EL EJEMPLO TAMBIÉN EDUCA––DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
EL EJEMPLO TAMBIÉN EDUCA.–– Hay una frase que todos deberíamos recordar: los niños escuchan lo que les decimos, pero aprenden, sobre todo, de lo que nos ven hacer. Podemos repetirles muchas veces que coman frutas y verduras, que tomen agua o que hagan ejercicio. Sin embargo, si nunca nos ven hacerlo, nuestras palabras pierden fuerza. En cambio, cuando esos hábitos forman parte de la vida familiar, los niños los aprenden casi sin darse cuenta. Lo mismo sucede con el uso de las pantallas. Podemos pedirles que guarden el celular durante la comida, pero si papá o mamá responden mensajes mientras el niño intenta contarles algo, el verdadero mensaje será muy distinto: aquello que aparece en la pantalla es más importante que nuestra conversación. También decimos: “No grites”, pero en ocasiones los corregimos a gritos. Les pedimos que digan “por favor”, “gracias” y “perdón”, aunque a los adultos también se nos olvida utilizar esas palabras. Les enseñamos que no deben mentir, pero quizá nos escuchan decir por teléfono: “Dile que no estoy”, aunque sí estemos. Puede parecer algo pequeño, pero los niños son extraordinarios observadores. Ven cómo tratamos a los abuelos, a quien nos ayuda en casa, al mesero, al vecino y a las personas que piensan diferente. Escuchan cómo hablamos de los demás cuando creemos que están distraídos. Aunque en ese momento no pregunten ni hagan comentarios, van guardando esas lecciones y, poco a poco, construyen con ellas su manera de relacionarse con el mundo. También aprenden a cuidar —o a descuidar— su salud observándonos. Si nos ven tomar agua, desayunar, mover el cuerpo, ponernos el cinturón de seguridad, usar casco en la bicicleta y procurar dormir a una hora razonable, será más fácil que hagan lo mismo. Pero también reciben un mensaje cuando crecen viendo el cigarro, el vapeador o el alcohol como parte indispensable de cualquier reunión; cuando la comida rápida aparece todos los días o cuando vivir cansados, desvelados y estresados parece completamente normal. Esto no significa que las madres y los padres tengan que ser perfectos. Nadie lo es. Todos nos cansamos, perdemos la paciencia y alguna vez decimos algo que después lamentamos. Pero incluso esos momentos pueden convertirse en una enseñanza muy valiosa. Cuando un adulto se acerca al niño y le dice: “Perdón, no debí hablarte así. Estaba enojado, pero eso no justifica que te gritara”, no pierde autoridad. Al contrario: le enseña responsabilidad, respeto, humildad y una habilidad indispensable para la vida: reconocer un error y tratar de reparar el daño. Educar no es solamente dar órdenes o explicar lo que está bien y lo que está mal. También es comprender que cada palabra, cada reacción y cada hábito deja una enseñanza. Por eso, antes de preguntarnos: “¿Por qué mi hijo se comporta de esa manera?”, quizá convenga hacernos otra pregunta: “¿Qué puede estar aprendiendo de lo que me ve hacer?”. Los niños no necesitan adultos perfectos. Necesitan adultos conscientes, congruentes y dispuestos a corregirse. Porque quizá no hagan siempre lo que les decimos… pero nunca dejan de aprender de lo que les mostramos.
