—Día mundial del libro

Por: Rafael Domínguez Rueda

El día mundial del Libro fue fijado por la UNESCO en 1995 y es que justo alrededor de esta fecha, el 23 de abril, murieron tres grandes de la literatura universal. Miguel de Cervantes fue enterrado el 23 de abril, William Shakespeare y Garcilaso de la Vega, murieron el 23 de abril.

Con ese motivo, hoy víspera de la celebración quiero hablar sobre una pregunta, inquietante, no sólo para mí sino para muchos de los que nos gusta leer.


Varios periodistas me han preguntado a boca de jarro por los tres libros que más han influido en mi vida y me di cuenta que no era yo el único incapaz de responder esa pregunta sin previa reflexión, porque la misma pregunta la hice a varios conocidos. Ninguno salió airoso de la prueba.

Y es que acotar una afición existencial a tres títulos resulta difícil, complicado, sobre todo cuando uno ha leído miles de libros. La lectura moldea nuestro pensamiento, transforma nuestro cerebro y contribuye a nuestro desarrollo personal y social. Borges afirmó: «Somos lo que leemos». Y yo agregaría: alimentamos la mente, alimentamos el corazón… La vida de una persona es resultado de un sinfín de experiencias y reflexiones. Por eso Santa Teresa decía: «Lee y conducirás, no leas y serás conducido».

Desde hace poco más de 20 años he tratado de responder la pregunta respecto a mí mismo. No se trata de mencionar a los 3 libros más vendidos: La Biblia, El Quijote y la Imitación de Cristo. Tampoco obras que me deslumbraron, como la Divina Comedia, El Libro Rojo o Fausto. Ni las que me quitaron el sueño como Emmanuel Quint de Hauptmann, La Peste de Camus o Desgracia de Coetzee.

Me gustan mucho las Odas de Horacio, a quien considero el más grande de los poetas o La Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucidides o La Ilíada de Homero y la Eneida de Virgilio.


Son opciones encomiables Los Diálogos de Platón (Georgias a la cabeza) o alguno de los dramas de Shakespeare y novelas como El Idiota de Dostoyevski. Guerra y Paz de Tolstoi o Los Miserables de Víctor Hugo


Si evoco autores Hobbes me ayudó a comprender la naturaleza del poder político; Mark Twain es un maestro en decir verdades sobre los políticos; con Hume entendí por qué la razón es esclava de las pasiones; de Voltaire aprendí la necesidad de ser tolerante y Keynes me convenció de que ningún sistema económico podía calificarse de justo si solo beneficiaba a unos cuantos.

Reconozco universalmente a Spinoza, pues en su Tratado Teológico Político dió la puntilla a las dudas que en mi adolescencia albergué sobre la religión católica; Stefan Zweig con su Fouché me vacunó contra la tentación de participar en la política partidista; y Bertrand Russell con la conquista de la felicidad confirmó mi visión sobre el sentido de la existencia.


No puedo dejar de mencionar aquellos que me deslumbraron por su lenguaje como Así hablaba Zaratustra, El viejo y el mar y Cien años de soledad. O también aquellos que me abrieron los ojos sobre los límites de lo que es correcto, justo o apropiado: El príncipe de Maquiavelo; ¿Qué es una constitución de Lassalle; o ¿Qué es justicia? de Kelsen


Desde luego he tratado de identificar aquellos libros o autores cuya influencia le ha dado a mis escritos un sello personal, justamente el estilo que es la peculiaridad de un escritor, los que han marcado un antes y un después en mi vida y, al mismo tiempo, que hoy siguen direccionando mi forma de entender el mundo y de conducirme en la sociedad. Entre estas me hubiera gustado mencionar El arte de amar de Ovidio. Como ganar amigos de Dale Carnegie, y El ejecutivo eficaz de Peter Drucker.

También me habría sentido satisfecho si, entre los libros más influyentes aparecieran has Confesiones de San Agustín, Gog, El piloto ciego y El diablo de Papini, pues, nadie mejor que él para hacer crónica —mi pasión— de sus días de la manera más lúcida e interesante, mucho más allá de decepcionantes filias políticas y etiquetados inmediatos; o A Dios por la ciencia de P. Jesús Simón, una obra concebida con tanta erudición, escrita con un estilo moderno y adornada con selectas ilustraciones. O para salvarte de Jorge Loving, un compendio de las verdades fundamentales de la vida.

Debo reconocer, sin embargo, que ninguna de estas obra fue decisiva, por si misma, para cambiar mi modo de ser, pensar o escribir.


Las tres que en mi caso lo hicieron, fueron: Ignacio Manuel Altamirano, a quien tomo como una influencia directa, porque este hombre de letras es el tipo de narrador que tiene un don para describir detalladamente y para expresarse llanamente y eso he tratado de expresar. El criterio de Jaime Balmes, porque no sólo es una obra que instruye y educa, sino también enseña a razonar. Y la obra de José Muñoz Cota que está presente en mi corazón, en mi mente y en mi espíritu. Su esencia me sigue marcando el camino para que con la sabiduría de Salomón y la humildad de San Francisco trate de trascender en la existencia, a partir de llevar una vida integral modesta y honesta.