Una historia viva

Por: José I. Delgado Bahena

En el camino de la literatura, de los textos libres y los corazones abiertos, me he encontrado con bálsamos que aligeran mi transitar y me ayudan a sobrellevar los costales de sinsabores y de desventuras. Por supuesto, me refiero a las personas que, por el interés en el arte de la palabra, hemos construido una forma de relacionarnos sin importar la edad, la posición económica, la formación profesional, el estado civil, etc.

De entre tantos, podría nombrar a maestros, estudiantes, músicos, desde luego: escritores y poetas, que me han brindado su confianza, su respeto y, sobre todo, su amistad.


Pero hoy, con gran orgullo, quiero mencionar a un joven que teniendo él apenas dieciocho años de existencia, se acercó a mí, primero por Messenger, para que le publicara sus poemas en mi columna “Reacción Poética”, de este mismo Diario, y después, cuando nos conocimos en persona, se dio un clic de empatía que nos ha llevado a estar unidos en proyectos y en situaciones personales que van más allá de una simple amistad.

Estoy hablando de mi amigo Bony Chávez, con su nombre como le gusta usarlo en estas referencias literarias que nos han mantenido juntos a lo largo ya de siete años, cumplidos apenas este jueves, siete de mayo.


Él, Bony, radica en Tepecoacuilco de Trujano, aunque su acta de nacimiento diga que nació en Iguala, y se considera tepecoacuilquense, ama a su pueblo y ahí desarrolla textos que le han hecho rescatar las creencias, costumbres y tradiciones que le han inspirado para publicar ya algunos libros. Es un gran lector y su habilidad como narrador y poeta me hacen sentir respeto por su inventiva y su manejo del lenguaje coloquial y el formal.


Pero, bueno, aunque, sin duda, su literatura, que partió con la publicación de “La mala hora”, es digna de ser leída y, por supuesto, difundida en cualquier ámbito, en esta columna quiero hablar más del amigo, de la persona, que del escritor.


Mi joven amigo es hijo de los señores Jaime Chávez y Esperanza Armenta, a quienes tuve el gusto de conocer, pero con mi mala fortuna de haberlos tratado solo en pocas ocasiones, más a doña Pera que a don Jaime quien, lamentablemente, nos dejó hace cuatro años y solo en algunas ocasiones cruzamos palabras; que, claro, fueron suficientes para reconocer en él a un hombre amable, afectuoso y amante de su familia, a tal grado que la última vez que hablamos me dijo: “Profe, le encargo a Bony, no me lo deje solo”, tal vez porque él presentía su partida, ya que, en un par de meses después, falleció.

Desde luego, atendiendo a la petición de su papá, pero más por el cariño que siento por Bony, hemos estado juntos en proyectos de lectura y en las situaciones dolorosas por la pérdida de sus señores padres. Él recurre a mí siempre que está terminando de escribir algún libro y antes de publicarlo me pide que le dé mi opinión y le haga las observaciones pertinentes. Pero tal vez él no se da cuenta de que con esas acciones me enseña y me refresca las ideas sobre temas que nos son comunes, pero que él les da un manejo natural y enriquecedor.


Quizá ese es el pretexto: la literatura. No sé. Pero, por la diferencia de edad, más de cuarenta años, de pronto siento que soy un viejo joven, o que él es un joven viejo. Ja. Lo digo porque hemos hallado muchas formas de convivencia y de abordar diferentes temas, que no parece que haya tanta diferencia de edad. Solo por eso, nuestra historia es un relato vivo que escribimos día tras día, con proyectos, con anécdotas, con poesía, con esa forma de querernos, como él dice: con amor de amigos, que parece que nos conocemos desde hace veinticinco años (su edad). Pero además, con una confianza y un respeto que nos lleva a participar de las reuniones familiares tanto en su casa como en la mía.

Pues bien, con estas palabras quise agradecer a mi tocayo de sombrero por la armonía que me transmite cada vez que estamos juntos. Siento, en sus abrazos, la calidez de un ser humano que se da sin doblez, sin otro interés que el manifestar sus sentimientos sin pudor y con naturalidad. Yo lo quiero mucho. Y él me quiere. No lo dudo. Gracias, Bony Chávez, por estos siete años, tengo la esperanza de que se acumulen muchos más.