DON CHIMINO.– La mera verdá no sé cuánto tiempo me ´tuvo paticando la señora guía de turistas y turistos tocante a la Flechadora de las Estrellas de Acapulco, la Diana Cazadora. Taba tan interesante lo que me contaba que, por un momento pensé que ójala el compadre Eleuterio se tardara un poquito más en llegar. Onde que la señora Salió mero paticona paticona pero paticona pues, como si ´biera comido perico. Pero no cualquier perico, no, tenía sabido, calculado y aprendido todo lo que me taba diciendo, como si ella formara parte de la misma historia que me´s taba paticando: ––Y siguió: ––“Por su ubicación, La Diana quedó como una especie de puerta entre el viejo Acapulco y la nueva zona turística. Pero no sólo ha visto pasar vacacionistas. Esta glorieta se convirtió con el tiempo en lugar de reuniones, marchas y protestas. En alguna época hasta colocaron picos de cemento alrededor, supuestamente para impedir que los manifestantes se acercaran. Después cambiaron la estatua de pedestal y, muchos años más tarde, la sustituyeron por esta figura más grande, porque la anterior casi no se distinguía sobre aquella enorme estructura curva. —“¿Y qué hicieron con la viejita?” Le pregunté. —¨La llevaron al Museo Histórico Fuerte de San Diego. Allá puede verla. Pero la historia más interesante sigue siendo la de Helvia. ––La señora abrió nuevamente el abanico y comenzó a echarse aire despacito––. —¨Yo tuve la oportunidad de conocerla aquí, en Acapulco. Hace muchos años trabajé en un hotel y ella llegó acompañada de su esposo. Era una mujer elegante, muy arreglada y amable. Ya había revelado públicamente que ella era la verdadera modelo de la Diana, secreto que guardó durante medio siglo”. —¡Aray! ¡¿Tanto tiempo?! Le dije… y pensé: se ´biera hecho famosa y ganado el billete si ´biera revelado su secreto dendenántes. Chance y mínimo una pelíngula viera hecho, por lo menos. Pero, antes que todo ´bía que comprobar que doña Helvia juera la verdadera Diana, ¿cómo? Fácil: comparando y midiendo sus palmitos de la estuata y de ella. —Medio siglo guardó el sccreto porque tenía miedo de perder el empleo y de que su familia fuera señalada”. ––Me siguió paticando––. ––“Imagine lo que significaba, en aquellos años, que una jovencita trabajadora reconociera haber posado desnuda frente a dos hombres. Su propia madre se disgustó muchísimo cuando se enteró. Pero la vida de Helvia quedó unida a Pemex de otra manera. El hombre del que se enamoró se llamaba Jorge Díaz Serrano, ingeniero petrolero, empresario y, con el tiempo, director general de Petróleos Mexicanos durante el gobierno de José López Portillo Cuando Díaz Serrano llegó a Pemex, México comenzó a explotar enormes yacimientos. El petróleo parecía inagotable y se hablaba de que el país tendría que aprender a “administrar la abundancia”. En pocos años, el ingeniero se convirtió en uno de los hombres más poderosos de México. No sólo sabía de pozos, plataformas y refinerías. Tenía carácter, tomaba decisiones rápidamente y gozaba de la confianza del presidente. Su prestigio creció tanto que llegó a ser considerado uno de los posibles sucesores de López Portillo”. ––¡A poco quería ser presidente? Seguí de preguntón: —“Nunca fue designado formalmente candidato pero estuvo entre los hombres con mayores posibilidades. Dentro de aquella competencia se encontraba también Miguel de la Madrid, quien era secretario de Programación y Presupuesto. Entonces llegó una caída en los precios internacionales del petróleo. Díaz Serrano decidió bajar el precio del crudo mexicano para no perder compradores, pero lo hizo sin el respaldo del gabinete económico. Aquello provocó un enfrentamiento muy fuerte. Salió de Pemex y, poco después, López Portillo eligió como sucesor precisamente a Miguel de la Madrid. A Díaz Serrano lo nombraron embajador en la Unión Soviética y posteriormente senador por Sonora. Parecía que conservaría un lugar dentro del sistema político. Pero cuando Miguel de la Madrid asumió la Presidencia, inició una campaña que llamó “renovación moral” y prometió castigar la corrupción del gobierno anterior. La acusación contra Díaz Serrano apareció por la compra de dos buques gaseros para Pemex: el Cantarell y el Abkatún. Según la Procuraduría, los barcos habían sido ofrecidos originalmente por una cantidad menor, pero mediante una empresa intermediaria Pemex terminó pagando alrededor de treinta y cuatro millones de dólares adicionales. —O séase que apareció un coyotote y los barcos salieron más caros. ¿O no? Seguí de preguntón —“Ésa fue la acusación, don Chimino. La Procuraduría sostuvo que la empresa intermediaria ni siquiera era propietaria de las embarcaciones cuando comenzó la operación. Díaz Serrano, por su parte, aseguró siempre que no había cometido ningún fraude y que las decisiones se habían tomado por razones técnicas y comerciales. Como era senador, primero tenían que retirarle el fuero para procesarlo. Todo sucedió con una rapidez extraordinaria. La solicitud llegó al Congreso a finales de junio de mil novecientos ochenta y tres y, aproximadamente un mes después, los diputados ya habían votado. —¿Y cuántos votaron pa’que lo desaforaran? ––Pregunté––. —“Trescientos sesenta y cuatro” Contestó. ¿Y cuántos dijieron que no? ––Seguí de preguntón —“Ninguno” —Dijo moviendo despacito la cabeza y meniando el dedo índice de un lado pa’l otro diciendo: “Ni uno solito” ¡Aray! Le dije. Pa´mí que hubo chanchullo y jue una orden de “allá arriba” y… ¡Sopas Perico” Ya me la crolongué de nuez, áhi nos pa´l´otra. Graciotas.
