ESTAR SANO… ¿O SOLAMENTE SENTIRSE SANO?–DON CHIMINO

Por: J. David Flores Botello

Hay personas que presumen de tener una salud de hierro. Dicen orgullosas: “¡A mí nunca me duele nada!”, “¡Hace años que no voy al médico!”, “¡Yo no necesito estudios porque me siento perfectamente bien!”. Y quizá tengan razón en lo que sienten, pero no necesariamente en lo que sucede dentro de su organismo. Porque una cosa es sentirse sano y otra, muy distinta, estarlo. Existen enfermedades que pueden permanecer escondidas durante meses, incluso años, sin provocar molestias, mientras silenciosamente ocasionan daños importantes. La semana pasada, del 19 al 23 de octubre, se realizaron actividades de promoción para la detección oportuna de tres infecciones: VIH, sífilis y hepatitis C. Enfermedades diferentes, pero con algo en común: una persona puede tenerlas, transmitirlas y no saberlo. El VIH ataca las defensas del organismo y, sin tratamiento, puede evolucionar hasta producir el sida. Afortunadamente, los medicamentos actuales permiten llevar una vida larga y saludable. Incluso, cuando el tratamiento mantiene una carga viral indetectable, el VIH no se transmite por vía sexual. La sífilis es ocasionada por una bacteria. Puede comenzar con una pequeña llaga que no duele y desaparece sola, haciendo creer que la persona sanó, aunque la infección continúa y puede ocasionar daños graves. Afortunadamente, se cura con antibióticos adecuados. La hepatitis C afecta principalmente al hígado y puede permanecer silenciosa durante años, hasta provocar cirrosis o cáncer hepático. Hoy existen tratamientos capaces de curar a más del 95 por ciento de los pacientes tratados. ¿Y qué tienen que ver estas enfermedades con los niños? ¡Muchísimo! Las tres pueden transmitirse de la madre al bebé. La sífilis congénita puede provocar aborto, muerte fetal o lesiones graves en el recién nacido. El VIH puede transmitirse durante el embarazo, parto o lactancia, pero el tratamiento oportuno reduce extraordinariamente ese riesgo. Los bebés expuestos a hepatitis C necesitan seguimiento médico para detectar oportunamente una posible infección. Por eso, toda embarazada debe acudir desde las primeras semanas a control prenatal y realizarse las pruebas recomendadas. También debemos acabar con los prejuicios. Tener alguna de estas infecciones no convierte a nadie en una mala persona. No distinguen condición económica, escolaridad ni apariencia física. Discriminar solamente provoca miedo y retrasa la atención médica. ¿Para qué hacerse una prueba si no tenemos molestias? ¡Precisamente para descubrir lo que todavía no sentimos! Las pruebas son sencillas, algunas requieren apenas unas gotas de sangre y ofrecen resultados en pocos minutos. Si resultan reactivas, deben realizarse estudios para confirmar el diagnóstico. Acuda al centro de salud más cercano y solicite información. Las pruebas son gratuitas en los servicios públicos de salud, voluntarias y confidenciales. No espere a sentirse enfermo. Y si tiene hijos adolescentes, hábleles sobre prevención, uso del condón y riesgos de compartir agujas. La información protege. No espere a que su cuerpo le grite lo que pudo descubrir cuando todavía guardaba silencio. Una pequeña muestra de sangre puede revelar lo que nuestros ojos no ven. ¡Hágase la prueba! Porque sentirse sano es maravilloso, pero saberlo es mucho mejor.

