Servicios AINI
Ciudad de México, Octubre 27.- Es común el dicho que, cuando vemos un colibrí y acabamos de experimentar la muerte de un ser querido, pensamos que dicha persona nos visita en forma de ave. Pero, ¿alguna vez te has preguntado por qué el colibrí se asocia con la muerte?
En la cultura popular de México y de buena parte de América Latina, ese instante se vive en forma de lágrimas y un “viniste a verme”; el colibrí se ha consolidado en el imaginario colectivo como el cartero del inframundo, el diplomático alado de las dimensiones invisibles y el vehículo que eligen las almas para recordarnos que la muerte no borra el amor, solo le cambia de sintonía.
Esta creencia arraigada entre los mexicanos de que el colibrí representa la visita de seres queridos después de la muerte tiene su origen en las civilizaciones originarias de Mesoamérica, enriquecido por leyendas sudamericanas y consolidado por el duelo humano, un proceso universal donde la memoria busca consuelo en la naturaleza.
El origen mexica relacionado con Huitzilopochtli
El dios tutelar de los mexicas, la deidad suprema de la guerra, el fuego y el sol matutino, lleva su nombre grabado con plumas: Huitzilopochtli, traducido comúnmente como «Colibrí Zurdo» o «Colibrí del Sur».
Cuenta la cosmogonía nahua que la diosa madre Coatlicue quedó embarazada de Huitzilopochtli en el cerro de Coatepec tras guardar en su seno una esfera de plumas finas que cayó del cielo.
El dios nació armado y listo para defender a su madre, consagrando al colibrí como el máximo emblema de la valentía, el arrojo sin miedo a la muerte y la fuerza vital que mueve al cosmos.
De acuerdo con la UNAM, Huitzilopochtli decía que los colibríes son los guerreros fallecidos en batalla; mensajeros de buenos deseos, atraen el amor y la buena suerte.
Además, en la visión mexica del cosmos, los hombres que morían en el campo de batalla y las mujeres que fallecían durante el parto tenían un destino privilegiado llamado Tonatiuhichan o la Casa del Sol.
Durante cuatro años, estas almas valientes tenían el honor sagrado de escoltar al Sol en su recorrido por el firmamento; cuando terminaba el periodo, las almas de los guerreros se despojaban de su peso terrenal y se metamorfoseaban en aves de plumaje iridiscente, principalmente colibríes y mariposas.
Transformados en colibríes, recibían permiso divino para descender a la Tierra y alimentarse del néctar de las flores, visitando ocasionalmente los huertos y patios de sus familias como emisarios de honor y renovación.
La leyenda maya de Dzunu’um o Ts’unu’um
El pueblo maya le puso el nombre de dzunu’um o ts’unu’um a los colibríes, los cuales tenían como tarea transportar los deseos, las plegarias y los pensamientos de un lugar a otro.
El ts’unu’um era tan hermoso y sus plumas reflejaban de tal manera los colores del sol y de la lluvia que los hombres quedaron embelesados. Muchos intentaron cazarlo con redes finas o trampas de ramas para arrancarle el plumaje y lucirlo como adorno.
Al ver esto, los dioses intervinieron con severidad: decretaron que aquel humano que osara atrapar a un colibrí o enjaularlo sería castigado con la desgracia inmediata y la muerte espiritual.
Desde entonces, la creencia maya sostiene que si un colibrí cruza tu camino y se queda mirándote, es porque alguien está enviándote un buen deseo o un pensamiento de amor desde la distancia.
El consuelo del duelo en los colibríes
El psiquiatra Carl Gustav Jung acuñó el término “sincronicidad” para describir aquellos eventos que, sin tener una conexión causal evidente, coinciden en el tiempo y adquieren un significado simbólico para quien los experimenta.
Perder a un ser querido deja un cráter emocional; cuando en medio de ese silencio aparece un ser tan extraordinario y veloz como un colibrí, que decide detenerse justo frente a nosotros, nuestro aparato psíquico experimenta un destello de consuelo.
No importa si la ciencia califica el encuentro como un evento fortuito; para el corazón doliente, ese segundo representa una tregua contra la angustia.
El colibrí funciona como un bálsamo porque combina cualidades que asociamos con la pureza, como la ligereza, la belleza y una brevedad en el encuentro, lo que refuerza la idea de una visita fugaz desde otra dimensión.
La próxima vez que te encuentres un colibrí frente a ti, no hace falta que busques una explicación lógica; quizás sea solo un pájaro en busca de alimento alimentar o, como creían nuestros ancestros, sea ese familiar te visitó después de la muerte para recordarte que quien se va con amor, nunca se marcha del todo.
