Mi Patria es mi biblioteca
Por: Rafael Domínguez Rueda
Mi casa, mi centro de trabajo, mi lugar de vida de la mayor parte de mi existencia ha sido la histórica ciudad de Iguala de la Independencia. No sólo me cabe el orgullo de que es la Cuna de este hermoso país llamado México, del Ejercito mexicano, de la Bandera nacional, del estado de Guerrero, entre otros timbres de honor, sino que también para mí, y con todo mi cariño para Cuernavaca, Acapulco y Chilpancingo que me han hecho dichoso, la ciudad de Los Tamarindos es mi hábitat. Son más de tres cuartos de mi vida.
Así es que si el Creador no dispone otra cosa yo permaneceré en Iguala. A mis años ¿adónde podría ir? Ya no puedo dejar el sitio donde duermen el sueño de la paz mis padres, mis abuelos, Robertito y todos los que en mí siguen viviendo.
A mis 85 años cumplidos y, sobre todo, bien vividos, mi Patria es el pequeño rincón en el que habito con mis más de diez mil libros, acompañado de otros tantos maestros de todas las épocas que están prestos a seguirme nutriendo de conocimiento.
Ah, y mi esposa y uno de mis hijos con los que comparto casa; el cafecito con que empiezo el día para desperezarme; el desayuno de los domingos en el restaurant «Los Agaves”, donde no solo estoy al pie de la Bandera monumental, sino respiro aire puro, admiro el cielo iluminado por el sol y la montaña que se funden perfectamente entre si y, sobre todo, almuerzo sabroso; la reunión ocasional con los niños del grupo «Tantum ergo”, niños de 86 años; la reunión semanal con los jóvenes de parranda; el encuentro periódico con los contemporáneos; y el trato diario con los compañeros de trabajo que me brindan muchas consideraciones.
También la convivencia mensual con mi esposa, hijos, nueras, nietas y sobrinas; el encuentro con los historiadores pensando históricamente en una era postsecular o el fin de los historiadores después del fin de la historia, provocada por la oleada de pseudohistoriadores; el tiempo que dedico para redactar mis artículos por los cuales estoy en comunicación con mis lectores; y mi caminar por la ciudad, donde me cruzo con gente buena que me saluda con respeto, de personas altruistas que me extienden la mano y almas como el maestro Abdiel Peralta que el mes pasado me invitó a la clausura del torneo de basquetbol, a entregar reconocimientos; o cuando me ve un guitarrista que sonriendo me dice: «Adiós mi López Tarso»; y cuando en la calle me dicen: «¡Buenos días, maestro! «Hasta luego, contador», «Hasta pronto, don Rafita» y otras expresiones que me regalan días de vida. Nada más por eso, no saldré de Iguala, ni dejaré de recorrer Guerrero y de visitar México, aunque ahora se encuentra convertido en un auténtico cochinero.
Aquí están mis libros -son una verdadera fortuna, más que económica de riqueza espiritual- que quedan, pues hace años regalé cuatro mil ejemplares para una biblioteca que llevaba mi nombre y otros 400 para la biblioteca del museo de la Bandera.
En Iguala viven mi esposa, dos de mis hijos, mi hermano, primos, sobrinos y muchos amigos con los que estoy en permanente comunicación.
De igual manera es un triunfo de la senectud, precisamente cuando llega el ocaso de la vida, volver a la tierra que nos vió nacer; aunque haya perdido el encanto pueblerino, sus «calles lucidas», su gente alegre, trabajadora y progresista, el esplendor y originalidad de sus costumbres y tradiciones, la visita de extranjeros y artistas, los frondosos tamarindos que hacían del Zócalo un oasis, las bandadas de garzas y patos surcando el cielo de la ciudad -por la mañana de la laguna de Tuxpan a la de Ixtlayotla y por la tarde de regresos-, los característicos sonidos: a las 6 de la mañana el clarín de los militares y a las 8:30… y 15:30 el silbido del ferrocarril anunciando su llegada a la ciudad… Y si es cierto que los adultos mayores nos vamos haciendo niños, pues casi pertenezco a la vejez, lo que voy a evitar, pues mi amigo de la infancia Juan Sánchez Andraca me comprometió a que dentro de un año nos volviéramos a encontrar para darnos el abrazo.
Extraño Acapulco. Mi departamento estaba frente al mar. Desde la ventana sólo veía las olas cada mañana y el aire que respiraba venía desde China purificado por los cielos, los vientos y la distancia. Acapulco, donde construí mi Nido de Amor, es el lugar ideal para el romance y el amor.
Y para maravilla, en Cuernavaca, donde le entregué la Casa Soñada a mi esposa, el clima es extraordinariamente amable. Amanece fresco, con un leve viento que parecería capaz de purificar hasta de pecados capitales y el día camina sin que la temperatura llegue a la conciencia.
Nací en Iguala. Aquí, si el Creador no dispone otra cosa, me convertiré en polvo.
La ciudad es mi casa, sí. Y mi casa de adobe y teja es la ciudad. Aquí viven todos esas entrañables personas y sitios y otros más de los que guardo memorias memorables. En ningún otro lado quisiera haber nacido. Aquí espero se me revelará el Creador.
