LA SALUD MENTAL INFANTIL-DON CHIMINO

Por: J. David Flores Botello

LA SALUD MENTAL INFANTIL.- Cuando llevamos a un niño al médico, solemos preguntar si está creciendo bien, si necesita vitaminas o por qué se enferma tanto. Sin embargo, hay otra pregunta igualmente importante que a veces olvidamos: ¿cómo se siente? Detrás de un cuerpo aparentemente sano puede haber miedo, tristeza, soledad o una preocupación que todavía no sabe expresar. Cuidar la infancia también significa mirar lo que sucede por dentro. La Organización Mundial de la Salud estima que uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años vive con algún trastorno mental. Muchos pasan inadvertidos y no reciben atención. Esta realidad nos recuerda que la salud mental debe acompañar el crecimiento desde los primeros años, con el mismo interés que ponemos en la alimentación, las vacunas y el desarrollo. Un niño no siempre dice “estoy deprimido” o “tengo ansiedad”. Puede mostrarse irritable, abandonar sus juegos, aislarse o comenzar a tener dificultades escolares. También pueden cambiar su sueño y apetito, o aparecer dolores frecuentes de cabeza o estómago. Estas manifestaciones merecen valoración: no bastan para establecer un diagnóstico, pero tampoco conviene atribuirlas automáticamente a flojera o rebeldía, especialmente cuando persisten o afectan su vida cotidiana. En casa podemos comenzar por algo sencillo: dedicarles tiempo y atención. Preguntar cómo estuvo su día y escuchar la respuesta sin mirar el teléfono. Interesarnos por sus amistades, conocer sus preocupaciones y permitirles hablar sin miedo a burlas o castigos. Decir “te creo”, “gracias por contármelo” y “vamos a buscar ayuda juntos” puede abrir una conversación que llevaba mucho tiempo esperando. Acompañar también implica establecer límites respetuosos, favorecer el descanso, el juego y la convivencia, y evitar humillaciones y comparaciones. La salud mental requiere de una responsabilidad compartida. La familia necesita apoyo; la escuela debe prevenir el acoso y escuchar; los médicos debemos preguntar por el bienestar emocional, además de explorar el cuerpo. Las instituciones públicas y privadas, las autoridades y la medicina organizada podemos colaborar para acercar atención digna y oportuna. Nuestra responsabilidad científica, ética y social también alcanza a quienes apenas comienzan la vida. Ningún niño debería enfrentar su sufrimiento sin una red de apoyo. Si expresa “quisiera desaparecer”, “estarían mejor sin mí” o habla de morir, debemos tomarlo en serio. Preguntar directamente si ha pensado en suicidarse no le introduce la idea. Si tiene intención de hacerlo, un plan o ya se ha lastimado, no debe quedarse solo: hay que impedir el acceso a medicamentos, armas y otros medios peligrosos, y acudir inmediatamente a urgencias. Para otras dificultades persistentes, el pediatra puede orientar la valoración y el apoyo psicológico o psiquiátrico necesario. La atención requiere seguimiento y acompañamiento, también después de la primera consulta. La salud mental merece respeto, sin etiquetas ni vergüenza. Nuestros hijos necesitan saber que pueden pedir ayuda y que su valor no depende de una calificación, un triunfo o una conducta perfecta. Escucharlos, protegerlos y acompañarlos es parte de nuestra responsabilidad. A veces, la ayuda comienza cuando un adulto se sienta a su lado y les dice: “Estoy aquí; cuéntame”.

