-Columna invitada-

Por: Enrique Castillo González

En “patrulla de papel” acostumbramos dejar un cajón de estacionamiento a aquellas “patrullas” conducidas por bolígrafos amigos. En esta ocasión le pedimos autorización al Lic A,E Luis Rubén Castillo G. (el orgullo de mi nepotismo) para publicar uno de sus ensayos, dijo si (él calculó “como sea lo publicará) y entonces ese su ensayo dice… 1984 | George Orwell

y el paradigma de control: una lectura desde el México de hoy.


Cuando terminé de leer “1984 …” pensé sería fácil dejarlo a un lado como si fuese una fantasía sin relación con lo visto en el curso recién caminando dentro del aula. …¿el libro provocador del ensayo?


-Es la historia de Winston Smith, un empleado del Partido en “Oceanía”, un país gobernado bajo la vigilancia (constante) del Gran Hermano, donde el pasado se reescribe día con día para que coincida con la versión oficial y hasta el lenguaje se recorta con la «neolengua» para que ciertas ideas ni siquiera se puedan pensar-.


Pero conforme avanzaba mi razonamiento me di cuenta de que Orwell describe, a escala de un país, los mismos problemas que hemos analizado (en nuestras horas “aula”) a escala de una empresa: ¿qué pasa cuando desaparecen los contrapesos?, cuando, quien manda ¿deja de rendir cuentas a sus grupos de interés?, y ¿cuando la legitimidad de quien gobierna se apoya sólo en el control de la información y de la fuerza, no en el bien común?.

No busco, en mi ensayo, decir que México sea “Oceanía” como tal; sería una exageración injustificable.


Propongo usar el razonamiento de “el libro” como -lente- de gobierno corporativo para leer y razonar algunas señales recientes de la vida institucional de este nuestro país.


En el Ministerio de la Verdad -vuelvo al libro- Winston se dedica a «rectificar» archivos históricos para que coincidan con la versión oficial del presente… un mecanismo que el “Partido” llama, y cito, «reality control»-


En horas clase vimos, con el caso de las empresas familiares de Baron y Lachenauer (2021), que uno de los derechos centrales de quien -dirige- es decidir qué se comunica y qué no, derecho que ellos (la jerarquía) describen como la base de la confianza con los grupos de interés y que, ejercido mal, es de las causas más comunes de que un negocio termine mal.


Intuyo que algo parecido puede leerse en México: el país ocupa el lugar 124 de 180 en libertad de prensa, y ya lleva más de una decena de periodistas asesinados en lo que va del actual gobierno (Reporteros Sin Fronteras, 2025).


La violencia (en Mex) viene sobre todo del crimen organizado y de autoridades locales, no de un aparato central como en la novela; pero el efecto es parecido: entre menos costoso sea silenciar una voz crítica, más fácil es que una sola narrativa domine el espacio público, justo lo contrario de esa confianza que se construye informando.


Algo similar, más matizado, pasa con las autoridades que deberían vigilar al poder.


Dentro del libro que buscamos exigir, en “Oceanía”, no existe ningún mecanismo de elección ni de revisión externa del Partido.


México sí tiene elecciones competidas y alternancia real desde 2024, así que aquí el parecido es menor.


Aun así, la reforma que sustituye al INE por el INEC y reduce el número de consejeros, junto con la llamada “reforma judicial” que ahora elige jueces por voto popular, fueron señaladas por Human Rights Watch (2025) como un golpe real a la independencia judicial.


Reflexionando; recuerda al caso de Yung Kee (Yang et al., 2021). Ahí, Ronald y su hijo eliminaron el quórum del consejo, es decir, la garantía de que ninguna decisión importante se tomará sin el acuerdo de más de una parte, y ese fue justo el punto donde el Juez consideró que había existido un trato injusto hacia el otro accionista.


Debilitar a quien vigila que las elecciones y los juicios sean limpios es la misma lógica de quitar contrapesos, aplicada con mucha menor fuerza que en la novela. -vuelvo al análisis-.


