Flores nocturnas
Por: José I. Delgado Bahena
Octavio Paz dijo que la poesía es el antídoto del lugar común, de la palabra domesticada; y con esto nos lleva a reflexionar sobre la importancia de esta forma de comunicar nuestros sentimientos y nuestras emociones más íntimas para reconstruir nuestro mundo, el interno y el externo, a través del lenguaje, de la palabra y de los silencios, de los recursos que el poeta emplea para compartirnos su visión de lo cotidiano, de lo que ocurre entre su mente y su mano, entre el sueño y la podredumbre de estar vivo.
Siempre que un poeta emerge sobre las vicisitudes de cada día, hay que reconocer que la palabra aún vibra, que no pasa desapercibido el dolor, el amor, la nostalgia, la melancolía, la injusticia, la identidad. Por eso, al leer a José Carlos, el poeta que ahora nos ofrece su poemario “Flores nocturnas”, con cinco apartados en los que ha tratado de concentrar, por temas, su voz interna con la que abre su pecho y nos dice: aquí estoy, este soy, esta es mi historia.
Deseo, Duelo, Muerte, Existencia y Extravío, son los temas en los que ineludiblemente, correlaciona el que, al parecer, hizo a un lado: el amor. Y digo “al parecer” porque, ¿quién podría pensar que en algún momento, el amor queda excluido de nuestras vidas? Por amor se mata, por amor se muere, por amor se vive, el amor nos duele y por amor nos entregamos en el deseo carnal sin reservas ni límites. Sin embargo, en la resistencia o quizá la resiliencia en el tema del amor, dice: “Me condené a no amarte”, y reconoce: “Pero aún estás en mis tristezas, en mis llagas, en la historia sin contar, en los besos con tu nombre”, entonces remata: “no he abandonado la posibilidad de que tu futuro tenga un espacio junto al mío”.
Algo de su poesía la he leído antes de este libro. Aunque tal vez debo decir: algo de José Carlos ya he conocido por medio de los poemas que hemos compartido en la columna del Diario 21 “Reacción Poética”. Desde entonces, en sus versos, escuché el grito de su alma errante, a veces, y solidaria en otras ocasiones, donde ha impregnado cada palabra del silencio supremo que le da su sensibilidad.
“Los ánimos me sacuden/ buscando a la suerte que un día me abandonó,/ la monotonía me sigue como sombra”, nos dice en uno de los textos y remata, el mismo poema: “Mi guitarra es mi bandera,/ mi refugio/ y mi condena.”
¿Por qué el hombre, el ser humano, decide que lo mismo que le da cobijo le destruye?
Por supuesto, la poesía, más que explicarla, hay que sentirla, vivirla, porque también es refugio y condena, como en el caso de José Carlos.
¿Por qué “Flores nocturnas” para el título del poemario? Quizá sea un cuestionamiento que Carlos deberá responder, si quiere, porque, como dije; la poesía no se explica; queda a libertad del lector su interpretación y hacer suya la sensibilidad del autor; porque, como en el caso de nuestro poeta, él ya cumplió al deshojar sus flores en la oscuridad del pensamiento y en la claridad de sus lamentos.
He tenido la oportunidad de convivir en algunas ocasiones con nuestro poeta y desde entonces, tal vez por mi costumbre de observar y de analizar a las personas, para verlas como personajes de futuras historias, advertí en su mirada apagada, llorosa, distante a veces, que en su corazón vibraba el deseo de darse a través de sus palabras.
Más de cuarenta poemas con un vocabulario diáfano que, con los recursos que la literatura le provee y, seguramente, bajo el escrutinio de un mentor que le guio en la elaboración, preparación y edición de su poemario, José Carlos Castañeda, originario de Iguala de la Independencia, quien, además, es egresado de la facultad de Ingeniería Civil por el Instituto Tecnológico de México, y ha realizado múltiples obras de ingeniería y construcción en las que destaca su creatividad e imaginación, agregando una visión armónica de los espacios en proyectos arquitectónicos, ahora nos entrega, como escritor entusiasta, estos poemas con el persistente valor de la sensibilidad y la cruda realidad, en los que explora las diversas facetas de la vida, seguramente por la necesidad de externar, en ellos, el peso de los sentimientos y encontrar, así, el alivio, la permanencia y la perpetuidad.
