Por: Javier Roldán Dávila

Del ético ‘Citius, Altius, Fortius’ pasamos al pragmático ‘Do it’

Señala el acertado analista xalapeño, Juan Pablo Calderón Patiño, sobre la final de la Copa del Mundo de Futbol, lo siguiente: “Argentina no juega solo para los argentinos sino para toda América Latina. Una final entre el Quijote y Martín Fierro bajo la enorme cancha del castellano, el idioma que se hizo para hablar con Dios, como sentenció Dumas”.


En efecto, uno de los aspectos menos destacados, es que la final mundialista del deporte más popular del orbe, además de ser uno de los que deja más dinero a las elites (al igual que el futbol americano), se jugó bajo la esfera de dos naciones hispanoparlantes.

La circunstancia, podría parecer anecdótica, pero, tratándose de un multimillonario negocio, en términos económicos y políticos, tiene sus asegunes.


En principio, la FIFA busca, inspirada por el ‘espíritu salvaje del capitalismo’, que el balompié se instale en las preferencias de la sociedad del país con más poder de consumo: Estados Unidos y, para ello, la comunidad de trabajadores migratorios es fundamental, sobre todo, si pensamos en los de origen mexicano y latino en general.


Así pues, de cara a las elecciones de noviembre, Donald Trump, soportó abucheos en el MetLife Stadium, con el objetivo de, intentar, lograr simpatías entre los hispanohablantes, para lo cual, la invitación a la presidenta Sheinbaum, fue la ‘cereza del pastel’.


Bajo la anterior premisa, el juego de las patadas, se consolida como el posmoderno ‘Circo Romano’, en el que el elector celebra las intentonas que buscan someterlo y, aunque es un ‘fuera de lugar’ en el marco del proceso civilizatorio, el VAR lo justifica; ¿quién ganó?


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