PILAS E IMANES: PELIGRO MORTAL-DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
PILAS E IMANES: PELIGRO MORTAL.- Hace apenas unos años, los peligros que más preocupaban a los padres eran los cerillos, el cloro, las medicinas o las bolsas de plástico. Hoy, sin que muchos se hayan dado cuenta, apareció un enemigo nuevo. Es tan pequeño que cabe en la yema de un dedo, tan brillante que llama la atención de cualquier niño y tan peligroso que puede poner en riesgo su vida en cuestión de horas. Me refiero a las pilas de botón y a los pequeños imanes de alta potencia. Están por todas partes. En los controles remotos, las llaves electrónicas del automóvil, relojes, básculas, calculadoras, termómetros digitales, velas electrónicas, audífonos, juguetes, aparatos para la sordera, tarjetas musicales y muchos otros dispositivos que usamos todos los días. Tan acostumbrados estamos a verlos que pocas veces pensamos en el riesgo que representan para un niño pequeño. Los menores de cinco años descubren el mundo llevándose todo a la boca. Para ellos, una pila brillante puede parecer un dulce y un pequeño imán, una simple canica. Cuando un niño se traga una moneda, un frijol o una semilla, muchas veces el objeto atraviesa el aparato digestivo y sale por sí solo. Pero con una pila de botón ocurre algo completamente distinto. Si queda atorada en el esófago, comienza a producir una reacción eléctrica con los líquidos del organismo. Esa corriente genera una sustancia altamente alcalina que literalmente quema los tejidos. En menos de dos horas puede ocasionar lesiones profundas, perforar el esófago, dañar la tráquea o romper vasos sanguíneos importantes. Lo más sorprendente es que la pila no necesita romperse ni derramar su contenido; aunque esté usada, todavía conserva suficiente energía para causar una verdadera catástrofe. Los imanes tampoco se quedan atrás. Uno solo puede no ocasionar problemas, pero cuando el niño traga dos o más, o un imán junto con una pieza metálica, éstos se buscan y se atraen dentro del intestino. Entre ambos aprisionan las paredes intestinales como si dos manos apretaran una hoja de papel. Poco a poco impiden el paso de la sangre hasta provocar perforaciones, infecciones graves y la necesidad de una cirugía de urgencia. Lo más peligroso es que casi nunca alguien presencia el accidente. El niño puede empezar solamente con babeo, dificultad para tragar, rechazo a los alimentos, tos, vómito, dolor abdominal o un llanto persistente sin explicación. Incluso puede parecer que todo está bien mientras el daño continúa avanzando silenciosamente. Por eso, si desaparece una pila de botón, falta un imán de algún juguete o existe la mínima sospecha de que el niño pudo haberlos ingerido, no espere. Acuda inmediatamente al servicio de urgencias. Una simple radiografía suele confirmar el diagnóstico y permite actuar antes de que aparezcan complicaciones. Mientras recibe atención médica, no provoque el vómito, no le dé aceite, leche, pan, plátano, laxantes ni remedios caseros. Ninguna de estas medidas ayuda y algunas pueden empeorar la situación o retrasar el tratamiento adecuado. La mejor medicina sigue siendo la prevención. Revise que los compartimientos de las baterías cierren con tornillos, mantenga las pilas nuevas y usadas fuera del alcance de los niños, deséchelas correctamente y evite juguetes con pequeños imanes desprendibles en menores de cinco años. Los accidentes infantiles ocurren en un instante. La diferencia entre un gran susto y una tragedia muchas veces depende de que los adultos conozcamos estos riesgos y actuemos sin perder tiempo. Porque hay objetos tan pequeños que caben en la palma de la mano… pero cuyo peligro puede ser enorme.
