”Ahora ya camino lerdo…”
Por: Rafael Domínguez Rueda
Nos encontramos en medio de la euforia del futbol y nos da mucha alegría ver que nuestra selección cumple su cometido al lograr goles que le han dado ventaja a nuestro país en el mundial.
El pasado miércoles 24 de junio, México concluyó la fase de grupos con 3 victorias, ningún gol recibido y siendo líder que no ha convencido del todo, pero tiene ilusionado a todo el país, pues por todos lados se escucha aquello de «¿y si, si?».
Yo envié esta columna antes del partido de México de ayer, Encuentro con el que realmente empezó la verdadera Copa del mundo, donde una jugada puede cambiar la historia, ya no habrá margen de error. Cada partido será una final cargada de fuertes emociones, por eso yo les pido a mis lectores que, pase lo que pase, no olvidemos el grito ¡“Sí se pudo!», que sigue siendo válido para nosotros, para que disfrutemos cada partido con esa emoción que nos hace vibrar a los mexicanos.
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Tengo 86 años bien cumplidos, vividos y bebidos a esta edad tan avanzada yo debería estar aplastado en un mullido sillón, en pantuflas y una tasita de café en la mesita al lado, leyendo el periódico del día o un buen libro.
Sin embargo, pese a lo que dice la canción: «ahora ya camino lerdo, como perdonando el tiempo…». yo sigo siendo el mismo bohemio pobre, pero gozoso, que pasea aquí, allá y acullá, llenándome de vida en el trato con la gente que se cruza en mi camino.
Esto me hace recordar una anécdota de juventud: «Me pasa algo muy raro, joven -me dijo un camionero- .Cuando ando en el camino quisiera estar en mi casa y cuando estoy en mi casa quisiera andar en el camino».
Era yo estudiante y cuando había un «puente de fin de semana, me iba a la carretera y pedía aventón”. Viaje en tráiler, camiones de carga y hasta en grúas. En esos viajes conocí a incontables personas, pueblos y ciudades.
Me hospedaba en las bancas de los parques o en cama-arena; comía en la calle, visitaba los principales sitios y aprovechaba los grupos de turistas para colarme en la visita a los museos. Lo que aprendí en esas andanzas no habría podido enseñármelo ninguna universidad. Supe de la comedia y la tragedia del vivir. Y ahora me pasa lo que a aquel camionero. Estoy en mi casa y no quiero salir de ella, pero escucho la voz del andariego y no puedo negarme a su llamado.
Mi esposa me dice: «ya sienta cabeza». Yo le digo: «es parte de mi trabajo». «No-replica ella-. Es que te gusta la farándula”. Tiene razón, mi transitar desparpajado, me ha permitido saludar a Papas, Cardenales, Presidentes de la república, Gobernadores, artistas… Pero, eso no ha cambiado mi modo de ser, pues «yo sigo siendo el mismo, como billete reintegro».
Con Pablo VI, fue pasajero, Con José Gariby Rivero, desayuné. Con Ruiz Cortines, en su lecho de muerte. Con Díaz Ordaz, por una auditoria. Con Luis Echeverría, en dos ocasiones: una, con motivo del discurso que se pronunció en el monumento a la Bandera, al conmemorarse los 150 años de la Proclamación de Independencia y la otra, cuando pretendía encarcelarme. Miquel de la Madrid me entregó un premio nacional.
Rubén Figueroa Figueroa se oponía a que yo le practicara auditoria. Alejandro Cervantes Delgado me entregó el premio, en genero de opinión, en el primer Concurso de Periodismo. A Francisco Ruiz Massieu apoyé como asesor fiscal. Con Ángel Aguirre, Subdirector de auditorías. Con René Juárez, responsable de los ingresos en Acapulco y Tesorero de la SEG-Guerrero, Rogelio Ortega me entregó la Condecoración «Vicente Guerrero».
Cuando saludé a la Doña -María Félix-, me dijo: «Usted no es un periodista, debe ser un poeta”. En ese momento me pareció que ella colocaba sobre mis sienes una corona de laurel. Maricruz Olivier no sólo me regaló el libro: «Banderas Históricas Mexicanas» que el autor Jesús Romero le había dedicado, sino también me expresó: «Más que historiador usted es un poeta». Sentí que me colocaba una condecoración. Coincidí con Angélica María. A ella le hicieron un Reconocimiento; a mí me entregaron un premio. «Yo hubiera preferido el premio, porque a usted le dieron dinero, a mí solo me dieron un papel». Eso me comentó la artista. Después de platicar conmigo durante tres horas, Gabriel García Márquez que iba de vacaciones con su familia a Acapulco, en el momento de despedimos decidió regresarse a México, ante el asombro e incredulidad de su familia. Esa noche empezó a escribir su libro: «Cien años de soledad»
Pero, como dice la canción: «No soy monedita de oro…” Como dije antes, un Presidente de la república me quería encarcelar. Un diputado federal pidió mi cabeza y como mi jefe no se la dió, acudió con el Gobernador. Un funcionario pidió mi relevo; acudió hasta con el Gobernador. Él le contestó: «Él está ahí para cuidarme las espaldas».
Todos estos sucedidos los cuento no para presumir ni por jactancia, pues no son hechos para alardear. Fueron sucesos ocurridos por mi “sino” (fuerza superior) aunado a mi audacia. La audacia es una virtud que le permite a uno emprender y realizar acciones que pueden parecer difíciles e incluso imposibles, pero con una actitud afable y un convencimiento sincero y recto se alcanzan logros, pilares que permiten a una persona construir una imagen de éxito.
Por eso, creo que todo en mi es gracia. Un constante dar las gracias. Gracias por tanto que he recibido y gracias que de corazón he dado. «Gracias a la vida que me ha dado tanto.» Desde luego, gracias a Dios por las muchas gracias que en mi vida ha puesto, empezando por la vida misma. Mientras él no disponga otra cosa y yo estoy a sus órdenes seguiré de su mensajero.
A mis padres que me inculcaron valores. A mis abuelos, mi hermano, mis tíos y mis primos.
Estoy cerca de rendir la jornada de la vida y me satisface el haber podido darles a mis hijos una carrera y también dejado una limpia trayectoria, compuesta de rutas que les pueden llevar por los caminos del esfuerzo a la conquista de cumbres luminosas que deben ser la meta de su existencia. A mis nietas, amorosamente. A mis amigos que me quieren a pesar de mis defectos a quienes quiero por lo mucho que me han dado. Y sobre todo la mayor gracia: mi esposa siempreviva, mujer cuya mirada es un destello de colores que me ve como un niño.
Decir «gracias «a mis compañeros y a tantas buenas personas que me arropan con su afecto, es decir, lo obvio, pero no hay mejor manera de resumir mi sentimiento.
En fin, sigo pobre, pero soy millonario en recuerdos. Al evocarlos vuelvo a vivir como si no hubiera pasado el tiempo; como si no hubiera pasado yo por él. Recordar es beber, dice mi amigo de juventud con el que me tomo dos copas cada ocho días. Al escribir todo esto he vuelto a recordar. He vuelto a vivir.
