“JUGAR PARA GENERAR COMUNIDAD”

Por: Alejandra Salgado Romero

“Los niños aprenden mientras juegan. Más importante aún, en el juego aprenden a aprender»
O. Fred Donaldson

Cada año, el Día Internacional del Juego nos invita a reflexionar sobre una actividad que suele considerarse exclusiva de la infancia, pero que en realidad constituye uno de los pilares fundamentales para el desarrollo humano, la convivencia social y la construcción de ciudadanía. En un mundo cada vez más acelerado, hiperconectado digitalmente y marcado por diversas formas de violencia y fragmentación social, reivindicar el valor del juego representa mucho más que promover momentos de diversión: significa apostar por una sociedad más saludable, empática y cohesionada.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU), reconoce el juego como un derecho fundamental de la niñez. Este principio se encuentra establecido en la Convención sobre los Derechos del Niño de 1989, particularmente en su artículo 31, donde se reconoce el derecho de niñas y niños al descanso, al esparcimiento, al juego y a participar libremente en actividades recreativas propias de su edad. En ese contexto, la conmemoración del Día Internacional del Juego busca recordar a gobiernos, instituciones educativas, familias y sociedad en general que jugar no es un lujo ni una pérdida de tiempo, sino una necesidad para el desarrollo integral de las personas.

En México, la historia del juego es tan antigua como nuestra propia identidad cultural. Desde las civilizaciones mesoamericanas, el juego ocupó un lugar central en la vida comunitaria. El juego de pelota practicado por culturas como la maya, la mexica y la olmeca, además de una actividad recreativa, representaba también un espacio de encuentro social, expresión cultural y fortalecimiento de vínculos colectivos. Aquellas prácticas ancestrales demostraban ya una verdad que sigue vigente: jugar une a las personas alrededor de objetivos comunes, reglas compartidas y experiencias significativas.


Con el paso de los siglos, las formas de jugar han evolucionado, pero su esencia permanece intacta. Los juegos tradicionales mexicanos, desde la lotería, el trompo y las canicas hasta los juegos comunitarios en plazas y espacios públicos, han sido herramientas de convivencia que fortalecen la identidad local y la transmisión de valores entre generaciones. Muchos mexicanos y mexicanas guardan entre sus recuerdos más entrañables las tardes de juegos en la calle, las retas improvisadas de fútbol o los encuentros familiares donde la competencia amistosa se convertía en una oportunidad para convivir.


Los especialistas han documentado ampliamente la importancia del juego en el desarrollo humano. El psicólogo suizo Jean Piaget sostenía que el juego constituye una herramienta fundamental para la construcción del conocimiento, pues permite a niñas y niños comprender el mundo mediante la exploración y la experiencia. Por su parte, el psicólogo ruso Lev Vygotsky afirmaba que el juego favorece el desarrollo de habilidades cognitivas, sociales y emocionales, al permitir que los menores aprendan a cooperar, negociar, resolver conflictos y asumir distintos roles sociales.

Más recientemente, el historiador y teórico cultural Johan Huizinga, en su célebre obra Homo Ludens, planteó que el juego es un elemento constitutivo de la cultura misma. Según Huizinga, gran parte de las instituciones sociales, las tradiciones y las formas de organización humana tienen sus raíces en dinámicas lúdicas. Esta visión resulta particularmente relevante en una época donde frecuentemente se subestima el valor del juego frente a la productividad o al rendimiento económico.


En el actual contexto, esta reflexión adquiere una relevancia especial para México. Nuestro país se prepara para convertirse nuevamente en escenario de uno de los acontecimientos deportivos más importantes del planeta: la Copa Mundial de Fútbol de 2026. Por tercera ocasión en la historia, México será sede de este evento global, compartiendo la organización con Estados Unidos y Canadá. Más allá de la dimensión deportiva, el Mundial representa una oportunidad extraordinaria para recordar el poder transformador del juego.


El valor del juego no debe limitarse a los grandes eventos deportivos. El verdadero desafío consiste en garantizar que niñas, niños y adolescentes tengan acceso cotidiano a espacios seguros para jugar, recrearse y convivir. Esto implica recuperar parques, fortalecer programas deportivos comunitarios, ampliar la infraestructura recreativa y promover entornos escolares donde el juego sea reconocido como parte esencial de los procesos educativos.


En una sociedad que enfrenta desafíos complejos relacionados con la violencia, la desigualdad y la fragmentación social, el juego puede convertirse en una herramienta poderosa para fortalecer el tejido comunitario. Cuando niñas y niños juegan juntos aprenden a respetar reglas, reconocer límites, trabajar en equipo y a resolver desacuerdos mediante el diálogo. Son habilidades que posteriormente se traducen en formas más democráticas y pacíficas de convivencia.


Por ello, resulta especialmente importante promover la cultura del juego limpio. El llamado fair play trasciende el ámbito deportivo. Significa actuar con honestidad, respetar a las y los demás, aceptar las diferencias, reconocer el mérito ajeno y comprender que ganar no puede ser el único objetivo. Cuando enseñamos a una niña o a un niño a competir con respeto, también estamos formando ciudadanos/as capaces de participar responsablemente en la vida pública.


Las conductas que se aprenden en los espacios de juego suelen proyectarse posteriormente en otros ámbitos de la vida social. Una juventud que aprende a respetar reglas, a colaborar y a resolver conflictos de manera pacífica tendrá mayores herramientas para construir comunidades más justas y solidarias. Por el contrario, cuando se normalizan prácticas como la trampa, la discriminación o la violencia en el juego, se corre el riesgo de reproducir esos comportamientos en otros espacios de convivencia.


De ahí la importancia de que familias, docentes, entrenadores/as, instituciones públicas y medios de comunicación promuevan una visión integral del juego. No se trata únicamente de fomentar la actividad física o el entretenimiento, sino de reconocer su enorme potencial educativo, cultural y social.


Jugar es aprender, convivir, crear y construir comunidad. Jugar es ejercer un derecho humano fundamental, es descubrir que las diferencias pueden convertirse en fortalezas cuando existen reglas compartidas y objetivos comunes. En tiempos donde con frecuencia predominan la polarización y el individualismo, el juego nos recuerda una verdad sencilla pero poderosa: que somos capaces de encontrarnos, colaborar y disfrutar juntos/as.


Quizá esa sea la mayor enseñanza que nos deja el Día Internacional del Juego: que detrás de cada balón, de cada juego tradicional, de cada carrera, de cada ronda infantil o de cada competencia deportiva existe una oportunidad para fortalecer el tejido social y construir el país que queremos. Un México donde jugar no sea un privilegio, sino una experiencia cotidiana que forme mejores personas y, en consecuencia, una mejor sociedad.


Les deseo una semana excelente y agradezco sus aportaciones y/u opiniones a través del correo alejandra.salgado.esdafzk@gmail.com.