EL NIÑO QUE RONCA— DON CHIMINO

Por: J. David Flores Botello

EL NIÑO QUE RONCA. –– Escuchar roncar a un niño suele parecer una cosa sin importancia. Muchas familias lo atribuyen al cansancio, a la postura para dormir o a un resfriado pasajero. Y es cierto: durante una gripe, una alergia o una congestión nasal, un niño puede roncar algunos días. Pero cuando el ronquido se presenta casi todas las noches, es fuerte, interrumpe el sueño o se acompaña de otros signos, merece una valoración médica. Roncar significa que el aire pasa con dificultad por la vía respiratoria superior y hace vibrar los tejidos de la nariz, la garganta o el paladar. En los niños, una causa frecuente son las amígdalas y adenoides aumentadas de tamaño. También pueden contribuir la obstrucción nasal persistente, la rinitis alérgica, el sobrepeso y algunas características anatómicas de la cara y la garganta. Lo importante es observar cómo duerme el niño. Hay que poner atención si hace pausas al respirar, si parece que deja de tomar aire y luego se sobresalta, jadea, tose o despierta con sensación de ahogo. También preocupa el sueño muy inquieto, mojar la cama después de haber dejado de hacerlo, sudar demasiado durante la noche o dormir con la boca abierta de manera constante. El problema no termina al amanecer. Un niño que no descansa bien puede levantarse irritable, con dolor de cabeza, cansancio o dificultad para concentrarse. En ocasiones no parece tener sueño; por el contrario, se muestra hiperactivo, impulsivo o con problemas de conducta. Puede bajar su rendimiento escolar, tener dificultades para aprender o no crecer y aumentar de peso como se espera. Por eso, ante un niño inquieto, distraído o con mal desempeño escolar, también vale la pena preguntar cómo está durmiendo. No todos los niños que roncan tienen apnea obstructiva del sueño, pero el ronquido frecuente es una señal que no debe ignorarse. La apnea ocurre cuando la respiración se bloquea parcial o totalmente durante el sueño y se repite varias veces en la noche. Esto fragmenta el descanso y, si no se detecta, puede afectar el desarrollo, el aprendizaje, la conducta y la salud cardiovascular. La valoración debe comenzar con el pediatra. Conviene que los padres comenten desde cuándo ronca, cuántas noches por semana ocurre y si han visto pausas respiratorias o jadeos. Un video breve tomado durante el sueño puede ayudar mucho en la consulta. El médico revisará nariz, garganta, amígdalas, peso y antecedentes. Según el caso, puede requerirse valoración por medicina del sueño. En algunos niños, en raras ocasiones, se indica un estudio de sueño para conocer con precisión qué ocurre mientras descansan. No es recomendable automedicar al niño ni asumir que necesita cirugía sólo por roncar. Cada caso debe estudiarse de manera individual. El objetivo no es alarmar a las familias, sino recordar algo fundamental: dormir bien también es salud. Si el niño presenta pausas prolongadas al respirar, dificultad respiratoria importante, coloración azulada en labios o piel, o no logra despertar con normalidad, se debe buscar atención médica inmediata. Observar el sueño de nuestros hijos puede ser el primer paso para cuidar mejor su crecimiento, su aprendizaje y su vida.


