Raúl Elcan presenta Palabrerías, su primera novela, donde a través de Carlos explora el origen de las palabras que usamos sin saber realmente lo que significan.
Por: Yael Zárate Quezada
Iguala, Guerrero, Septiembre 5.- “Nada existe hasta que no se nombra”, es una de las varias frases con las que me quedo tras esta conversación. La idea no es nueva, pero conocer y escuchar a Raúl Elcan , seudónimo detrás del cual se esconde Raúl González y Martínez de Escobar, sí que lo fue. Tampoco sabía que ese nombre —tomado del apodo cariñoso «El Perro» que le pusieron sus hermanos cuando era niño— responde a una convicción que lleva siglos de existir y que se adjudica a Plauto: «nomen est omen», “en el nombre está el destino”.
Aunque esta máxima puede generar disenso, con Palabrerías, su primera novela publicada, Elcan convierte esa premisa en la columna vertebral de una historia sobre un niño que descubre su nombre impreso en la portada de un libro ajeno y, a partir de ahí, se obsesiona con cazar palabras cuyo significado desconoce.
La entrevista comienza en una casa colonial de Coyoacán y el Elcan no tiene ningún empacho en admitir que –como suele ocurrir con otros escritores– que Carlo Collodi, el protagonista de Palabrerías, tiene mucho de él en su haber y su andar. Se trata de un apasionado por las palabras, un niño inquieto que descubre en una librería que existe un libro firmado con su mismo nombre —Las aventuras de Pinocho, de Carlo Collodi— y que a partir de ese hallazgo comienza a coleccionar palabras y dichos, tal como lo hace el propio autor desde hace años.
«Yo soy el que tiene este gusto, esta pasión por las palabras, entonces quise crear un personaje como Carlos […] al cual le apasionan las palabras a partir de que él descubre en una librería, él ha impreso su nombre en un libro de piel.»
Y aquí –en el vaivén de preguntas y respuestas– Elcan reflexiona que el origen de buena parte de los conflictos humanos está entre lo que se dice y lo que se entiende.
«El 90% de los conflictos humanos surge precisamente de una falta de entendimiento, entendimiento del otro y de nosotros mismos, por eso es que mi obsesión con el lenguaje.»
Recuerda también su paso por la industria aseguradora, donde el lenguaje técnico —hablar de la «prima» del seguro, por ejemplo— generaba confusión en los clientes. Ese choque entre la jerga y la comprensión real del otro es, para él, el mayor reto de cualquier persona dedicada a comunicar.
Uno de los ejes del libro es rastrear el origen de expresiones cotidianas cuyo significado se usa sin cuestionar. La palabra «arrechucho» fue, según Elcan, el punto de partida de todo el proyecto: al buscarla en el diccionario encontró apenas una definición fría («arrebato súbito») que no le hizo justicia, hasta que la halló descrita con más vida en un texto de Héctor Aguilar Camín.
Esa búsqueda lo llevó a una convicción que defiende con firmeza y es que nada existe hasta que es nombrado. «Si me remito a una experiencia individual, sí creo firmemente que nada existe hasta que es nombrado. Yo hace muy poco tiempo, por ejemplo, descubrí el existencialismo. Antes de leer a Sartre no existía esa filosofía para mí.» Y en este caso, cuestionarse el origen de las palabras, dice Raúl, es también una forma de cuestionarse la propia identidad. En la medida en que una persona comprende lo que una palabra significa para sí misma, puede usarla de manera consciente para proyectarse. Lo contrario, advierte, es repetir palabras sin conciencia y quedar atrapado en una especie de neblina sobre uno mismo y sobre el otro.
Pero esa construcción tiene un límite: no todo lo que somos se dice en voz alta.
«Sí somos lo que decimos, pero también somos lo que callamos […] el conocimiento del otro nunca es completo. Siempre tendrá como una parte inefable.»
El silencio –coincidimos–, es también un discurso, ya menudo más poderoso que las mismas palabras.
Una pregunta y una reflexión final para cerrar: ¿Cuáles son sus palabras favoritas?
De todas ellas, Elcan se queda con «inefable» —todo aquello que el lenguaje no alcanza a expresar— y con «mar», una palabra de solo tres letras que, dice, contiene un océano entero. Cita a Jorge Luis Borges: el mar se mira por primera vez siempre.
«Es como lanzar este mensaje dentro de una botella y lanzarlo nuevamente al mar, esperando que llegue a la otra orilla […] si toco a una persona, con eso me siento realmente satisfecho». Nunca es tarde para emocionarse por una nueva aventura y los libros que nos guardan, son un gran acompañante para emprender el viaje. Fuente: PijamaSurf.
