CICLOSPORIASIS: EL PARÁSITO DETRÁS DE LA DIARREA EXPLOSIVA-DON CHIMINO

Por: J. David Flores Botello

CICLOSPORIASIS: EL PARÁSITO DE LA DIARREA EXPLOSIVA.- En los últimos días seguramente ha escuchado hablar de la llamada diarrea explosiva, a raíz de un brote de ciclosporiasis asociado al consumo de alimentos contaminados, registrado en varios estados de Estados Unidos, que motivó a la Secretaría de Salud de México a emitir un aviso preventivo para quienes viajarán a ese país durante estas vacaciones. Como suele suceder, el nombre ha despertado más preocupación que la propia enfermedad. Sin embargo, más que alarmarnos, conviene conocer al verdadero responsable. La ciclosporiasis es una infección intestinal causada por un parásito microscópico llamado Cyclospora cayetanensis. Aunque fue descrita hace varias décadas, pocas personas habían escuchado hablar de ella. El nombre cayetanensis proviene de la Universidad Peruana Cayetano Heredia, en Lima, Perú, donde este microorganismo fue identificado y descrito científicamente. No estamos ante una enfermedad nueva; lo nuevo es el brote registrado en Estados Unidos, que ha puesto nuevamente a esta infección en la atención pública. A diferencia de muchas infecciones intestinales, la ciclosporiasis no suele transmitirse directamente de una persona a otra. El parásito necesita permanecer varios días en el ambiente para madurar y adquirir la capacidad de infectar. Por eso, el contagio ocurre principalmente al consumir agua contaminada o frutas y verduras que fueron regadas, lavadas o manipuladas con esa agua. Los síntomas pueden aparecer desde dos días hasta más de dos semanas después de ingerir el alimento contaminado. Lo más frecuente es una diarrea abundante, acuosa y persistente, acompañada de dolor abdominal, distensión, gases, náuseas, pérdida del apetito y un intenso cansancio. Algunas personas también presentan fiebre. En la mayoría de los adultos sanos la enfermedad se resuelve sin complicaciones. Sin embargo, en los niños pequeños, los adultos mayores y las personas con las defensas disminuidas, la diarrea prolongada puede ocasionar deshidratación importante y requerir atención médica. Otro aspecto que conviene conocer es que la ciclosporiasis no siempre se detecta en un examen coproparasitoscópico convencional, ya que con frecuencia requiere técnicas especiales de laboratorio. Por ello, es importante informar al médico si recientemente realizó un viaje o si varias personas que consumieron los mismos alimentos comenzaron a presentar diarrea. Cuando aparece una diarrea, algunos usan inmediatamente un antibiótico. Sin embargo, no todas las diarreas lo requieren. Muchas son ocasionadas por virus y solo necesitan una adecuada hidratación. La ciclosporiasis sí cuenta con un tratamiento específico, pero debe ser indicado por el médico. Automedicarse puede retrasar el diagnóstico y el tratamiento adecuados. La mejor prevención sigue siendo la misma que protege contra muchas enfermedades transmitidas por alimentos: lavarse bien las manos antes de comer y después de ir al baño; consumir agua hervida, purificada o embotellada; lavar y desinfectar correctamente frutas y verduras; preferir alimentos bien cocidos y evitar agua o hielo de procedencia dudosa durante los viajes. Las vacaciones son para disfrutarse, no para vivir con miedo. La información confiable permite prevenir sin caer en el pánico. La mejor vacuna contra el miedo es el conocimiento. Saber cómo se transmite esta enfermedad, reconocer sus síntomas y acudir oportunamente al médico puede hacer la diferencia. No permitamos que un viaje inolvidable termine siendo recordado por una enfermedad que, en la mayoría de los casos, puede prevenirse con unas manos limpias, agua segura y alimentos bien preparados. Desde nuestro punto de vista y, considerando lo que pasó con Covid, pasado un mes de inicio de ciclosporiasis en Estados Unidos empezaremos a ver en nuestro país los primeros casos.