DON CHIMINO.- Ir a Acapulco en su propio coche tiene sus ventajas, por muy cansado que sea ir manejando. A diferiencia de irse en camión, uno no puede echarse su pestañazo ni tantito porque, si pestañea de más, capaz que ya no despierta. A mí me da un poco de mieditis la carretera por dos cosas. La primera, pasar por la Cañada del Zopilote, onde no hay señal de celular, y que nos salgan los malosos. No nos vayan a bajar las maletas, los celulares, carteras, licencia pa manejar, tarjetas de viejitos y cuanta cosa sabe trayer uno áhi. O que se lleven mi Forcito que ´bía quedado al centavo con la afinación. Anque, lo más pior de todo, le causarían un sustazo a mi Puchunga. ¡Dios nos libre! La otra es que nos agarre un aguacero en el camino. Cuando llueve se mira bien poco, más si se empaña el parabrisas. Se hacen charcos onde pueden patinar las llantas y, pa’ rematar, siempre ´stá el peligro de que haiga redumbes, nos tópemos con una piedrota atravesada en la carretera o, pior tantito, que se nos venga el cerro encima. Pero, siempre que salimos jueras, primero nos persinamos y le pedimos a Dios que nos lleve con bien y nos traiga con bien. No les dije pero, cuando lo llevé al taller de Don Rodolfo, le cambió los limpiadores que ya taban bien resecos, asina que, por ese lado ya no me preocuparía pa que no nos pasara cuando nos cayó un agual en la carretera y, por tan resecos, los limpiadores no limpaban y al contrario taban rayando el cristal del parabrisas. Esa vez, yo con una camiseta mía y ella con una de sus blusas, íbamos limpiandolo por dentro y por fuera, estirándonos lo más que podíamos, sacando la cabeza, empapándonos y l´agua metiéndose pa´dentro por llevar los vigrios abajo. Y ni modos de orillarse a orilla porque no sabes si viene otro atrás más ciego que uno y nos pasa a tráir. ¡Ah que cosas! Por eso or sí me aprevine. Una cosa que me llamó la atención esa mañana que nos juimos pa´Acapulco jue que por ratos pasaban en sentido contrario muchos coches y camiones y luego, no pasaba ni uno y luego otra vez la pasadera. La razón taba más adelante: dándo vuelta a una curva encontramos una fila como se 10 entre coches y camiones, todos parados por indicación de un señor que hacía señales con una banderita naranjada. Puse mis luces intermitentes pa´prevenir a los que venían atrás y no nos jueran a dar un llegue. Como 10 minutos estuvimos parados esperando que nos dieran el paso. A partir de áhi nos juimos más despacio, había tierra suelta, polvo y hartas gentes trabajando, unos a puro pulmón y otros con máquinas. Había partes en que taba la porvareda y las gentes trabajando sin ni tan siquiera un cubrebocas. A la mejor por eso en algunas partes que nomás había un carril pa transitar, del otro lado, iba trepado un julano en un camión pipa, a vuelta de rueda, regando el camino por onde íbamos pasando, cuando no tocó pasar por áhi me esperé a que apuntara su manguera pa´otro lado y nos mojara. Él iba moviendo su manguera pa´un lado y pal ótro yo, me detuve y todos atrás de mi se tuvieron que detener tambor. Como el julano seguía echando el chorro en el camino onde ibamos a pasar, no avancé. Las gentes de atrás empezaron a sonar sus clátsones pa´que avanzara y yo, le hacia señas con mi cabeza que echara el chorro pa´otro lado mientras pasábamos. Me tuvo que hacer caso y asina nos libramos del baño. Con la tierra del camino y con l´agua iba a quedar bien cenizo mi Forcito. Había partes de la carretera que taba bien bonita, ni un bache, parejita, ancha como pa darse vuelo pisándole el acelerador. Jueron cuatro veces que n os paramos. En una de esas, apenas nos dieron el paso, un tatsi y dos camionetas que taban hasta atrás, rebasaron por la izquierda y se metieron hasta la fila de alelante. Cuando miré que otros taban haciendo lo mismo, que me abro y les tapé el pasó, asina ya no nos rebasaron pero pensé: –“pinches gentes, abusivos, no respetan. No sé que tanta pinche prisa llevan”. Ya teníamos el sol de frente cuando llegamos a Zumpango, onde empieza el doble carril de ida y vuelta. Áhi sí le empecé a meter la pata porque, cual más, iba arriba de 90, hasta los camionzotes iban recio. Le sumí al acelerador y llegué a 120 por hora, quería llegar a Chipacingo lo más rápido posible. A pesar de que jui a hacer del uno antes de salir, ya llevaba mi vejiga tan llena, pero tan llena, que me desabroché el cinturón, abrí el cierre de la bragueta y con eso aguaté un poquito más. Nos metimos a la primera gasolinera que ´stá entrando a la ciudá. Estacioné mi Forcito y me salí lo más aprisa que pude con una moneda de 10 varos. Mero cuando iba llegando al baño, ¡válgame Dios!, se empezaron a formar como quince gentes que se acababan de bajar de un camión turístico. Cad´uno iba metiendo sus monedas, en veces esperando cambio pues cobran ocho varos. Casi todas y todos eran mayores de edá y seguramente tambor les andaba, pero a mí … más… ¡muchísimo más! Apretando las dorrillas, medio doblado, caminando a pasitos cortitos, sin despegar una dorrilla de la otra, porque sentía que si las abría tantito se me salía el chisguete, me les adelanté como pude y, casi suplicándoles, les dije: —¡Dispénsenmen por favor! Déjenmen pasar tantito porque ya me casi me meo. No sé si me vieron la cara de sufrimiento o lo retorcido que iba, pero sí me dieron chance. Eché mi moneda y no me esperé a que cayera el cambio. Entré casi de ladito, caminando igual pero más aprisa hasta el mingitorio y… ¡apenitas alcancé a llegar! ¡Híjoles! ¡Qué cosa más sabrosa es hacer pipí cuando tas sintiendo que casi se te revienta la vejiga! Y… ándales, ya me volví a colgar, áhi pa l´ótra les sigo paticando. Gracio tas.
