LOS ACCIDENTES EN CASA-DON CHIMINO

Por: J. David Flores Botello

LOS ACCIDENTES EN CASA.- Cuando pensamos en los peligros que amenazan a nuestros hijos, solemos imaginar carreteras, tormentas, personas desconocidas o situaciones extraordinarias. Sin embargo, la realidad es muy distinta. El lugar donde ocurren más accidentes infantiles es precisamente donde los niños deberían estar más seguros: su propia casa. Todos los días, miles de niñas y niños sufren caídas, quemaduras, intoxicaciones, ahogamientos o lesiones que pudieron haberse evitado. Lo preocupante es que la mayoría de estos accidentes ocurren en presencia de algún adulto y durante actividades completamente normales. No son consecuencia de la mala suerte. Generalmente son el resultado de un descuido breve, de una distracción o de un riesgo que nadie había identificado. Los niños son exploradores por naturaleza. Desde que comienzan a gatear sienten la necesidad de tocar, abrir, subir, jalar, probar y descubrir todo lo que encuentran a su alrededor. Su curiosidad es una parte fundamental de su desarrollo, pero también puede colocarlos en situaciones peligrosas. Las caídas ocupan uno de los primeros lugares entre los accidentes infantiles. Un bebé puede rodar de una cama en cuestión de segundos. Un niño pequeño puede intentar alcanzar un objeto subiéndose a una silla o a una mesa. Las escaleras, ventanas, azoteas y balcones representan riesgos que muchas veces se subestiman hasta que ocurre una tragedia. Las quemaduras son otro problema frecuente. Una taza de café, una sopa recién servida, una olla con agua hirviendo o una plancha caliente pueden provocar lesiones graves. La piel de los niños es más delgada y sensible que la de los adultos, por lo que el daño ocurre con mayor rapidez. Por eso es importante mantener los líquidos calientes fuera de su alcance y colocar los mangos de las ollas hacia la parte interior de la estufa.

Las intoxicaciones siguen siendo una causa importante de consultas de urgencia. Medicamentos, cloro, insecticidas, solventes, detergentes y otros productos de limpieza deben almacenarse bajo llave o en lugares inaccesibles para los niños. Nunca deben guardarse en envases de refresco o de agua. Para un niño pequeño, una botella conocida puede parecer una bebida segura. El ahogamiento merece especial atención. Muchas personas piensan únicamente en albercas, ríos o lagunas, pero un niño pequeño puede ahogarse en una cubeta, una tina, un aljibe o cualquier recipiente con agua. Lo más alarmante es que suele ocurrir en silencio. No hay tiempo para reaccionar cuando la supervisión se pierde por unos minutos.

También debemos vigilar los objetos pequeños. Monedas, pilas de botón, canicas, tornillos, semillas, globos desinflados o piezas de juguetes pueden atorarse en la vía respiratoria o ser ingeridos accidentalmente. Algunas pilas de botón, incluso, pueden producir lesiones internas graves en muy poco tiempo. Existe una recomendación sencilla pero muy útil: recorrer la casa imaginando que usted mide apenas un metro de altura. Desde esa perspectiva aparecen peligros que normalmente pasan desapercibidos: contactos eléctricos sin protección, cables colgando, medicamentos olvidados, recipientes con agua o productos tóxicos al alcance de una mano curiosa. Después de un accidente, muchas familias repiten la misma frase: “Fue un momento”. Y casi siempre tienen razón. Los accidentes infantiles ocurren rápido, sin aviso y cuando menos se esperan. La prevención sigue siendo la mejor medicina. No podemos evitar que nuestros hijos sean curiosos, porque esa curiosidad forma parte de crecer y aprender. Lo que sí podemos hacer es adelantarnos al peligro y construir espacios más seguros para ellos.

Porque un accidente puede ocurrir en segundos, pero sus consecuencias pueden durar toda la vida.

