CICLOSPORIASIS: EL AGUA TAMBIÉN CUENTA–DON CHIMINO

Por: J. David Flores Botello

CICLOSPORIASIS: EL AGUA TAMBIÉN CUENTA.- La semana pasada platicamos sobre la ciclosporiasis, una enfermedad causada por un diminuto parásito llamado Cyclospora cayetanensis, responsable de muchos casos de la llamada “diarrea explosiva”. Pero conocer la enfermedad es apenas el primer paso; lo verdaderamente importante es aprender cómo evitarla.

Este parásito tiene una característica muy interesante. Cuando una persona enferma elimina el parásito en las heces, éste todavía no puede contagiar a nadie. Necesita permanecer varios días en el ambiente, con suficiente humedad y temperatura, para madurar y transformarse en su forma infectante. Por eso, el contagio directo de una persona a otra es muy poco frecuente. El verdadero peligro aparece cuando el agua contaminada entra en contacto con los alimentos durante su cultivo, cosecha o preparación. Los alimentos de mayor riesgo son aquellos que se consumen crudos. Las verduras de hoja, como la lechuga, espinaca, cilantro, perejil, apio y albahaca, así como frutas como las fresas, frambuesas, moras y arándanos, han estado relacionadas con brotes de ciclosporiasis en distintos países. Sus superficies irregulares facilitan que los ooquistes —la forma resistente del parásito— permanezcan adheridos cuando fueron regados o lavados con agua contaminada.

Aquí viene un dato que sorprende. Muchas personas creen que basta con agregar unas gotas de cloro o yodo al agua para desinfectar frutas y verduras. Desafortunadamente, los ooquistes de Cyclospora poseen una pared muy resistente y los desinfectantes domésticos utilizados en las concentraciones habituales tienen una eficacia limitada contra ellos. Esto significa que desinfectar sigue siendo recomendable para disminuir otros microorganismos, pero no garantiza eliminar este parásito. La mejor defensa continúa siendo el lavado mecánico. Enjuague cuidadosamente frutas y verduras bajo el chorro de agua potable mientras las frota con las manos. En las verduras de hoja retire siempre las hojas externas y lave una por una las restantes. Cuando sea posible, pele las frutas antes de consumirlas y utilice agua segura tanto para lavarlas como para preparar hielo o bebidas.

Una vez que los ooquistes llegan al intestino delgado liberan al parásito, que invade las células de la mucosa intestinal. Las vellosidades, encargadas de absorber los nutrientes, se inflaman y se lesionan. Como consecuencia aparecen diarrea abundante, dolor abdominal, náusea, pérdida del apetito, cansancio y, en ocasiones, pérdida de peso. En niños pequeños, adultos mayores y personas con las defensas disminuidas, la enfermedad puede prolongarse durante varias semanas si no recibe tratamiento. Afortunadamente, la ciclosporiasis tiene tratamiento específico cuando el diagnóstico es correcto. Además del medicamento indicado por el médico, es indispensable mantener una adecuada hidratación para prevenir complicaciones.

La prevención empieza mucho antes de sentarnos a la mesa. El mayor enemigo no siempre es la verdura; muchas veces es el agua con la que fue regada, lavada o manipulada antes de llegar a nuestras manos. Conocer este detalle puede marcar la diferencia entre disfrutar una comida saludable o padecer una enfermedad que, aunque suele pasar inadvertida, puede afectar seriamente la salud de toda la familia.


