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Ciudad de México, Abril 28.- México cuenta con más de 11 mil kilómetros de litorales, sin embargo, el pescado y los mariscos son un alimento marginal en la dieta nacional. El consumo anual per cápita se ubica entre 12 y 13 kilogramos por persona, por debajo del promedio mundial de 20.2 kilogramos, señaló Miriam Bertran Vilà, investigadora de la Red de Investigación Latinoamericana sobre Alimentación (ILAR) y profesora de la UAM-Xochimilco.
Durante la conferencia “Gestionar el futuro de la alimentación desde el mar: pescado y pescadores en Sonora”, organizada por el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la UNAM, la especialista explicó que, aunque desde la década de 1940 se ha intentado impulsar el consumo de productos del mar, las zonas pesqueras se han convertido en espacios marcados por el riesgo y la incertidumbre.
Indicó que, pese a esfuerzos como la difusión de recetarios y manuales, el consumo no ha logrado consolidarse en el país. La cultura gastronómica vinculada a estos productos permanece concentrada en regiones costeras, mientras que en el interior su presencia es limitada debido a barreras geográficas, logísticas y culturales, que van desde el traslado del producto hasta temas asociados a su olor.
En contraste, dijo, el consumo de carne triplica al de pescado en los hogares mexicanos, en promedio, los platillos preparados en casa con pescado se consumen apenas 0.9 veces por semana, frente a 3.2 ocasiones en el caso de la carne. Esta brecha, subrayó, tiene implicaciones no sólo nutricionales, sino también para la seguridad alimentaria y la diversificación de fuentes de proteína.
La investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco, advirtió que detrás de estas cifras existe una realidad compleja en las comunidades pesqueras. En localidades del noroeste, cercanas a Hermosillo, Sonora, la actividad enfrenta múltiples presiones: desde proyectos energéticos, como la instalación de gasoductos, hasta la competencia desigual con embarcaciones industriales y la incidencia del crimen organizado, que impacta los precios y las ganancias.
Como parte de su investigación en el poblado sonorense de El Choyudo, Bertran Vilà identificó tensiones estructurales en la organización del trabajo pesquero. Entre ellas, declarar vedas, como ocurre con especies como el camarón, el caracol o la mantarraya, lo que coloca en desventaja a los pequeños pescadores frente a quienes operan con grandes embarcaciones.
“Las vedas son imposiciones gubernamentales y no se cumplen, además están los permisos, por ejemplo, para camarón no hay, existen muchas relaciones entre el gobierno, los pescadores y las autoridades de seguridad que vigilan el cumplimiento de dichas medidas… están como ubers pepenando, brincándose y negociando con la Guardia Nacional y otros agentes que se aprovechan de ello”, detalló.
Asimismo, comentó que la regulación enfrenta problemas de cumplimiento y coordinación institucional, lo que genera prácticas irregulares y relaciones complejas entre autoridades y actores del sector.
A esta situación se suma la disputa constante por los recursos, en un contexto donde cooperativas y pescadores independientes compiten por un mar cada vez más presionado, lo que incrementa la tensión con las autoridades.
Pese a ello, agregó que la pesca continúa siendo una actividad sustentada en relaciones de confianza y conocimiento comunitario. No obstante, uno de sus principales retos es el relevo generacional: muchos pescadores buscan que sus hijos estudien y abandonen la actividad, aunque procuran que al menos uno continúe con la tradición.
En términos ambientales y económicos, expuso que la incertidumbre también se ha intensificado porque los pescadores reportan ciclos naturales menos predecibles y variaciones en la disponibilidad de recursos, lo que repercute directamente en sus ingresos. Frente a este panorama, el sector comienza a apostar por la diversificación, incluso algunas comunidades exploran el turismo como alternativa económica, sin abandonar la pesca; sin embargo, esta transición implica nuevos desafíos, como capacitación, inversión y adaptación a mercados desconocidos.
“No están pensando en dejar la pesca, pero dicen que esta actividad necesita un plan B. Lo que ellos plantean es explorar nuevos campos, las maneras de relacionarse con los programas gubernamentales, emprender en cooperativas; están apostando su economía hacia la diversificación, y calculan lo que pueda pasar en un futuro”, aseveró.
Finalmente, la investigadora destacó que México cuenta con capacidad para responder a una mayor demanda de productos del mar, aunque persiste una paradoja: gran parte de lo que se consume es importado, mientras que una proporción significativa de la producción nacional se exporta.
La conferencia fue coordinada por Ayari Pasquier, del CEIICH, en el marco del ciclo de la Red de Investigación Latinoamericana sobre Alimentación.
