Nunca dejes de escribir
Por: José I. Delgado Bahena
La semana pasada les hablé del poeta Salvador Romero como un claro ejemplo de quien está comprometido con la poesía como una forma de vida, con sus inquietudes y sus propuestas. Hoy, nuevamente lo traigo a esta columna porque, al retomar su obra, me encontré con otro de sus poemarios, y otra vez hallé al gran ser humano, talentoso y sensible, que es mi amigo Chava, como le digo.
Es que, cuando en el mundo de la literatura aparece alguien que cultiva la poesía, pienso que no todo está perdido. Creo, de corazón, que la sociedad aún tiene salvación, y que podemos recuperar ese algo que tiene que ver con la sensibilidad, con la parte que reconocemos como “humana”.
Recordemos que el poeta español Federico García Lorca dijo: “Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio”, y es lo más justo que he leído sobre esta actividad literaria que tiene que ver con las emociones más íntimas de una persona, con sus sentimientos y su modo de ver, de pensar, de sentir la vida, y de la vida, el amor y sus secretos.
Tal vez por eso, al releer el poemario “Siluetas como si te nombrara”, me he reencontrado con un río misterioso que me arrastró, desde la primera lectura, hace tres años. En cada poema de Siluetas…, el autor nos envuelve y, al fin seres sensibles, no hacemos nada por evitar ser despeñados hasta fluir con él, en su misterioso modo de escribir la vida.
No faltará quien, al leer “Siluetas como si te nombrara”, diga: Pero, ¿qué quiso decir? Olvidando, por supuesto, que la poesía no va dirigida al entendimiento, sino a los sentimientos, a los recuerdos, a los sueños…
Nuestro Octavio Paz reflexionó también sobre las características de la poesía, y dijo: “La poesía debe ser un poco seca para que arda bien, y de este modo iluminarnos y calentarnos”. Salvador se involucra en sus versos y reconoce que “somos más hueso que deseo, esqueletos sin pasión…”
En “Siluetas…” he encontrado al poeta, al ser humano sensible que abre las palmas de sus manos para escribir, allí, el destino de otros y, desde luego, el suyo mismo. Por eso, asistiendo desde su interior, con la mirada impávida, dice: “Tropezó frente a mí, cayó en mis ojos, / se rompió un poco, sufrí todos sus pedazos”. Concluye: “Tropezará otra vez, se romperá/ y temo que sane en otra mirada”.
“La poesía ocurre como un accidente, un atropello, un enamoramiento, un crimen; ocurre diariamente, a solas, cuando el corazón del hombre se pone a pensar en la vida”, manifestó el poeta chiapaneco Jaime Sabines. Con esta aseveración se reafirma la visión del mundo interior de cada hombre en los ojos del poeta. Así, Salvador escribió en su poema “La espera”: “Hay una flor novia abandonada/ muriendo la raíz de sus anhelos”; con ello, nos viste las horas de ausencia, de desesperanza fatal”.
En este trabajo poético encontramos las metáforas, las alegorías, las construcciones que raspan la llaga con un vocabulario sorprendente, inmerso en una vagabundez de la lógica que nos lleva a aceptar lo intangible como fiel y verdadero: “Sacó a pasear su voz para gritarse, volvió sin nada”.
Sabemos, los que escribimos poesía, que en todo momento estamos deseando quedarnos a solas para deambular por cada letra, por cada verso, atados de la mano del silencio, incluso más que los gritos del corazón, ansiamos escuchar lo que el silencio nos dice, y nos doblegamos, insensatamente, a la mudez del alma.
Conocí a Salvador Romero hace algunos años y desde entonces puedo considerarlo mi amigo; porque, para mí, un amigo también está presente en su ausencia, en su encierro, en sus batallares cotidianos, donde exprime el jugo de la melancolía por la vida entre versos sordos y desgajados.
Y no hay de otra, porque Salvador complace a cualquier lector con esta propuesta firme y vigorosa. Poesía con atrevimiento, con riesgos, con raíces en el insomnio, con banderas desplegadas; poesía que sobrevive navegando sobre siluetas de imágenes incorpóreas a las que el poeta se ase para no perder el rumbo. Nunca dejes de escribir, amigo.
