Hablemos de mí
Por: José I. Delgado Bahena
Sí: hablemos de mí. Lo haré con el pretexto de siempre: establecer un vínculo entre mis posibles lectores y el hecho cultural, al que me debo en esta columna en la que comparto mis puntos de vista sobre sucesos, personas y las deudas que, como agentes de la palabra, tenemos con la sociedad quienes nos dedicamos a escribir.
Hablemos de poeta a lector, de escritor a ser humano; como sea, pero encaremos con acciones a las palabras. Sin rebuscamientos, sin falsas poses, sin deslumbramientos internos, comenzando, si se puede, con cuestionamientos directos.
Primero: ¿para qué escribir poesía?
Sin duda: la poesía va dirigida a los sentimientos de quienes nos leen, o tal vez nos escuchen cuando hacemos alguna presentación. Entonces, lo que las palabras deben contener en un texto poético, deben ser sentimientos.
Por eso, cuando digo, en uno de mis poemas que publiqué en mi libro “Azul como el pecado”: “Debo hablar de ti,/ lo tengo claro,/ aunque me duela hacerlo;/ un día digo tu nombre completo/ y al otro tan sólo te refiero.” es ineludible la referencia de quien ha inspirado tal desahogo de un sentimiento que tenemos atorado en el pecho.
Entonces, la poesía se convierte en un diálogo interno, subliminal, entre el autor y la persona que la ha motivado, y se le dice, aunque indirectamente, lo que nos duele, lo que nos alegra, lo que nos hace vivir, y sentir.
Prosigo: “Pero tengo que hablar/ de lo que fue lo nuestro/ para no maldecir lo que vivimos juntos/ y fue nuestro universo.” En este río de imágenes desbordadas, salidas de cauce, va algo más que el manejo del lenguaje, va la vida misma.
“Hablar, decir, nombrar las cosas/ que tú y yo sabemos:/ la vereda es azul,/ el clavo en la garganta,/ la lluvia en el desierto.” Las metáforas y otros recursos que empleamos son solo el conducto que nos permite deslizar esa melancolía, o la tristeza infinita por algo que, tal vez, no volverá a ocurrir.
“Es inútil callar y querer ocultar a los amigos,/ y a los enemigos,/ que aún te pienso y quiero;/ ellos no disimulan,/ me preguntan por ti,/ escarban, dudan,/ me miran a los ojos/ y, a veces,/ de mis manos vacías,/ sienten lástima, creo.” Porque vivir a expensas de ya no ser y ya no estar, de ser relegado de un espacio amoroso en el que nos creíamos felices, nos conduce a la depresión (y ha habido poetas que se han suicidado).
“Entonces, mejor hablo/ y escupo tu recuerdo,/ y con ello compruebo/ que mi lengua sigue viva/ y digo que estás bien/ y que hay tardes que, en secreto, nos vemos./” En este mar embravecido que son los sentimientos revueltos, queda un consuelo: la imaginación, el poder disfrazar la soledad, las manos huecas, el corazón en calma y hacernos creer que aún sigue esa persona con nosotros.
“Y hablo y hablo y hablo/ de tantas cosas que juntos, según yo,/ hacemos.” La ruina del amor es el invento de lo que no ocurre, el llanto de la cama vacía, los dedos fríos, el sudor sin brisa; es así como se busca sobrevivir al veneno del desamor.
“Pero cuando llego al departamento/ me tapono la boca,/ me hundo en el silencio/ y me pongo a pensar:/ ¿qué les diré mañana para no confesar/ que de mí ahora estás lejos?”
Una llaga abierta no puede sanar con una mentira. Más vale enfrentar la realidad y aceptar que esa persona ya no está.
“No./ La verdad es mejor, pero…/ ¿cómo les puedo decir/ que tu amor fue un misterio/ y que, ahora, tus ojos,/ que yo tanto quería/ y soñaba con ellos/ ya tienen otro dueño?”
La vergüenza ante la derrota, es cruel. La ignominia nos vence. El sueño termina y la realidad pega duro.
“No./ Mejor será seguir con el engaño;/ no para los demás,/ para mí mismo;/ porque, aunque no te tenga,/ al hablar de ti de lunes a domingo/ siguiendo al minutero,/ siento que estás conmigo/ y me miento y les hablo de ti, de mí,/ de lo nuestro,/ y con esta farsa cruel,/ gracias a Dios,/ aún no he muerto.”
La poesía, pues, nos desnuda. Nos hace mostrar lo que llevamos dentro, ya sea podredumbre, dolor, miedo, alegría, dudas, tristezas, sinsabores, retos, añoranzas y, por supuesto, amor.
Eso es lo mejor, reconocer que, después de todo, al final, aún queda salvación a través del amor. El amor por lo que fue, por lo que pasó, por lo que quedó en ese pequeño mundo que nos hizo vivir, y sentir, la otra persona.