DON CHIMINO.- L´otro día, me dijieron que en veces me la crolongo con mis “Chimino Aventuras” y yo digo: Qué culpa tengo si, como sucedió con la guía de turistas, las gentes son paticonas, ni modos de interrumpirles lo que me tan paticando, sobre todo cuando ta interesante, no porque yo sea chismoso. La señora guía me preguntó: ––“¿Qué opina de la historia de doña Helvia y su relación con esta estatua?” Yo, me quedé cabilando. ¿Acaso le diría que nada tarugo el Senador Diaz Serrano que se la agarró pollita? ¿Qué la chava jue bien aventada mostrarse en cueros sin tener pena? ¿Qué su cinturita, caderas y pomponias, anque sea en la estatua, se miran de fiuu fiuuuuu? En eso taba cuando: —“¡Compadreeeeee!” Arriendé a ver y miré venir a mi compadre Eleuterio. Caminaba todo sudado, con la camisa pegada al cuerpo, limpiándose la frente con una mano y sacando la lengua como perro asoliado. —¡”Tengo una eternidá esperando el Acabú y no pasó ni uno por onde yo taba! —dijo apenas llegó—. Me tuve que venir caminando con este calorón. ¿Apoco todavía sigue mirando a la vieja encuerada?” La guía soltó una carcajada. Se despidió porque tenía que reunirse con otros turistos y se alejó por la Costera, echándose aire con su abanico. Mi compadre miró a la Diana, luego me miró a mí y después volvió a mirar la estuata. —“Tá retebuena, ¿verdá?” —No sea ipnorante, Eleuterio. Esa señora es una parte muy importante de la historia política de México. —“¿La guía de turistos?” —¡No, sea tarugo compadre! La de carne y güeso que sirvió de modelo pa’la Diana. Mi compadre se quedó cabilando unos segundos y dijo: —“¿Y también posó así?” —¿Ansina cómo? Le pregunté. —“Pos… como Dios la trajo al mundo”. Ya mejor no le pregunté nada y le dije: mejor ámonos a la talachera compadre que se hace tarde. En un momento pensé decirle que la señora me ´bía paticado una historia de arte, petróleo, poder, amor y traiciones. Pero, conociendo a mi compadre, seguramente lo único que iba a recordar era que a la Diana le pusieron calzones de bronce. Yo, me quedé con buen sabor de boca de saber de una mujer pa mi desconocida antes y la estatua famosa de la Diana Cazadora. Lo que sí es que, no me ´bía dado color de que mi Puchunga nos ´taba mirando mientras paticábamos. Medio escondida detrás del Forcito, alcanzó a oyir parte de la historia de La Diana. No dijo nada, pero se quedó pensando, con esa curiosidá de toda mujer o, por lo menos, de ella. Se saludaron con el compadre que se subió al coche y agarramos camino. Como a unas cinco cuadras de áhi llegamos a la talachera. El señor talachero revisó la rueda con calma la rueda ponchada. Le dio unas vueltas, la infló un poco, la golpeó con la mano y finalmente negó con la cabeza y dijo: —No, patrón. Esta llanta ya no sirve. Está muy cuarteada, ya no aguanta ponerle una cámara o una chancla, traerla así es un riesgo, ni de refacción sirve. Hay que cambiarla”. Hice una mueca, porque ya me imaginaba el gasto. —¿Y cuánto me sale la gracia? —le pregunté. Y me dijo con acento costeño: —“Pues mire, tengo uno gallito casi nuevo —respondió el talachero—. Apena tienen cinco año; todavía le faltan otro cinco. Se la dejo en mil quinientos varo, ya puesta, nomá porque somo primo con Eleuterio. Si quiere, le cambio la cuatro; si no, cuando meno ésta, porque no va a llegar muy lejo con la que trae, tan reseca y algo cuatiada”.

El compadre me arriendó a ver. Los dos sabíamos que en ese momento cambiar las cuatro era harta lana —Por ahora, cámbieme una sola —le dije—. Luego vemos las demás, si Dios quiere y el bolsillo lo permite. Mientras hacían la talacha, faltaban menos de dos horas para llegar a la casa de los compadres. Teníamos que apurarnos, pero tambor llevábamos hambre dende hacía rato. Así que cruzamos la calle y nos juimos a echar unos tacos de carnitas. —Hay que comer algo —les dije a mi Púchun y al compadre—porque con el estógamo vacío nos va a dar el soponcio y chance y lléguemos medio apentontados. Pedimos tacos de maciza, cueritos y carnitas con salsa. Yo intuyí que mi Puchunga no dejaba de pensar en lo que había escuchado de la Diana, anque trataba de disimular, pero ya la conozco. Ójala no ahiga oyido lo que dije y lo que dijo el compadre tocante a lo buenota de la Helvia porque, además de darme pena, chance y me alevante la canasta de castigo y… ¡ándales! Ya me la volví a crolongar y agu ni tan siquiera llegamos a su cantón de los compadres. Áhi la prótsima, si me hacen favor, les sigo paticando. ¡Baytelas!