cada 24 de julio se conmemora el “Día Internacional del Autocuidado”, una iniciativa impulsada desde 2011 por la Global Self-Care Federation (antes World Self-Medication Industry), para recordar que el cuidado de la salud debe ejercerse las 24 horas del día, los siete días de la semana; de ahí el simbolismo de la fecha 24/7. La jornada busca promover una cultura preventiva y fomentar que las personas desarrollen capacidades para proteger su salud física, mental y emocional mediante decisiones cotidianas responsables. La Organización Mundial de la Salud (OMS) define el autocuidado como la capacidad de las personas, las familias y las comunidades para promover la salud, prevenir enfermedades, mantener el bienestar y afrontar padecimientos con o sin el apoyo de profesionales sanitarios. Esta definición amplía nuestra visión: el autocuidado no consiste únicamente en acudir al médico cuando aparece una enfermedad, sino en adoptar hábitos permanentes que reduzcan riesgos y fortalezcan la calidad de vida.
En México, hablar de autocuidado implica enfrentar una realidad compleja. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición (ENSANUT), el sobrepeso y la obesidad continúan afectando a más de siete de cada diez personas adultas, mientras que la diabetes mellitus y la hipertensión arterial permanecen entre las principales causas de enfermedad y muerte. A ello se suma el incremento de problemas relacionados con la salud mental, el sedentarismo y los patrones alimentarios poco saludables. Estas condiciones representan enormes desafíos para las familias y para el sistema nacional de salud, pero también evidencian la necesidad de fortalecer una cultura preventiva desde el ámbito individual y comunitario.
El panorama adquiere características particulares en Guerrero. Según información oficial del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) y de la Secretaría de Salud de Guerrero, la entidad enfrenta importantes rezagos sociales que influyen directamente en los estilos de vida y en las oportunidades para ejercer el autocuidado. La dispersión poblacional, las desigualdades económicas, las dificultades de acceso oportuno a servicios médicos especializados y los elevados índices de enfermedades crónicas hacen indispensable fortalecer estrategias de promoción de la salud desde las propias comunidades. No obstante, Guerrero también posee fortalezas extraordinarias. Su riqueza natural, sus alimentos tradicionales, su diversidad cultural y el sentido comunitario presente en muchas de sus localidades, representan una base invaluable para construir estilos de vida saludables. Recuperar la alimentación regional basada en frutas, verduras, leguminosas, maíz y pescados, fomentar la actividad física aprovechando los espacios públicos, fortalecer las redes familiares y comunitarias, así como promover el descanso y la salud emocional son acciones de enorme impacto que no requieren grandes inversiones, sino voluntad colectiva.
La enfermera e investigadora estadounidense Dorothea Orem, creadora de una de las teorías más influyentes sobre el autocuidado, sostenía que las personas poseemos la capacidad de aprender a cuidar de nosotras mismas y que esta habilidad constituye un requisito indispensable para conservar la salud y la autonomía. Su propuesta revolucionó la práctica de la enfermería al colocar a la persona como protagonista de su propio bienestar y no únicamente como receptora pasiva de atención médica. Décadas después, esa visión conserva plena vigencia. También el médico estadounidense Dean Ornish, reconocido por sus investigaciones sobre enfermedades cardiovasculares, ha demostrado que cambios sostenidos en la alimentación, la actividad física, el manejo del estrés y el fortalecimiento de las relaciones humanas pueden incluso revertir algunos padecimientos crónicos. Su trabajo recuerda que muchas de las decisiones que tomamos diariamente tienen un impacto acumulativo sobre nuestra salud.
En la misma línea, la investigadora Brené Brown ha insistido en que el bienestar emocional comienza cuando aprendemos a reconocer nuestra propia vulnerabilidad, sin sentir culpa por atender nuestras necesidades. Cuidarse emocionalmente, establecer límites saludables, descansar cuando es necesario y pedir ayuda forman parte del autocuidado tanto como alimentarse correctamente o realizar ejercicio. Quizá uno de los mayores desafíos culturales consiste precisamente en desterrar la idea de que cuidarse representa un acto egoísta. Durante generaciones se ha enseñado que quien dedica tiempo a sí mismo/a está descuidando a las y los demás. La realidad demuestra exactamente lo contrario.
El autocuidado tampoco puede entenderse únicamente desde la dimensión física. Dormir las horas suficientes, mantener vínculos afectivos sanos, desconectarse periódicamente de las pantallas, leer, cultivar la espiritualidad, convivir con la naturaleza, gestionar las emociones, acudir oportunamente a revisiones médicas, vacunarse, evitar el consumo de tabaco y el uso nocivo del alcohol, así como buscar apoyo profesional cuando la salud mental lo requiera, forman parte de una visión integral del bienestar. En una sociedad acostumbrada a vivir con prisa, el autocuidado representa casi un acto de resistencia. Significa detenerse unos minutos para escuchar al cuerpo, reconocer las emociones y recordar que ninguna meta profesional, económica o política tiene sentido si la salud se deteriora en el camino.
Quien aprende a cuidarse descubre que el bienestar no depende exclusivamente de grandes acontecimientos, sino de cientos de pequeñas decisiones repetidas todos los días. Al final, el autocuidado cambia mucho más que los indicadores de salud. Cambia la manera en que miramos la vida. Nos enseña que nuestro cuerpo no es un instrumento que puede exigirse indefinidamente, sino el hogar que habitaremos durante toda nuestra existencia. Nos recuerda que el tiempo dedicado a descansar nunca es tiempo perdido; que pedir ayuda no es una señal de debilidad; que alimentarnos mejor es una inversión y no un sacrificio; que caminar unos minutos puede despejar la mente tanto como fortalecer el corazón.
Cuando una persona decide cuidarse, también comienza a cuidar mejor de quienes ama. Y cuando una sociedad aprende a hacerlo colectivamente, construye comunidades más fuertes, más solidarias y más humanas. Quizá ahí radique la mayor lección del autocuidado: entender que transformar nuestra vida no siempre requiere cambiar el mundo entero… a veces basta con empezar, todos los días, por cuidar responsablemente la única vida que verdaderamente nos pertenece.
Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.