DON CHIMINO.- Bien que me lo alvirtió Don Rodolfo, las llantas taban resecas y, gracias a Dios no pasó algo pior por andar presumiéndoles a los cafres del volante que yo con mi Forcito podría ser más mejor que ellos pero, la verdá, ora que lo pienso, es un riesgue muy alto ir a esa velocidá. Aunque váyamos en el mejor coche con toda la tepnología habida y por haber, ir a 170 o más en una carretera pública es ir en la cuerda floja por muy moderno que sea su coche. Si juera avión podría ir más veloz, pero por los aigres, no en carretera. Después de dejar a la orilla de la carretera las maletas y otras bolsas que llevábamos, saqué la llanta y, como les patiqué, cuando busqué el gato y la llave de cruz, me dijo muy apenada mi Púchun: “se los presté a Doña Catita y no los devolvió”. Fue como un balde de agua fría. Ora, tenía que ver qué otciones tenía pa´ cambiar la llanta. Mi Forcito ta asegurado y la cobertura permitía pedir una grúa o recibir apoyo pa´hacer esa talacha. O llamar al 074 de CAPUFE o al 078 de los Ángeles Verdes, ¿o Azules?, ¡ha no! Esos son los que cantan con Natalia Lafurcade y los que yo llamaría sería a los que apoyan a los carros que se descomponen en la carretera. Saqué mi celular que llevo siempre en el reposabrazos o parte de enmedio, al lado de la copilota y, cuando quise marcar, ¡no ´bía señal! Le pregunté a mi Puchunga si ella tenía señal en su celular … y ¡nones!. Los coches y camiones pasaban hechos la mocha y ni modos de pararlos y pedirles que me emprestaran un gato y una llave de cruz. Como sabía que ninguna ni ninguno se iban a parar, decidí treparme al cerro para ver si conseguía señal. Taba muy empinado, pero, como de por sí soy nahual de chango marango, me trepé hasta lo más arriba que pude. Después de no sé cuántas espinadas, resbaladas y raspones, logré pescar, tan siquiera, una poca de señal. Lo primero que pensé jue llamar a la aseguradora pa que me echaran la mano pero, –me acordé– me iban a pedir el número de la póliza y la traiba en la guantera del coche. ¡Chingüentes! Ni modos de bajar por ella si me costó una chinguita la subida. Luego pensé llamar al 074 o a los Ángeles Verdes, pero, se me prendió el foco: mejor le llamaría al comandante de la Guardia Nacional que me dijo que quería comprarme mi Forcito. Me busqué en las bolsas del pantalón el papelito que me dio con su número, en las bolsas de la camisa, ¡y ni máis del mentado papelito! Sudoroso por el esfuerzo y con harta comezón en el cuello, en mis espaldas y en mis brazos por tantos aguates de la atravesada entre el bosque, me senté en una piedrota. Apoyé el codo derecho sobre la dorrilla y recargué la barbilla en la mano, con la mirada clavada en el suelo, igualito que la estuata de El Pensador. Estuve cabilando unos segundos, ¿onde lo dejaría?. En eso, se me prendió el foco: ¡lo guardé en la bolsa secreta! ¡Y Sí! Saqué el papel, miré que su nombre era “comandante Zami” y le llamé. Sonó 2 veces y a la tercera me contestó. Ya me tenía identificado porque me dijo: –“¡Qué tal señor Chimino! ¿Ya se animó a venderme el auto? ¿Ya llegó a Acapulco? No me diga que se volvió a exceder de velocidad, ¿eh?”. Jue entonces que le patiqué de la ponchada de la llanta pero ni de chiste le diría que iba echando carreras con los carros más modernos. Me pidió la ubicación, se la mandé, me dijo que irían a apoyarnos y, ahora vendría lo bueno, la bajada del cerro. Si pa´ subir me costó un buen, la bajada estuvo cabrona. Dos veces estuve a punto de desbarrancarme. Tuve que rodear un poco el cerro buscando veredas menos empinadas. Por fin salí de nuez a la carretera pero como lo de dos cuadras de lejos de onde taba mi Forcito. Mero cuando iba yo llegando llegó tambor la patrulla con su torreta prendida. No les miento, a lo mucho se tardaron 15 minutos en cambiar la llanta y, cuando les dije que cuánto les debía, me dijieron que era parte de su servicio apoyar a la ciudadanía. “Permítanmen tantito” –les dije– Me metí al coche y saqué una botella con agua pa que se enjaguaran las manos que les quedaron medias cenizas por la talacha, el papel rollo que siempre sabemos llevar y saqué de mi cartera dos billetes de a cien que me eché en la bolsa de la camisa. Llegué ante ellos, abrí la botella de agua y les dije: –“Si gustan enjágüencen sus manos”. Y, mientras yo les echaba el chorrito de agua, ellos de las tallaban hasta que les quedaron limpias. Les dí papel de rollo pa´que se las secaran, saqué el dinero y pa´que no se viera que se los estaba dando, hice como que me despedía y le dejé en su mano, como untados, al pareja del comandante, los dos billetes. –“Uno y uno, pa´las aguas –les dije– y muchísimas gracias son ustedes muy amables, que Dios los bendiga”. Y, que me dice el comandante: –“Ya sabe ¿eh? Si se anima a vendermelo nos arreglamos”. Esta vez no me encabroné, solo le sonreí y le dije, –“No creo pero, gracias por el gran favor” y… ándales, ya me rete colgué, áhi nos pa´l´otra, graciotas.