DON CHIMINO.- En veces le piensa uno pa’ salir de la comodidá de su cantón de cada quien. Sea que vaya uno de visita, de compras, de paseo o de vacaciones. En veces le pasan cosas a uno que, ¡ay nanita!, hasta me dan escalosfríos cuando me acuerdo de lo que nos ha tocado pasar tando jueras del terruño. Y es que pasa cada cosa que ni se imagina uno. ¿A poco no? Ya ve lo que nos pasó a mí y a mi Púchun. Llevábamos poco más de veinte minutos que’bíamos salido de Chipancingo rumbo a Acapulquito de mis recuerdos. Íbamos a invitación de los compadres Eulalia, Eleuterio y de nuestra ahijadita Elisamar. Salimos de Iguala con la fresca y ya el sol taba en lo alto cuando garramos camino de nuez, después de que los oficiales de la Guardia Nacional —los mismos que nos ’bían parado unos kilómetros atrás, quesque por etceder tres kilómetros de más de lo permitido— nos ayudaron cambiando la llanta que se ponchó. Yo la ´biera cambiado. Taba buena la llanta de refatción pero, el gato y la llave de cruz:¡nanayas dijo Popochas! ¡No los miré por ningún lado! Los rete busqué, hasta el más recóndito rincón del cajuelón de mi Forcito que, recostando el asiento de atrás, queda tan grande, pero tan grande, que, puede servir de dormitorio pa dos personas con todo y maletas adentro. Busqué debajo de los asientos, y nada. Pero, me enteré por ella que, mi siempre amable Puchunguita, se los emprestó a doña Catita la de la tienda y, ni se los regresaron y ni ella se acordó de pedírselos de vuelta, Se acordó hasta que le dije que, el motivo de que la diretcción del volante se iba pa´un lado, era porque una llanta taba ponchada y la iba yo a cambiar. Pero bueno, volvimos a agarrar camino. hora tenía que ir no tan rápido. Las llantas, aunque con mucho dibujo, ya taban seconas y no juera que se tronara otra por ir echando carreras. Así le hice, no llegaba ni a 100 por hora y, a pesar de que su motor de mi Forcito pedía más acelere, no le pisaba más que pa´ rebasar a los camiones más viejosos porque, me rebasaban y me rebasaban camiones de pasajeros, tráilers doble remolque y cualquier cantidad de coches, grandes, chicos, nuevos o viejos. Yo ni los arriendaba a ver. En veces sí, pero solo con el rabillo del ojo. A algunos les hacía broma: cuando ya me iban rebasando, le pisaba al acelerador mostrándoles la potencia de mi coche, como diciéndoles que, si yo quisiera, los pasaba y retepasaba que, mi Forcito era brioso y potente pero que a mi vieja y a mí, nos gusta disfrutar la carretera, el panorama y la música del radito cuando garramos señal o los cidis que toca. Es de los viejitos y no como los de ora que le ponen una memoria y se echa no sé cuántos miles de canciones. Onde que puse uno de Mike Laure y ese nos gusta a los dos. En veces hasta nos ponemos a cantar. Como esa de –“… Mazatlaaaaán, aay, miii Mazatláaaan. Perlita escondidaa, entre los encantoooos, del agua del mar azuul. Mazatláan, Maaaazatláan. En tus playas con pasióoon me enaamoréeee. Tú fuistees la que me supo comprender y amaar. Tú fuistees la que me dio bellos amores, y así podreeé cantaaar. Mazatlaaaaán, aay, mi Mazatlaaaaaán. Perlita divinaa que supo darmee mi amooor soñadoooo. Oooyeee, yo canto mi diichaa. Porque een tus plaayaaas con pasióon me enamoreeeé…”. Decidimos irnos por la carretera de cuota porque es más segura, es más corto, por ende más rápido pero, sale más caro. Se pagan dos casetas de la Autopista del Sol, casi cuatrocientos chuchos por las dos. Una de entrada y la otra de salida. Nunca he entendido por qué se paga doble. Si paga uno pa usarla y ya sale uno, ¿por qué volver a pagar si ya no vamos a ocupar su carretera? Pero bueno, ya sabe uno que, si vamos a Acapulco, todo cuesta más caro. Y no todo porque, la gasolina allá es más barata que en Iguala pero ese es otro cantar que, ya paticaremos en su momento. Llegando a Acapulco pasamos por dos entronques donde se hacen ñudo los camiones, camionas, tatsis, todo mundo quiere pasar al mismo tiempo porque el semáforo dura poco el siga tanto en un sentido como pa´l´otro. Y ya sabe, la pitadera de clátsones… y una lluvia de chamacos que salen de todos lados, le echan chisguetes de agua en el parabrisas con su botellita, se trepan en el cofre y se apuran a limpiarlo pa ganarse una moneda. Yo, les iba a dar una moneda de a diez pero me dijo mi Púchun: –“Dale veinte, pobres chamacos” . Ya que pasamos esa parte teníamos que agarrar hacia la Glorieta de la Diana, asina que, como la carretera del Sol, el llamado Maxitúnel, era lo más rápido, lo más seguro, lo más cómodo… y lo más caro. Llegando a la caseta vimos que costaba ¡ciento noventa morlacos! ¡Ambrón! ¡Carísimo! Le pregunté al cobrador si no ´bía descuento, que traiba yo placas de Guerrero. Me dijo que no, que solo que juéramos residentes de Acapulco y que tenía que llevar una tarjeta especial. Le dí un billete de a doscientos y me regresó puras monedas. Cuando entramos al túnel pensé: “Si lo largo del túnel son tres kilómetros, cada kilómetro saldría a sesenta y tres varos, que alcanzan pa mercar una tapa de güevos que me duran una semana. ¡Aray! Pero, pa disfrutar el túnel, que tiene hartas luces, ventiladores y se divide en partes, me jui manejando despacio. Al principio caben dos coches de ida y uno de venida, luego cambia: un carril de ida y dos de venida. No iba a vuelta de rueda, a 30 por hora pa, tan siquiera, disfrutar unos tres a 4 minutos. El croblema jue cuando tocó ir en un solo carril, se hizo una fila de coches atrás de nosotros, ni modos que nos brincaran. En un principio me echaban las luces altas pero luego jue el claxonerío. Cuando llegamos a la parte onde ´bía dos carriles le metí la pata, aceleré tanto que ninguno me pudo rebasar, llegando a la parte de un solo carril, me volví a ir despacio. ¡Jiar, jiar! Pobre de mi mami porque, lo más seguro jue que muchos se acordaron de ella. Unos de pensamiento, otros a grito pelado y otros, con sus clátsones, pero, no dejé que me alcanzaran y me gritaran o me hicieran señas. Saliendo del túnel le metí la pata, los dejé todos atrás y al llegar a la desviación para La Diana, casi todos se siguieron de largo. Le pedí a mi Púchon que le llamara a su prima, la comadre Eulalia pa que nos dijiera. Por onde darle pa llagar s su cantón. Lo primero que haría era ir a buscar una talachera pa´que revisaran la llanta ponchada. ¿Qué tal si se poncha otra? No tendría refatción y… ¡ándales! ¡Ya me rete colgué! Áhi nos pa l´otra, graciotas.