ZOONOSIS: PROTEGER A LOS ANIMALES ES PROTEGERNOS-DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
ZOONOSIS: PROTEGER A LOS ANIMALES ES PROTEGERNOS.- Cada año, el 6 de julio se conmemora el Día Mundial de las Zoonosis, una fecha que pasa prácticamente desapercibida para la mayoría de la población, a pesar de que aborda uno de los temas más importantes de la salud pública. ¿La razón? Más del 60% de las enfermedades infecciosas que afectan al ser humano tienen su origen en los animales, y aproximadamente el 75% de las enfermedades emergentes y reemergentes también provienen de ellos. En otras palabras, muchas de las enfermedades nuevas o aquellas que reaparecen después de años de estar controladas comenzaron, en algún momento, en una especie animal. Esto no debe alarmarnos ni hacernos pensar que los animales representan un peligro. Todo lo contrario. Perros, gatos, aves, bovinos, cabras, cerdos y muchos otros forman parte de nuestra vida diaria. Nos brindan compañía, alimento, trabajo y bienestar. El verdadero problema aparece cuando se descuida su salud, cuando no se vacunan, no se desparasitan, viven en malas condiciones sanitarias o cuando las personas olvidamos medidas básicas de higiene. Seguramente usted ha escuchado hablar de la rabia, la brucelosis, la leptospirosis, la toxoplasmosis, la rickettsiosis transmitida por garrapatas o algunas parasitosis intestinales. Todas son zoonosis. Otras pueden adquirirse al consumir leche sin pasteurizar, quesos elaborados con leche bronca o carne insuficientemente cocida. En los últimos años también aprendimos que algunos virus capaces de provocar epidemias y pandemias tuvieron inicialmente un reservorio animal. Los niños constituyen uno de los grupos más vulnerables. Juegan con sus mascotas, las abrazan, las besan, olvidan lavarse las manos y con frecuencia tienen contacto directo con el suelo donde pueden existir microorganismos o parásitos. Sin embargo, esto no significa que debamos alejarlos de los animales. Al contrario, convivir con mascotas bien cuidadas aporta importantes beneficios emocionales, favorece el desarrollo afectivo y enseña valores como la responsabilidad y la empatía. La prevención está al alcance de todos: vacunar y desparasitar periódicamente a las mascotas, controlar pulgas y garrapatas, acudir al médico después de una mordedura, consumir únicamente leche pasteurizada, cocinar adecuadamente las carnes, lavarse las manos después de manipular animales y mantener limpios patios, corrales y recipientes de agua.
Hoy existe un concepto llamado “Una Sola Salud”, que reconoce que la salud humana, la salud animal y la salud del ambiente forman una sola unidad. Cuidar de nuestros animales también significa proteger a nuestras familias. Los animales no son nuestros enemigos. Por el contrario, son nuestros aliados. La mejor forma de convivir con ellos es hacerlo con información, responsabilidad y prevención. Cuando protegemos la salud de los animales, también estamos protegiendo la nuestra.
DON CHIMINO.- La sastisfatción que siente uno después de desalojar l´agua de riñón cuando ya casi tá a punto de reventar por dentro, no tiene comparación. Queda uno lacio, desguanzado y con uno qui´otro escalosfrío que llega y se va, como si juera un chisguete de toques eléptricos que le recorre a uno el cuerpo. Hasta pone uno los ojos en blanco.
