Carlos Martínez Loza


Iguala, Guerrero, Marzo 7.- Boris Vian francesamente escribió un cuento sobre un lobo que se convertía en humano a causa de la mordedura cruel de otro humano: Etienne Pample, el Mago del Siam. El lobo, de nombre Denis, sufría de antropolicandria por aquella tenaz mordedura: en noches de luna absoluta se transformaba en humano.


Noventa años atrás de la aparición de ese cuento, en el México recién independizado, apareció en Oaxaca hacia 1828 el primer código civil del país. En el libro primero, de las personas, artículo 16, se lee una de las declaraciones legales más asombrosas y desconcertantes en la historia del derecho mexicano:
“Los seres animados nacidos de muger (sic); pero sin forma ni figura humanas, no tienen ni derechos de familia, ni derechos civiles. Pero mientras que viven estos monstruos, deben ser nutridos y conservados en cuanto sea posible por aquellos que tendrán obligación de mantenerlos si hubiesen nacido con figura humana.”


El estupor se despliega hasta el horror al terminar la lectura de este extraño artículo. Que la ley civil contemple el nacimiento de “humanos-monstruos” y por lo tanto la anulación de sus derechos de familia y civiles es un caso que ni siquiera imaginó la bizarra literatura de Boris Vian. Estos días se discurre seria o lúdicamente de la theriantropia (del inglés ‘therianthropy’), palabra ahijada del griego antiguo ‘therian’, bestia o animal salvaje, y ‘ánthropos’, humano. Ciertamente, su discusión no es un tópico que nos haga frutecer pensamientos gustosos y que nos vinculen a una honda polémica. Pero sí como oportunidad para pensar en ciertos pasajes de la literatura y el derecho que por su naturaleza sorprendente inflaman la urgencia imaginativa.

La obra más clásica de Augusto Monterroso es un corto relato grabado ya en la memoria literaria de las naciones latinoamericanas: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.” Mil y una interpretaciones pueden ensayarse en torno al texto del escritor guatemalteco en cualquier aula de hermenéutica literaria. Por su parte, Franz Kafka en 1915 planeó un relato sobre alienación, insatisfacción y deshumanización laboral en el que un hombre, Gregorio Samsa, despierta una mañana convertido en un monstruo insecto; perturbado, se pregunta a sí mismo “¿Qué me ha ocurrido?”


La desesperación del personaje de Kafka es en el fondo un eco del salmo bíblico número veintidos: “Mas yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo.” Los teólogos han querido interpretar esa prosa como un lamento por la injusticia padecida en la cruz, el abandono, el desprecio, la humillación del amor por la animalidad violenta. Solo nos une lo humano.


*Carlos Martínez Loza. Es profesor de oratoria, retórica y derecho y literatura en la Facultad de Derecho de la UNAM.