En esa misma línea entra la Guardia Nacional (Policía Nacional Mexicana convertida per-se en la 4ta Fuerza Armada Mexicana). La reforma constitucional de septiembre de 2024 la adscribió a la Secretaría de la Defensa Nacional, y la ley de junio de 2025 formalizó lo que la propia oposición llamó su «militarización plena» (Expansión Política, 2025), quitándole el carácter civil con el que nació. O’Brien lo explica sin rodeos cuando le confiesa a Winston que el Partido no gobierna para el bien de nadie más, y cito, «power is power»: el poder no es un medio para otra cosa, es el fin en sí mismo. Eso es justo lo opuesto al principio institucional que plantea Melé (2019), quien sostiene que una organización sólo es legítima cuando orienta su actuar al bien común y no exclusivamente a sostener su propio poder.

Concentrar la seguridad interior bajo mando militar, sin la vigilancia civil previa, no equivale a la Policía del Pensamiento (ente central del “libro”), pero reduce el mismo tipo de supervisión externa que ninguna institución debería perder.


El discurso también tiene su eco. El Odio de los Dos Minutos junta al pueblo en contra de un enemigo externo, Emmanuel Goldstein, cuya trabajo literario que estamos diseccionando, deja adrede en duda.


En México, palabras como «conservadores», los llamados «fifís» o «pueblo bueno» han sido documentadas por Muñiz et al. (2023) como una forma de hablar que agrava la polarización entre ciudadanos, y que ha alcanzado incluso a instituciones como el CIDE o la UNAM. Aquí hay una diferencia de fondo: en la novela el enemigo puede estar inventado; en México los señalados sí existen y tienen posturas verificables.


Pero la función es la misma que critican Mackey y Sisodia (2014) en Conscious Capitalism, quienes proponen que los negocios pueden ser un juego de suma positiva donde se crea valor para todos los grupos de interés a la vez; en lugar de eso, aquí se divide a la sociedad en un «nosotros» y un «ellos», lógica de suma cero que muy rara vez construye algo que dure.


Y quizá donde esto se siente más cotidiano es en la conferencia matutina de la Presidenta de México, reunión de prensa bautizada “Mañanera” que, desde 2018 se lleva a cabo casi todos los días laborables, un “ritual” que también recuerda al Odio de los Dos Minutos.


En su segmento «¿Quién es quién en las mentiras?» (Si, si existe…) fue declarado por un tribunal colegiado como algo que, y cito, generó «censura indirecta» al señalar por nombre a periodistas críticos usando dinero público (El Imparcial, 2025).


Otra vez el mismo derecho a informar del que hablan Baron y Lachenauer, pero usado al revés:
Un espacio oficial diario que, en vez de generar confianza, sirve para marcar quién cuenta como enemigo del proyecto en turno.


Ninguno de estos puntos, por separado, convierte a México en “Oceanía”. No es la idea. Lo que sí me parece defendible es que los mismos principios de gobierno corporativo que aplicamos a una empresa (digamos contrapesos reales, transparencia hacia los grupos de interés, legitimidad basada en el bien común y no en el poder por el poder) sirven igual de bien para leer lo que le pasa a un país.


México conserva una prensa opositora activa, elecciones disputadas y jueces que todavía pueden fallar en contra del propio gobierno, y esa distancia es justo lo que nos separa de “Oceanía”.
Sin embargo vale completamente la pena vigilar hacia dónde apunta.


-Fin de la. COLUMNA INVITADA-


Balazo al aire.- Ahora entiendo a José López Portillo.


Gregueria.- Vaya sensación, darle la alternativa a L.Rubén; y, si acaso percibe usted lector(a) rastros de gotas sobre mi escrito, disculpe, son pisadas de mis lágrimas sobre la tábula.

Oxímoron.- Huracán discreto.


Haiku.- Te AMO por bonita,


garza de plumas


blancas como la luna.