Por: Rafael Domínguez Rueda
El pasado 30 de junio cumplí 86 años de edad. Desde el domingo 28 de junio que me lo celebró espléndidamente mi familia hasta el 2 de julio que me lo festejaron con alborozo mis compañeros de trabajo, no dejé de recibir parabienes, abrazos y buenos deseos de amigos y conocidos.
Esto -para mí que soy una persona insignificante me hace sentir abrumado y sin saber cómo corresponder a tarta generosidad y atenciones. A estas alturas de mi vida yo no busco reconocimientos, ni espero nombramientos, ni necesito distinciones, pues, he recibido más de las que merezco. Más bien, trato de vivir en paz y poner en orden mis cosas, pues no quiero que un día descubra que no tengo más tiempo para terminar lo pendiente, lo que me hace evocar ese pasaje, cuando el general Alejandro Magno en la grandiosa Grecia, estaba muriendo. Sus hijos en derredor del lecho del dolor y de la angustia esperan la última voluntad y no falta naturalmente el Notario, pendiente de que dicte el testamento. El famoso Gral. helénico no tiene más que un legado: «Dejo a mis hijos -dijo-, dejo a mi patria simplemente el nombre de mis batallas».
Y he pensado insistentemente en este pasaje de la Historia Universal, porque si tuviera yo que dictar mi testamento en estos momentos, como tampoco cuento con bienes, diría, como el griego sublime, dejo al mundo el nombre de mis hijos; dejo a México la fama de mis amigos; dejo a Guerrero el talento y la voluntad de mis compañeros; dejo a Iguala el carácter y la virtud de mis conocidos, que si algo pude hacer en la existencia, tal vez fue despertar una inquietud por hacer algo por nuestra patria chica y, sobre todo, aprender mucho de todos.
Además -y de ello estoy orgulloso-, si pobre llegué a este mundo, pobre me voy a ir de él. La pobreza no es una loza pesada que se lleva sobre los hombros, ni una cadena que nos ate al destino, tampoco una reja que nos impida ir más allá. La pobreza nos enseña a esforzarnos para alcanzar lo que uno desea. Aprendí a no ambicionar cosas materiales; a no desear cosas ajenas, en pocas palabras no ser conformista… No percibiría, al menos yo la diferencia de clases sociales.
Hace años se nos educaba. Ahora, se medio enseña. Tengo muy presentes las palabras del Director: «Alumnos, no defraudes a vuestros padres, ellos esperan mucho de ustedes. No defraudéis a vuestros maestros, ellos pusieron en vuestra mente, semillas de fe y de lealtad: cumplid con vuestra Patria, hacedla grande, fuerte y respetable, cultivándose y haciendo lo más que pueden por ella. ¡Generación de jóvenes, os entregamos el futuro de México!»
Esta arenga me conmovió y trazó mi camino. Después de 76 años he cumplido: he honrado a mis padres; no le he fallado a mis maestros y no he escatimado refuerzos para engrandecer a mi patria.
Sin jactancia puedo demostrar que le di a México, más de lo que la Federación me pagó en emolumentos; le dí a Guerrero más de los salarios que el Gobierno me retribuyó en Acapulco ingresé más de lo que el Ayuntamiento me cubrió en remuneraciones y, por supuesto, a Iguala le he dado mucho más de lo que he recibido en sueldos. ¿Habrá alguien que pueda decir lo mismo? Todos me ven como una persona común y así me conduzco con reserva, pues nunca he sido pretensioso, exigente o un “creído”.
Todo esto lo confieso para agradecer a tanta gente, de Guerrero, de México, de España, de Italia por sus felicitaciones, lo que me hace sentir orgulloso, profundamente orgulloso de todos. Hemos vivido una vida de altibajos, de cumbres y de abismos, de auroras y de crepúsculos, una vida en un zig-zag de penas y dolores y en esta vida mi dulce, linda, comprensiva esposa lo sabe, no me han faltado ni el amor de nuestros hijos, ni tampoco el amor de los amigos.
En fin, tengo que decir que una gratitud enorme todavía estremece todo mi ser, porque mujeres y hombres de diferentes estratos sociales, distintas edades y lugares tan lejanos como con los que estoy codo a codo, en una y otra forma me hayan demostrado su afecto y también, debo manifestarlo, porque cuento con magníficos amigos míos, hombres y mujeres, jubilados y en activo, que han hecho de la política una especie de cátedra viva, de magisterio absoluto, que como dice el poeta: «hay aves que cruzan el pantano y no se manchan…» Tenía razón Jules Renard, cuando nos confiesa en su diario, que alguna vez lo eligieron alcalde del pueblo donde había nacido, y cuando los intelectuales de Francia le criticaban, porque siendo el maestro de la miniatura, poeta en prosa, biblioteca andante, había aceptado entrar a la política que era un quehacer sucio, innoble y maquiavélico, y Jules Renard contestó con estas sabias palabras: «La política es mala porque los hombres perversos se han adueñado de ella y los hombres buenos nos hemos cruzado de brazos.»
Yo me había hecho el propósito de ejercer mi profesión. Sin embargo, mi maestro de Auditoría me dijo lo mismo que Jules Renard y por eso durante 63 años he laborado en los tres niveles de gobierno.
Estoy convencido de que debemos hacer la política de los poetas, los soñadores, los filósofos, los hombres honrados; llevemos a la política el mensaje eterno del alma que es limpia, sonora y majestuosa como cada alma que tiene fé.
Yo, insignificante, humilde, quiero decirle a ustedes amigos -encerrada en ella- toda mi gratitud: ¡Hágase la amistad, para que la amistad, en estos años críticos, nos redima y nos salve!