DON CHIMINO.- Cuando vamos va a Acapulquito lindo y querido, piensa uno en la playa, las olas, el sol, la brisita que corre tan a toda madre. Echarse en un acostón en la playa bajo una palapita, chupar el popote y saborear el agua fresca direptamente del coco, pa´ luego comerse su carnita con chilito y salsita y, sin faltar, una cheve bien helodia. Hartas cosas pensamos cuando hablamos del lugar tambor conocido como “La Perla del Pacífico” y, tocante a la comida, lo que piensa uno es en pescado a la talla, camarones, copteles de camarón, pulpo, vuelve a la vida, caldo de cuatete, caldo de camarones y lo que quiéramos comer que ahiga en el Mar. Pero, a ver, ¿a quién que va a Acapulco va pensando en comer pozole? ¿Quién pues, en su sano juicio, pensaría que iyendo a Acapulco, uno de sus antojos de ir p´allá era por comer pozole? Yo no, la verdá. Pa pozole, en mi pueblo, siempre lo he dicho. Y más sabroso si lo hago yo, je je. La verdá nunca ´biera sido algo que pensara comer en la Ciudá y Puerto, pero, dende esa tarde de la graduación de ballet de la ahijada Elisamar, cuando regrese de nuez a Acapulquito de mis amores, claro que llevaremos en la mente, echarnos una cazuela de pozole como el que ese día comimos, al estilo Tixtla-Acapulco. ¡No ma me mi mo muuuuu! ¡Bien sabrosísimo!.
Cuando llegamos del auditorio al cantón de los compadres en l´horita me llegó la mistura de olores: el vapor del pozole hirviendo es como el orín del zorrillo, en l´horita lo distingue uno. El olor de la pata y la luenga que en ese momento taba preparando la señora Amanda hizo que se me hiciera agua la boca. Seguro mi compadre alcanzó a ver que tragué saliva porque me dijo: ––“Ándale compadre, ámo a lavano la mano pa ya comer, ya hace un chingo de hambre, ándale pa´que te invite uno mezcalito y una cervatana color zapato de albañil de tan fría. Ni moo que no te vaya a echá una vaquita parida si tú mero juite quien me enseñó que, cuando ahiga fuego, debe haber apagón.”. Yo, ni tardo ni perezoso me le adelanté a lavarme mis manos y me jui a ensillar a una mesa que la comadre Eulalia ya le ´bía dicho a mi Púchun en la cual nos sentáramos. Era como un tablón de madera y silletas amplias, con asiento de palma tejida y bien macizas. Sentándome y arrimándome Rubén, que asina se llama el esposo de Salomé que jue colocando sobre la mesa chicharrón, aguacate, lechuga, rábanos, cebolla, orégano y chiles verdes serranos picados, una cazuelita de barro con chiles de árbol doraditos, limones, tostadas, tacos dorados que, me dijo, eran de requesón, de chorizo y de papa. En un tazón ´bía güevos de gallina de rancho, de esos de cascarón rojo y algo que se me hizo muy raro: sardinas en un tazón hondito. Casi taba terminando de echarle un ojo a todo lo que taba sobre la mesa cuando llegó Rubén y me preguntó que si quería pozole verde o blanco. Le pregunté que cuál taba más sabroso, me dijo que mejor los probara, que si gustaba, primero me traería el blanco y a luego el verde, le dije que oquei pero que cuando me llavara el pozole verde, le echara uno o dos chilitos serranos cocidos. La cazuela de pozole que me llevaron iba humiando, pa acercármela y tatiarle mejor los menjurjes, la tuve que garrar de las orejas de tan caliente que taba, casi hervía. Le eché chile rojo piquín en polvo, orégano, cebolla, aguacate, unas gotitas de limón y, como me he vuelto más cuidadoso con lo que como, le puse lechuga y rábanos. Revolotié todo muy bien pa ir oliendo lo sabroso que me lo taba preparando. Los papás de las compañeritas de ballet de Elisamar se sentaron en la misma mesa con nosotros, uno de ellos, el que taba frente de mí, a su pozole humiante le echó la clara y la yema de dos güevos que, al cabo de unos minutos se terminaron cociendo. A mí, la verdá no se me antojó comer pozole con güevos cocidos en el caldo. Mi opinión es que ca´ quién se coma su pozole como mejor le guste porque, yo pienso que el olor choquío del güevo le mata el sabor al pozole y…. ¡ándenles! Ya me colgué de nuez, áhi nos pa l´otra, graciotas.