Por: José I. Delgado Bahena
Esa mañana, a pesar del frío invernal que, por la falta de costumbre en esta región, cala los huesos aun a la temperatura ambiental de catorce grados, él sentía una llama quemante en el corazón, y una corriente eléctrica le circulaba por la sangre.
A sus diecisiete años, la emoción que le encendía la mirada, le enceguecía la razón y le conducía por el río de fuego de los recientes días.
Jamás dudó, desde que conoció a Norma, de que un día se casaría con ella. Aunque, a decir verdad, nunca se imaginó que lo harían a esa edad.
Era el día de su boda con ella. Por lo civil, solamente, por falta de recursos de la madre de él que trabajaba de enfermera en el hospital del ISSSTE y el sueldo no daba más que para sostenerlos a él y a su hermanita de doce años.
Para ayudar a su madre, Luis Jesús se empleaba en cualquier trabajo que le ofrecían: mesero, chalán de albañil, vendedor de libros, de películas e, incluso, andaba de casa en casa ofreciendo los chiles curados que la madre preparaba por las noches.
Por eso, cuando Norma le dijo: “Creo que estoy embarazada”, al mes de haber tenido su primera, y única, relación sexual, no lo pensó dos veces y le ofreció casarse con ella, aun a costa de dejar de estudiar el bachillerato y trabajar para salir adelante.
“No tienes por qué dejar la escuela; si te responsabilizas de tu mujer, yo te sigo sosteniendo el estudio”, le dijo su madre.
“No te cases; mejor busca dónde les ayuden a quitarse el problema”, le sugirió Rodrigo, su mejor amigo de la escuela, a quien le informó de su decisión antes que a nadie. “Yo sé lo que te digo”, le reiteró el muchacho.
Sin embargo, Luis Jesús taponó sus oídos con cera bendita y no escuchó más propuestas que la de su tío Efrén, hermano de su madre, quien le ofreció un cuarto que había construido cerca de su casa donde guardaba las herramientas que utilizaba para trabajar en los terrenos de siembra que rentaba en los pueblitos vecinos a la ciudad.
“Mira…”, le dijo el tío: “…solo límpialo, saca todas las cosas, acomódalas debajo del techo que está atrás, y aquí te instalas con tu mujer”.
De manera que él solo, durante tres días anteriores a la boda, se dedicó a escombrar lo que sería su vivienda, y con emoción acarreó, hacia la parte trasera de la casa: azadones, carretillas, rastrillos, machetes, picos, hoces, fertilizante, palas, guadañas y un botellón de gramoxone preparado, un potente herbicida que el tío Efrén usaba para controlar el crecimiento de la maleza en los terrenos que sembraba.
Ya en algunas ocasiones, al no tener otro trabajo durante las temporadas de lluvias, Luis Jesús se había empleado con su tío en las labores del campo y sabía de la utilidad de cada herramienta y de las sustancias que llevaba; y recordó que mucho le había recomendado el tío mantener alejado el gramoxone de los productos alimenticios, porque se sabía que el setenta por ciento de las personas que ingerían esa sustancia no lograban sobrevivir.
El trabajo fue extenuante, pero lo motivaba el amor que sentía por su novia; por eso, después de haber acondicionado ese espacio que habitaría con Norma, después de su enlace civil, se permitía soñar en los días en que despertaría a su lado después de haber gozado de las noches enteras entre sus brazos.
Después de limpiar, llevó sus escasas pertenencias y muebles al lugar y, para hacerlo más acogedor, puso sobre su ropero un arreglo floral que serviría como bienvenida a su nueva vida al lado de Norma.
Por eso, esa mañana del día de la boda, que sería a las cuatro de la tarde, en las oficinas del Registro Civil del ayuntamiento, decidió pasarla en el cuarto que sería su hogar, cuidando los últimos detalles, y colocó, sobre la cama que había llevado de su casa, unas sábanas nuevas que su madre le había dado como regalo.
Por estar tan entusiasmado y escuchando música en su teléfono celular, no se había percatado de que un mensaje le había llegado desde hacía una hora. Cuando vio la lucecita anunciándole la llegada del texto, lo abrió y se encontró, en el mensaje de su amigo Rodrigo, con la peor de las blasfemias:
“Espero me perdones, amigo, tengo que decirte la verdad: el hijo que espera Norma no es tuyo, es mío. No aguanté más para decirte que los dos te tendimos una trampa para embarcarte. Si decides todavía casarte con ella, les deseo que sean felices. Perdóname.”
Tampoco ahora lo pensó dos veces. De un manotazo tiró el florero que había llevado y, con un mar en sus ojos, corrió hacia la parte de atrás, donde había llevado las herramientas; buscó el botellón de gramoxone y tomó tal cantidad, que apenas si tuvo fuerzas para regresar al cuarto y, después de cerrar la puerta, tirarse sobre la cama a esperar el resultado de esa trampa en la que, por amor, había caído.
