Por: Rafael Domínguez Rueda
Malos tiempos vivimos. Y otros peores aún vendrán. Dirán que me he revestido de sombríos pensamientos, llenos de vaticinios ominosos. Les aseguro que no movió mi pluma el hecho de que hoy que escribo es martes, día considerado de mal fario. Pero no nada más este inane escribidor vive preocupado.
Ante tanta rapacidad, arbitrariedad, ineficiencia, mentira, corrupción, impunidad que vivimos y nos enteramos a diario, un amigo de Morelos me preguntaba: «Maestro, y ¿qué se puede hacer? Protestar es como un grito en el desierto.” Un intelectual igualteco escribió: «Hay que confiar en que la virgencita de Guadalupe nos va hacer el milagro de que cambien las cosas». Un amigo de juventud comentaba: «México está débil y vulnerable y va a estar sumiso a la potencia vecina con tal de que avance la dictadura. A la presidenta le interesa quedar bien con AMLO. Tiene ojos y no ve; tiene oídos y no escucha. Es necia y sin sabiduría”.
Y uno de mis contadísimos amigos de la infancia me decía: «Rafita hay que tener fe de que las próximas autoridades cambien todo”. Eso es como, a esta edad, creer en los Santos Reyes.
La verdad es que la sociedad sólo observa los problemas como si estuviera en el cine y no se involucra en las soluciones. Los jóvenes sólo están preocupados por lo más reciente de la tecnología y la ropa de marca.
Tanto los padres de familia como los maestros deben inculcar los principios y valores en los niños y jóvenes para construir nuevos modelos, donde todos tengan participación y se involucren. Yo fui maestro de Geografía y a los alumnos de tercer grado, precisamente les impartía la materia de Problemas de México. Y no sólo para conocerlos, sino para avocarnos a darles solución. Por ahí, entre mi biblioteca, hay un ejemplar del texto que implementé para los alumnos del instituto de Capacitación del Magisterio.
La democracia representativa ya está agotada, por lo que se debe terminar con ella, pues está demostrado que ya no funciona al ser selectiva y excluyente.
Peor tantito, la gente se ha vuelto dependiente del gobierno con los programas sociales que se convirtieron en clientelares, encauzados a través de los modelos de la economía, basados en el capitalismo que excluye y no construye una economía comunitaria donde los productores tengan ganancias y no los acaparadores que al revender se llevan las mayores ganancias.
El cambio de sistema de democracia representativa a la toma de decisiones de las bases, involucraría más a la sociedad en los problemas del país, porque las decisiones recaerían en todos y no sólo en unos cuántos que son siempre los mismos que han encontrado su minita en los corrompidos partidos políticos.
El brillante humanista y escritor estadounidense Mark Twain, fue un maestro en decir verdades, Una de sus frases que sigue estando vigente más de un siglo después, a nivel mundial, nos da la clave de lo que estamos viviendo:
«La política es la única profesión en la que se puede mentir, engañar y robar, y aun así ser respetado.
Piénsalo un momento, en cualquier otro trabajo si mientes te despiden, si robas vas a la cárcel, si engañas pierdes tu reputación, pero en la política es diferente, prometen y no cumplen, nadie los despide, roban recursos públicos, siguen en el poder, mienten en cámaras, y al día siguiente siguen dando discursos como si nada hubiera pasado».
Y nosotros seguimos creyendo, seguimos esperando que el próximo sea diferente, seguimos votando aunque en la elección pasada le hayamos negado el voto.
Twain no estaba exagerando, estaba describiendo un sistema que normalizó la deshonestidad, entronizó la desvergüenza, porque aparte del daño que causan, todavía van por la vida haciéndose inocentes; los políticos, por lo general, pierden la dignidad, el criterio, el honor y la vergüenza, con tal de tener poder y enriquecerse.
Un sistema donde las promesas rotas son parte del juego, donde la mentira es una herramienta que vale más que la verdad, donde el político corrupto tiene más respeto que el ciudadano honesto que apenas sobrevive.
La pregunta no es por qué mienten, la pregunta es por qué seguimos permitiéndolo, por qué aceptamos como normal lo que en cualquier otra profesión sería imperdonable.
Sin la menor duda, creo que Twain escribió esa frase no para reinos, ni para conformarnos con una práctica que cada día se vuelve más escandalosa, sino para que despertemos, para que no sigamos cruzados de brazos, para que no nada más nos pasemos lamentando, porque mientras sigamos respetando, adulando a quienes no merecen respeto, nada va a cambiar.
Para quitar este mal sabor de boca, ascendamos a vivencias más agradables. La semana pasada se cumplieron 3 años de que a Charlotte la sepultamos. Y resulta que antenoche soñé otra vez contigo, amada perra mía.
Fíjate bien que escribí: «soné otra vez contigo”, y no “te soñé” .Es que estoy convencido que cuando yo te sueño tú también me sueñas. Tanto nos quisimos que, estoy seguro, nos soñamos a la vez los dos.
Soñé que íbamos por el campo donde los girasoles nacen con la primavera. Nos daban la espalda esas solares flores, pues volvían el rostro a donde sale el Sol y nosotros caminábamos hacia él. De pronto surgió el astro, radioso, atrás del picacho del Titicuítlzin Tú Charlotte, te detuviste al verlo y luego —cosa que me dejó asombrado— meneaste la cola, que es la forma en que perros sonríen.
Pensé que te alegrabas por la vida, por la luz de la mañana, por las flores. Pensé también que te alegrabas por mí, tu compañero en el camino. Vimos a los girasoles, ellos nos miraron. Y todos fuimos uno: las flores, el Sol, la mañana, tú y yo.
Suéñame, Charlotte, igual que yo te sueño. Vivimos cuando soñamos. Y soñamos cuando vivimos
