Por: Rafael Domínguez Rueda
La última semana de octubre y los días 1 y 2 de noviembre en nuestra desordenada Iguala se celebró el Día de Muertos. Y se celebró en familia, con marchas, desfiles y como se acostumbra con Ofrendas y Tumbas.
En casa, particularmente las familias católicas, con la devoción, el respeto y el vivo recuerdo que nuestros padres nos inculcaron, volvimos a revivir aquellas hermosas vivencias que cuando niños disfrutamos al calor de nuestro hogar, donde bien puesta y adornada la mesa, se colocaba la ofrenda a nuestros seres queridos que se nos adelantaron al más allá, consistente en pan de muerto, arroz con leche, fruta, tamales, panquecitos, así como los llamativos dulces de pipian que hacían las delicias de todos, al quitar la ofrenda.
Sobre el altar, simulando una pirámide en forma truncada, flanqueaban cirios y veladoras, flores de cempasúchil, el imperial terciopelo, la flor de nube, el humo aromático del copal que despedía el Sahumerio que anunciaba la tan esperada llegada de nuestros fieles difuntos a la estancia donde había sido su hogar; y así, entre el silencio y el recato debido, seguíamos las oraciones y plegarias en voz de nuestra madre y allí entre esa emoción y dicha que sentíamos por el reencuentro con nuestras raíces, dejábamos pasar las horas y el correr del tiempo.
También, había la costumbre de que en un lugar del patio, sobre una repisa, debíamos prender una veladora para «el ánima sola» y al escudriñar el recuerdo de esta «anima» nos familiarizábamos con la idea de que este etéreo personaje representaba las miles de almas que habiendo partido de este mundo, no tenían en la tierra a ningún familiar que ele vara un recuerdo. Por eso, esta ánima sola debe estar presente en el fervor de todos los que rendimos culto a los muertos.
El desfile y arranque del Festival de Día de Muertos organizado por el ayuntamiento de Iguala y celebrado el 23 de octubre, reunió a miles de personas en un ambiente de color y tradición. Se estima que la presenciaron más de 20 mil visitantes, hubo 35 carros alegóricos y desfilaron más de 5 mil personas, comparsas, caracterizaciones de catrinas. Además en el Zócalo de la ciudad se colocaron alebrijes monumentales que participaron en un Concurso, en el que se reconoció el esfuerzo, trabajo e imaginación de los participantes y que dieron alegría a nuestras tradiciones.
Asimismo, los días 23, 24 y 25 se montó una exposición de Tumbas y Ofrendas en el Zócalo que participaron en un Concurso. Con este evento, el ayuntamiento reafirma el compromiso de preservar las tradiciones del Día de Muertos y seguir fortaleciendo nuestra riqueza cultural e identidad cultural.
El sábado 31 de octubre se llevó a cabo una impresionante mega Rodada del Terror 2026, por las calles del Centro de la Ciudad La tarde-noche parecía que toda la cuidad se había dado cita en el Centro Histórico, donde desde bebés hasta adultos mayores caminaban con disfraz.
La celebración convoca a reunión familiar, social o amistosa. La costumbre popular juega con los recuerdos y la tristeza se transforma en rostros sonrientes a través de las calaveritas de azúcar que nos anuncian lo que un día seremos y de las calaveras literarias que nos advierten a los vivos con ironía y gracia, que algún día serán muertos con virtudes y defectos que sobresalen en los jocosos epigramas.
Obligada es la visita al cementerio donde los deudos se arrodillan alrededor de quienes físicamente ya no se encuentran en el concierto de los vivos y riegan con lágrimas la loza que cubre aquellos restos, o bien, se depositan las preciadas ofrendas. Dos actitudes que son finalmente, el sentimiento que se guarda por quien o quienes se encuentran ya en el más allá.
De acuerdo con la tradición, el día primero de noviembre de cada año, en Iguala, a partir de las ocho de la noche, familias enteras y grupos de amigos recorren las calles de la ciudad; son ríos de gente que, caminando unos y otros en coche van admirando las «tumbas» que se exhiben en los domicilios de las personas fallecidas durante los doce meses anteriores.
Representaciones, cuadros plásticos, de una escena con objetos y hasta personas que permanecen inmóviles y en silencio, que se arreglan tomando en cuenta uno de los tres temas: una estampa religiosa (el Calvario, la Resurrección, Impresión de las llagas…); el oficio o profesión a que se dedicó en vida el difunto (sastre, maestro, labriego); o el suceso o forma en que perdió la vida al que se recuerda (accidente automovilístico o de otra índole).
Es preciso puntualizar que las tres anteriores temáticas son locales, porque luego presentan altares de Huaquechula, adornos de Teloloapan o altares de 7 niveles; todo esto se aparta de lo peculiar de Iguala. Los temas son claros. El primero que pudiera resultar más complejo es el que más se presta para lucirse y lograr una «tumba viviente».
En Iguala, Guerrero, acostumbraban levantar las llamadas «tumbas vivientes», porque atrás o al lado de ataúdes, se colocaban fotos, ofrendas florales y había personas vestidos de «angelitos», «vírgenes», «judíos» o «Cristos», formando parte de las tumbas, las que se dedican a quienes fallecieron en el curso del año». Así, una agencia de Viajes Turísticos de la ciudad de México, a principios de la década de los sesentas promocionaba excursiones para visitar las «tumbas vivientes» de Iguala que, en nada se parecen a las ofrendas y altares.
Iguala es rico en tradiciones y costumbres, de ahí nuestro interés por preservarlas y preservarlas con su sentido original, con esas características que la hicieron peculiar, para que el ritmo de nuestra sociedad urbana y tecnificada no las deforme, no las sepulte nuestra memoria histórica.
No cejaremos en insistir que debemos cuidar la esencia de nuestra tradición del Día de Muertos que es única, colorida, llena de vida y llamativa. No perder de vista, primero el tema, enseguida los componentes y luego la originalidad, creatividad, escenografía. Para que esto sea posible hay que retomar el hilo de la tradición propia de Iguala, hay que revalorar el legado de «tumbas vivientes>> histórico nuestro, Sólo así valdrá la pena intentar enriquecer históricamente la cultura con obras nuestras, propias, que nos dan identidad.
Cuando los niños y los jóvenes entiendan y valoren la importancia de la preservación de esta tradición tan original y nuestra, sabrán también conservarla, promoverla y difundirla, como en esta ocasión lo estamos haciendo nosotros, pues en ella palpita y vibra el alma ancestral de nuestro pueblo, ahí se refleja el rostro auténtico de lo nuestro.
