La grandeza de sanar
Por: Rafael Domínguez Rueda
Recientemente volví a escapar de la muerte, gracias al Misterio que yo le doy el nombre de Dios y a mi ángel de la guarda que en esta ocasión encarnó Fernando Gómez.
Yo había pasado una mala noche, pues, cuando mucho había dormido unas cuatro horas. Eran las 7 y me resistía a levantarme. A las 8 me paré al baño, pero volví a la cama. A las 8.30 avisé que no iba al trabajo. Me quedaría dormido unos 40 minutos. De pronto, desperté agitado y desesperado. ¿A quién llamar? En casa no había nadie. Mi esposa y mis hijos se encontraban fuera de Iguala. Casualmente tenía el celular a un lado de mi almohada. Le marqué a Fernando. Al contestarme, sólo recuerdo que le dije: ¡Fernando, me estoy muriendo! ¿A dónde está? me respondió. En casa. En mi cama. Le dije.
Por suerte, Fernando se encontraba a unos 50 metros de mi casa y en ese momento llegó una señora que tiene llave de la casa. Eso propició que 5 minutos después de mi llamada llegara Fernando con tres compañeros. Me pidió que me incorporara. Le dije que no tenía fuerzas. Ellos me levantaron y vistieron. Al tocarme, lo primero que dijeron: «tiene fiebre». Me sacaron de la casa «de palomita”, es decir, me transportaron con el cuerpo en el aire y me subieron en el auto de Fernando, en el camino me desvanecí.
Después me comentaron que me llevaron a Urgencias del ISSSTE, donde me atendieron hasta tres médicos, pues había llegado con taquicardia. Estuve casi diez horas inconsciente. En ese lapso pude contestar a los doctores y entresueños darme cuenta que me cuidaba mi sobrina Luz Ma. Mi familia vivió momentos de profunda preocupación e incertidumbre, ya que pude hablar con ellos hasta las diez de la noche.
En el ISSSTE de Iguala no hay cardiólogo, tampoco en el de Acapulco. Gracias a las gestiones de mis hijos, sobre todo la del médico, me atendieron en el Centenario de Zapata.
Diez días estuve hospitalizado. Mi salud resultó delicada. Y mi recuperación va durar poco más de un mes. Sin duda, las oraciones de mi familia, primos, sobrinas, innumerables amigos y hasta conocidos, tuvieron eco y aquí sigo en este veleidoso paraíso terrenal.
Hemos venido al mundo para luchar, para ver si nos hacemos merecedores de la felicidad. La vida todo el tiempo nos va a colocar frente a situaciones de dolor. Nadie muere de dolor; con dolor se vive.
Así, a los ocho años aprendí a sufrir. Un dolor de cabeza me atormentaba a diario. Durante un año, mes a mes, mi padre me llevaba a la CDMX al Hospital Infantil y con los mejores pediatras. Fue un domingo, saliendo de misa de 9, no aguantaba el dolor, cuando mis padres me llevaron con el Dr. Vicente Jiménez. El me revisó de pies a cabeza y detectó un extraño «frijolito” en mi garganta. Con ese estudio me llevaron al Hospital Infantil, donde, después de revisarlo nos citaron a las 9 del día siguiente. Llegamos puntuales; pero, eran las 12 y no nos recibían. Providencialmente apareció el Dr. Daniel Roldán y mi padre lo abordó. Entró al conclave y después de una hora salió. Nos citó para el otro día en su consultorio de la Col. Roma. Ahí me operó y me extrajo una rebaba de metal que tenía incrustada en el cuello. Y que ningún cirujano se atrevía a realizar.
En 1979, estando en Tepalcingo, Mor., un jueves, me acababa de acostar cuando un dolor intenso en el estómago me despertó. Mi compadre Pedro, a la media noche me llevó a Jantetelco, donde vivía el único médico de la región. Me dio pastillas que me calmaron el dolor. Al otro día, a las 11, pedí permiso porque persistía el dolor. Llegué a Iguala directo con el doctor. Me recetó y me puso en ayunas.
El sábado sequía igual. Le comenté a mi compadre Guadalupe García Franco él como a las 2, llegó con 3 médicos. Los 3 diferían en el diagnóstico, pero coincidieron en la receta. La enfermera, a las 4, me canalizó los medicamentos. Pero, apenas se había retirado, me convulsioné y mis extremidades flotaban. Uno de mis hijos se asustó y corrió a decirle a su mamá. Todavía no se había ido la enfermera y me desconectó. A las 7 llegaron 5 médicos, me trasladaron a unos laboratorios, pero los resultados no arrojaban nada. Me hospitalizaron en la Clínica Mondragón, donde pasé el domingo intranquilo. Como el lunes amanecí igual, mi esposa, don Lupe y un médico acordaron que la única solución era el hospital «20 de Noviembre». Mi compadre Lupe facilitó la ambulancia de la Cruz Roja. Alfredo Real la manejó haciendo 2:30 hrs. de Iguala al Hospital. A decir del cirujano me salvé de milagro y gracias a una aspiradora que había llegado 8 díasantes. Me acompañó mi esposa. No me querían recibir en el Hospital.
He tenido otras cuatro cirugías. No menos complicadas que las descritas, pero, por algo, aquí sigo.
En este país hablamos poco de los médicos que no están pendientes de un horario, que pasan noches enteras de guardia, que toman decisiones bajo presión, que explican malas noticias con prudencia y buenas noticias con mesura.
La medicina cuyo objetivo es no sólo conservar y restaurar la salud, así como prevenir y curar las enfermedades del ser humano, sino, sobre todo sanar al enfermo, aunque no siempre se puede; sin embargo, el médico siempre trata de aliviar, de consolar, de orientar, de recuperar la salud.
Por eso, en esta ocasión, quiero agradecer a través de estas líneas, a las personas que me auxiliaron en este trance, al grupo de enfermeras, tanto de la clínica del ISSSTE de Iguala, como de las del hospital Bicentenario de Emiliano Zapata, pero, sobre todo a los médicos que me atendieron con una entrega que jamás olvidaré.
Ellos hicieron mucho más que atender mi salud, pues me salvaron de un colapso, me dieron cuidado, atención, servicio y muestras de afecto.
Algún día, todos necesitamos de otros. Y cuando esos otros son médicos profesionales, capaces, generosos y humanos, uno sabe que la gratitud no es un gesto menor, sino una obligación moral.
Por eso escribo estas líneas, para agradecer, para reconocer, para decir, con toda propiedad, que los médicos que honran su profesión son indispensables para este país. Son guardianes de la salud, de la vida, pero también de la dignidad.
Mi profunda gratitud para el Dr. Raúl Navarrete Gaona por su invaluable disposición no sólo para atenderme, sino sobre todo por la exitosa intervención quirúrgica Dr. Mauro García Castro, dr. Arturo Mancilla Pérez, dra. Palacios, entre otros médicos más.
Al Dr. Héctor Manuel Domínguez Velasco, médico de la familia, quien no ha escatimado tiempo ni influencias para ponernos en manos de los mejores facultativos.
Así como al personal de enfermería, mi agradecimiento profundo. Mi reconocimiento y aprecio a Fernando Gómez y compañeros; de la misma manera que a mi hermano y su familia, primos, amigos, compañeros y personas que me conocen por sus oraciones.
A todos gracias, por su talento, por su preocupación, por su entrega y por su humanidad. Gracias por cuidar mi vida y por cuidar también el corazón de mi familia.