DON CHIMINO.- La maestra guapetona de la escuela de ballet de la ahijada Elisamar salió muy paticona y, a mi que se me da lo socialito, le seguía la pática. Me ´tuvo diciendo que el ballet no nomás era caminar de puntitas, dar güeltas tando derechitas, mover sus brazos como de ir flotando el el aigre y pelar la mazorca como si juera tan fácil. Me dijo que ensallaban harto, que en un principio se equivocan mucho y hay que volver a empezar dende un principio. Mientras la oyía cavilaba yo: “con razón Elizamarcita se miraba concentrada, mirando con el rabillo del ojo a sus compañeras pa no moverse pa´otro lado o alevantar la mano que no era. A la mejor por lo mismo se iluminó su carita de contentura cuando terminó sin equivocarse, oyir los aplauzos y sobre todo mis gritos escandalosos. Le dije a la maestra que la mera verdá no entendía ni máiz del ballet pero que me emocioné rethiarto de mirarla echarle ganas pa hacer las cosas bien, que tanta jue mi emoción que sentí que se me aguaron mis ojos. En lo que ella me etsplicaba que mero por eso se acercó a mí que oigo: ––“¡¡¡Chiminoooooo!!!” Era mi Puchunga que dende la entrada del auditorio, las manos enjarra, como si trajiera una sandía invisible en cada brazo, me echaba unos ojos de pistola. Se acercó y me dijo: ––“¿no que nada más ibas al baño? Ya tenemos un buen esperándote”. En lo que se acercaba y me decía lo que me acababa de decir, se le quedó mirando de arriba abajo a la maestra, como si la escaniara, y me dijo: ––“ahhh… ya veo por qué te tardaste”. Yo creo que me puse colorado y sudé la gota gorda por la pena y solo alcancé a decirle que no juera mal pensada, que la maestra me ´taba enseñando lo del ballet y, arriendándola a ver a la maestra dijo: ––Sííí… ya ví que te interesó muchísimo la clase”. Más frío sudé. Le dije que la maestra me taba paticando cosas interesantes como que el ballet comenzó hace cientos de años, que muchas palabras que se usan son francesas y que Elisamar tiene plasticidá. En eso, llegó la comadre Eleuteria quien luego de saludar amablememte a la maestra, nos presentó con ella. Después de felicitar a la comadre y a nosotros por ser padrinos de quien dijo era una maravillosa niña, la maestra se despidió y se jue con sus demás compañeras que ya la taban esperando. En el camino hacia mi Forcito mi Púchun iba agún todavía enchilada. ––“Híjoles Chimino, ya ni la haces. No nos dijiste dónde habías dejado el auto y caminamos casi cinco cuadras hacia arriba hasta encontarlo. Como no llegabas, el compadre manejó y te vinimos a buscar. Deberías ser más considerado, pero ya sé, eres bien socialito. Te encanta ponerte a platicar con la gente, pero a veces te pasas. En fin, genio y figura…”. Sin terminar la frase apretó el paso. Llegando a mi Forcito, que tenía abiertas las puertas del lado de la banqueta, nos esperaban el compadre, que me dijo que a ver a qui´horas, y Elisamar, quien al verme llegar gritó: ––“¡Ándale padrino, vamos a la casa porque el festejo ya va a empezar!”. Mi compadre se jue de copiloto y atrás, mi Púchun, la comadre y Elisamar quien nos iba paticando que invitó a dos de sus compañeritas del ballet con sus papases y a un primo que vive cercas de su casa. Y que me dice: –“Padrino Chimi, adivina ¿qué vamos a comer en mi fiesta?. Le dije que si eran camarones o mojarras, me dijo que no. ¿Pescado a la talla?, que tampoco eso, y dijo: ––“¿Te das por vencido?” Después de que le dije que si era barbacoa, pollo o cecina y me dijo que no, terminé diciendole: “¡Me doyyy!”. Después de soltar una risotadita me dijo: ¡pozole estilo Tixtla-Acapulcoooo! Mmmm, ¡mi favorito!”. Tragué saliva, pos al verla por el espejo retrovisor saboreárselo con tanta diliciosura, hasta a mí se me hizo agua la boca. La verdá yo iba apenado porque, por mi culpa, se nos hizo tarde. Tonces, en corto, le pregunté a Eleuterio si no se ´bía enojado la comadre de tanto tar esperándome a sabiendas que tenía que llegar a calentar la comida y a preparar todo para el pozole que, me consta, es un poco engorroso. Y que me dice: –– ¡Ah pinche compadre! Ora sí que te remuerde la conciencia, ¿verdá? Pero bien que te encanta el güiri güiri ¡Arajo! ¡Te tardate casi media hora!”. Por más que quise, no pude disimular mi cara de congoja y preocupación por haberlos hecho esperar tanto. Arriendándome a ver, el grandísimo cabrón de mi compadre, soltó una carcajada y me dijo: ––“¡No te preocupe compadre, chingaoo. Tenemo una vecina que hace una hora ya tá en la casa con todo listo pa´ llegar a comer. Doña Amanda e de Tixtla, la tierra del pozole y del baile de la iguana. Ya verá qué sabroso lo prepara. Te va a chupar lo dedo y má por el mezcalito que trajo de allá”. Y… ándales, ya me volví a colgar, áhi nos pa l´otra, graciotas.