Carlos Martínez Loza
Iguala, Guerrero, Abril 18.- Es el año 1951 de nuestra era. La Escuela Nacional de Jurisprudencia sufre dos variaciones: se pasa a llamar Facultad de Derecho y dos años después se traslada de la visigótica calle de San Ildefonso, en el Centro Histórico, a un oscuro suelo del Pedregal de San Ángel: labrado en color y forma por las antiguas erupciones del volcán Xitle que petrificaron también la verde sombra del viento.
¿Qué virtud rigió la mano de Dios para dibujar en el paisaje del Ajusco la Ciudad Universitaria y su Facultad de Derecho?
En el ‘Hombre eterno’, Chesterton escribe magníficamente que el Maestro y Carpintero de Galilea fundó la Iglesia con dos grandes figuras retóricas. La primera, el versículo que afirma la edificación de la Iglesia sobre una roca; la segunda, el símbolo de las llaves del reino de los cielos entregadas a San Pedro. Análoga y geológicamente, la UNAM también ha sido fundada sobre una gran roca; y a su Facultad de Derecho, se le han encomendado las llaves de un reino discursivo y una virtud: el derecho y la prudencia.
Rolando Tamayo y Salmorán anota que la ciencia, conoce; la prudencia, conoce y dice ‘qué hacer’. Esa amistad, derecho y prudencia, frutece en la ‘prudentia iuris’: ‘la manera de razonar qué hacer en derecho’. Durante sus primeros setenta y cinco años, la Facultad de Derecho de la UNAM ha forjado a profesionistas en el crisol de dos potencias espirituales: la razón y la voluntad, la inteligencia y la libertad, esas dos dulces aguas que nos encaminan al mar azul de nuestra bienaventuranza: ser lo que somos y serlo de una mejor manera.
Derecho significa ir hacia el fin sin apartarse del camino. Y agreguemos una observación filosófica: el derecho es un movimiento, un partir e ir hacia el porvenir. Por medio del movimiento se actualiza nuestro ser: por ello existen los derechos humanos a la educación, al trabajo, a la libertad de pensamiento, a la cultura, pues sin su garantía y respeto no podemos movernos hacia nuestras felicidades determinadas por la naturaleza racional, política, espiritual y creativa de nuestro ser.
Ahora ensayemos el siguiente silogismo, no formal sino poético, trabado por dos premisas icónicas forjadas por José Vasconcelos y Bártolo de Sassoferrato:
1) Por mi raza hablará el espíritu
2) El derecho siempre habla (Lex semper loquitur)
La conclusión se obtiene como si pasásemos de una música bella a otra bella música: el espíritu y el derecho siempre hablan para guiarnos con su voz como fulgurosa luz en medio de caminos de tenebrosa oscuridad. ‘Lámpara es a mis pies tu palabra’, escribe el Salmista en un eco del pasado.
La historia de la Facultad de Derecho de la UNAM se sigue redactando sobre los metales dorados del tiempo acumulados en eternas vasijas: cada día en sus aulas y pasillos, cada día por obra de sus alumnos y alumnas, cada día por sus profesores y profesoras y personal administrativo; cada día, con una cátedra, un apunte, un libro, una palabra en el pizarrón, una lágrima, un suspiro, una ilusión, una esperanza.
¡Felices 75 años!
