Mundial de futbol 2026

Por: Rafael Domínguez Rueda

Fui uno de los miles de millones de personas que presenciaron el pasado domingo 19 por televisión el partido entre las selecciones de Argentina y España, aunque me daba lo mismo quien resultara ganador, pues, el único equipo que me interesaba en el mundial era el de México. Finalmente, la ola roja conquistó la gloria y tocó el cielo. Tras una final insípida, España venció a Argentina y levanta la Copa del mundo por segunda vez en su historia.

Se suele decir que las finales no se juegan, se ganan, España demostró que también se pueden ganar jugando mejor. El 1-0 puede engañar, España dominó desde el primer minuto. Argentina resistió durante más de cien minutos, Ferran Torres terminó por romper la resistencia en el minuto 106 y premió al equipo que más hizo por ganar la final.


El mensaje de este Campeonato debe ser que, a pesar del resultado, todavía existe espacio para el atractivo. Y cuando un equipo con esa convicción, no solamente gana un partido, sino hasta un Mundial, también gana el futbol.


Estoy convencido que el jugador moderno, con toda la carga de adrenalina por la competencia, los millonarios contratos, las trampas y favoritismos, han dejado de disfrutar su actividad, pero no el único objetivo de horadar la meta enemiga; y dígase lo que se diga, sigue siendo un juego.

Mientras los espectadores, según su óptica o implicación emocional: los aficionados, disfrutando del partido, sin ser fanáticos ni perder la cabeza. Los villamelones que en este Mundial crecieron y los fanáticos, cuya impulsividad provoca que haya lugar a desmanes

No acudí a presenciar partidos en vivo, porque ahora son otros tiempos. No he perdido el gusto, el interés y la pasión por los buenos espectáculos, pero las protestas, disturbios y alarmante inseguridad, por un lado y por otro, el alto costo de los boletos y la comercialización del futbol, limitan muestras ilusiones.

Y no nada más yo lo digo, platicando con amigos, en su mayoría, coinciden en que el futbol profesional ya se maneja más como negocio que como deporte. La verdad es que la FIFA aumentó a 48 el número de participantes en el torneo, número que ya se piensa en acrecentar a 64 para la próxima justa que se jugará en 2030 en España, Portugal, Marruecos, Uruguay, Paraguay y Argentina.


Podemos decir, en pocas palabras que en la Copa del Mundo de Norteamérica, proliferaron las decepciones.


La selección de Uruguay, con ese vendedor de ilusiones que es Marcelo Bielsa, terminó yéndose por la puerta de atrás.


Jugando a nada, Alemania también fue despachada temprano. Los jugadores de Portugal, que son una constelación de estrellas, pero que son individualistas, terminaron mirando el evento por televisión.


Se esperaban grandes cosas de Colombia que participó con la más nutrida afición visitante, pero cayó en penales, luego de mostrar una total inoperancia.


Curiosamente los tres países sedes fueron eliminados, unos mostrando más capacidad de juego que otros, pero quedando fuera de los reflectores.


Vimos concurrir a este mundial al peor Brasil de la historia. Ni la afamada magia de Carlo Ancelotti pudo salvarlos del naufragio.


Argentina llegó a la final a los empujones contra rivales de poca monta, con serios cuestionamientos ante decisiones arbitrales incomprensibles.


En forma inesperada y deficitaria llegó España a la final, apenitas con destellos del gran talento que poseen. Pero, finalmente se coronó con marca inalcanzable 38 partidos consecutivos sin conocer la derrota.


El pasado domingo 19 del 2026, el balón dejó de rodar, pero no los recuerdos. Lo que nadie podrá olvidar jamás de esos 89 días es la alegría, el entusiasmo que fue capaz de crear y expresar un simple deporte llamado futbol.


El mundial de Messi y de Cristiano, el de Mbappé, de Vinicus, de Lamine y de Bellingham, de Vozinha y Cabo Verde.


El Mundial de Guillermo Ochoa y sus lágrimas en el estadio, después de ser convocado a 6 copas del mundo; del «niño» Mora que sorprendió con sus pases, movilidad y control del balón, que también derramó lágrimas, pero tocó el balón que le permite soñar con «ser campeón del mundo»,» el de Javier Aguirre que, por poco, logra hacer el milagro.


Pero también el mundial de la «niña futbolista» Katia Itzel García, arbitra del torneo que hizo un trabajo impecable. Es una triunfadora, un orgullo nacional y un ejemplo, no sólo para todas las niñas, sino para todos los mexicanos.


Terminó la Copa del Mundo 2026. No superó a las anteriores… Pero, nuestra memoria continúa fresca e intacta, porque seguiremos recordando siempre el Mundial del 2026 por los partidos de futbol, al grado de que las imágenes se encimarán unas con otras.


Todos los días nos enteramos de la violencia galopante, injusticias, corrupción, madres buscadoras y personas que reclaman sus derechos frente a gobiernos corruptos e indiferentes
Y no se trata de mirar hacia otro lado. Al contrario, quisiéramos ayudar, apoyar, hacer algo, Pero, nos vemos impotentes. Y así como a ellos, la desesperanza agota


De ahí que, 90 minutos pueden convertirse en un descanso emocional. Un partido de México nos transforma. Este mundial nos regaló mucho más que futbol. Nos ha ofrecido la posibilidad de sentir que millones de personas, de todas las condiciones e ideologías, podemos mirar hacia el mismo lugar con la misma emoción.


Por eso celebro este Mundial. Fue una oportunidad para descansar de la desesperanza, sin olvidarse de la realidad. Para emocionarse sin culpa. Para sentirse parte de una inmensa alegría. Para recordar que incluso en un mundo desquiciado y complejo, todavía existen eventos que nos unen, nos calman, nos alegran y nos ayudan a vivir más y mejor.