DON CHIMINO.- Ora que taba revisando sobre los apelativos que llevarám los prótsimos huracanes del Pacífico, el el primero va a llevar el nombre de Amanda. Jue entonces que recordé que asina se llamaba la direptora de mi escuela primaria. Era de las direptoras a la antigüita que todos le teníamos miedo, hasta las y los maestros. Hablaba casi gritando etsigiendo que nos calláramos, que nos formáramos sin tar echado relajo. Llegaba temprano y se ponía ajueras de la direpción viendo llegar a todos. Los lunes eran de honores a la bandera y, si alguna o alguno no llevaba el uniforme de gala, no lo dejaba entrar. Los papases le tenían miedo tambor porque, cuando alguien era llevado a la direpción por portarse mal, después de darle una buena zarandeada de los pelos, de las orejas o de los diablitos, llamaba a los papases que les decía que si no lo corregía lo iban a estpulsar de la escuela. Yo miré en dos casos distintos cómo el papá se sacó su cinturón y, delante de la direptora, le arriendó dos que tres cinturonazos al chamaco. El castigo no acababa áhi: los dejaba parados frente a la bandera doblada que taba mertida en una vitrina de cristal. Debía tar parado en un solo cuadrito, sin moverse durante una hora, si se movia, eran dos horas más y si desobedecía de nuez, tendría que esperarse hasta el timbre de la salida. Era algo alta, chinita, de pelo corto. Era algo blanca y siempre, siempre, traiba sus cachetes con polvorete que hacía que se mirara chapiada. Eso sí, tenía sus maestros preferidos que podía ir a paticar con ella a la diretción. Tambor a algunos alugnos los invitaba a sentarse cercas de su escritorio y paticaba con ellos. Eran o de las familias ricas de aquellos tiempos o alugnos de la escolta. Áhi sí que sonreía y hasta le oyí carcajiarse tapándose la boca pa que no se oyera tan lejos. Anque era de edá (andaba como en 50) era juerte, caminaba recio, gritaba tan juerte que, sin mifrócono, su voz retumbaba enn toda la escuela. Cuando se enojaba parecía sacar lumbre por los ojos, sacudía sus manos mientras hablaba. Hasta salpicaba saliva a los que taban frente a ella de tan juerte y etsplosiva su voz. Anque le teníamos miedo, la mera verdá sea dicha, la escuela marchaba derechita. Nadien llegaba tarde, pocos se atrevían a hacer travesuras y, cuando la direptora Amanda aparecía por un pasillo, hasta los más escandalosos se componían como por arte de magia. Era de las primeras que llegaban a la escuela y de las últimas en irse. Asegún era una señorita soltera que, otviamente, no tenía hijos… y yo creo que ni novio pos nunca miré que alguno le anduviera tirando el perro y, regresando al huracán, ójala que Amanda no venga con furia, no traiga desgracias y menos que nos vaya a caer una tromba con artísima agua porque, lo más seguro, se desboraría el Río San Juan que ta lleno de plantas que áhi nacen como las higuerillas y los acaguales que crecen hasta unos tres metros o más, cuando llegan las lluvias áhi se atora la tierra, las ramas, la basura y hacen una especie de tapón. Yo creo que no les dio tiempo desolvarlo y no hay autoridá que frene a las gentes que, agún todavía, tiran su basura y hartas cochinadas jediondas al cauce del río. Hay quienes tiran ramas y hojas de árboles que podan diciendo que no es basura, que es natural y que sirve de abono. ¡Apa ecologistas mano!. No falta uno que otro que pasa en su coche por las noches, abre la ventanilla y arroja al río sus bolsas naylas con basura de sus casas… y nadien que les diga nada. Con uno que agarraran, que lo multaran y lo metieran al bote serviría de escarmiento. Hablando de supuestos ecologistas, hay unos que se pasan de la raya: plantan árboles frente a, dizque su banqueta, tapando parte de la la misma y, para ser más “ecológicos” y proteptores de su árbol, le hacen una bardita cuadrada o derronda pa protejerlo con lo que acaban por tapar por completo la banqueta haciendo que las gentes se bajen a la calle pa poder pasar por áhi, pero, el tema de las banquetas y las calles se lo patico pa la p´rotsima pos ya me retecolgué. Áhi nos pa l´otra, graciotas.