Pasado el momento desesperante, juimos al Otso que tá áhi en la gasolinera. Mercamos dos cafeses: yo uno americano y mi Púchun uno frío, de esos que parecen nieve derretida. Tambor una bolsita de churritos pa’ ca´uno y un paquetito de galletas con bombón bañadas de coco rayado. Salir de la gasolinera pa meterse de nuez a la carretera, a esa hora, tá cabrón. Pasan coches, camionetas, tráileres y camiones uno tras otro y, pa´colmo, hechos la mocha. Tiene uno que tar bien espejiando, calcularle al tiempo y ponerse bien buzo pa entrar al carril dizque de baja, pisándole con ganas al acelerador, no sea que le vayan a dar a uno su llegue por atrás. La carretera federal que atraviesa Chipacingo ya no se parece ni tantito a la de hace unos años. Antes nos llevaba, cuando bien nos iba y no había tanto tráfico, media hora atravesarla. Ora, en unos diez minutos ya la dejamos atrás. Eso sí, en el carril de alta sí que van vueltos madre. Como en el de baja muchos carros aflojan porque van a salirse a la lateral o porque otros vienen incorporándose, en veces no queda de otra más que cambiarse al rápido. Pero áhi la cosa se pone color de hormiga. Áhi van muchos arriba de ciento veinte por hora. Si uno va más despacio y no se quita pronto, le empiezan a echar las luces como diciéndole: ¡órillate!. Otros se le pegan tanto por atrás que alcanza uno a verles hasta los dientes por el espejo retrovisor. Y no falta el desesperado que lo rebasa por la derecha, se le atraviesa casi rozándole la defensa y se vuelve a meter de golpe al carril de alta. ¡Nombre! Por eso ya no me gusta manejar en estos tiempos. Van las gentes bien desesperadas o, quién sabe, a la mejor queriendo presumir sus camionetotas nuevecitas con motores turbo que corren hechos la mocha. Pero si la atravesada de Chipacingo es de que casi lo van empujando a uno, la carretera de cuota ya es de plano un “quítate que áhi te voy”. Yo no recuerdo haberle metido ciento treinta kilómetros por hora a mi Forcito pero, ese día, anque iba a esa velocidá, nos seguían rebasando carros y camionetas como si nosotros juéramos como tortugas cojas. Yo creo que algunos iban a ciento setenta o hasta ciento ochenta por hora. Como sentí que mi Forcito respondía rete bien, le apreté otro poquito al acelerador y llegó a ciento cuarenta. La carretera iba en una bajada larga que terminaba en una curva bien abierta. Apenas salimos de la curva vi, unos metros más adelante, dos patrullas de la Guardia Nacional estacionadas a la orilla. Uno de los oficiales alevantó una lámpara con luz roja, me alumbró de frente y, con la otra mano, me hizo señas de que me orillara. —¡Úuh, tamales! —pensé—. ¿Y ora qué hice? ¿Qué quedrán? Mientras buscaba un lugar seguro pa´pararme, prendí las luces intermitentes y me jui haciendo despacito a la orilla. Dejé el motor encendido. Una de las patrullas avanzó unos metros y quedó estacionada atrás de nosotros. Se bajó un oficial, caminó hasta mi ventanilla y, muy serio pero educado, me dijo: —“Buenos días, caballero. En esta autopista la velocidad máxima permitida es de ciento diez kilómetros por hora. Existe una tolerancia de hasta veinte kilómetros más, bajo su responsabilidad. Sin embargo, usted venía circulando a ciento treinta y tres kilómetros por hora, por lo que está infringiendo el reglamento. ¿Hacia dónde se dirige?”. Yo tragué saliva, respiré hondo y, procurando hablar tranquilo, le contesté: —“Muy buenos días, oficial. Fíjese que vamos rumbo a Acapulco. Somos padrinos de graduación de vallet de nuestra ahijadita Elisamar. La pobre nos ha de tar esperando con hartas ansias y, la mera verdá, a la mejor por eso le apreté un poquito al acelerador. Pero, como usté dice, nomás tantito arriba de lo permitido. El oficial se me quedó mirando unos segundos y luego dijo: —“Permítame, por favor, su licencia de manejo y la tarjeta de circulación”. Mientras sacaba mi cartera, onde traiba la licencia, le pedí a mi Púchun que buscara los papeles del coche. Ella empezó a revisar la guantera y, entre dientes, pero cada vez más enojada, me dijo: —“¡Oyeee! Estos tipos… ¿pues qué se creen? ¡Son unos abusivos! ¿Por qué no paran a los que vienen mucho más recio que nosotros? Ésos sí van volando. Si te quieren multar, ¡se las van a ver conmigo! Nomás eso faltaba, que nos quieran ver la cara o que nos agarren de sus puerquitos. En lo que yo sacaba los papeles, el otro oficial, que era quien manejaba la patrulla, también se bajó, pero se quedó parado detrás de la puerta, nomás mirando mientras su compañero apuntaba las placas de mi Forcito en una libretita. Al rato volvió hasta mi ventanilla. Le entregué mi licencia y la tarjeta de circulación. Les echó un vistazo y luego se regresó con el otro oficial. Los dos comenzaron a paticar entre ellos mientras uno señalaba los papeles. Pasaron unos segundos que a mí se me hicieron eternos. A luego volvió y me dijo: —“¿Puede bajar un momento, por favor?” ¡Claro! Le contesté mientras abría la puerta. —“¡No salgas! —me dijo mi Púchun, ya bien encabronada. Pero ni modos… me bajé. Caminé hasta onde taba el oficial. Traiba mi tarjeta de circulación entre las manos y la miraba con harto detenimiento… y, por lo mientras, aquí le paro. Áhi pa’ l’otra les sigo paticando en qué acabó esto. ¡Áhi nos! ¡Graciotas!
