—La importancia del compañerismo

Por: Rafael Domínguez Rueda

Compañero es una persona que realiza una actividad al lado de otra, ya sea en la escuela, en el trabajo o en cualquier otra función, como el deporte. El compañerismo es un vínculo que se establece a partir de las relaciones afectivas entre personas; es un vínculo imprescindible para el desarrollo personal. Ser buen compañero implica colaboración, respeto, entendimiento y ayuda a los demás, sin esperar recibir nada a cambio, sólo con el fin de que la institución o empresa en la que se desempeña uno, logre sus objetivos.

El compañerismo, cuando se arraiga dentro de uno, es un tesoro que adquiere, con el tiempo un valor afectivo, de amistad o hasta de amor.
A lo largo de mi vida he pasado por más de un millar de instituciones y centros de trabajo. En todos he encontrado buenos compañeros.

Aunque no faltan quienes no sienten empatía o no tengan una conducta honrosa. Lo que no ha obstado para ofrecer mi mano.
Alabo mi «sino» que ha permitido que en mi camino se hayan cruzado personas positivas, criaturas auténticas, almas buenas que nos entregan el corazón y nos enriquecen la vida.


Esta imagen que comparto corresponde al primer grupo de compañeros que tuve en 1963, cuando ingresé al servicio público. Esto escribieron al reverso:


Rafa, si algún día nuestras bellas caritas se te quieren olvidar, con ésta las recordarás, siempre risueñas y llenas de optimismo. Aún cuando pase el tiempo recuérdame siempre como en ésta, Lilia. – Rafa: Un recuerdo imperecedero de una amiga sincera. Naty. – Rafa, que la presente sea para recordar a los compañeros del Grupo de Ejecución. Con todo cariño y estimación. Panchito.- Nuestras alegrías son incomparables, como las montañas de sinceridad incontables. Alfredo.- El afecto y estimación queda demostrada en el presente. J. Natividad.-Una pausa en el oasis de la vida con los compañeros inigualables de Ejecución. Miguel.- Rafa: que a través del tiempo perdure en tu memoria el recuerdo de días felices vividos en esta oficina que fue nuestro segundo hogar. Juanita.- “Pablito”: Con todo el esplendor de una amistad sincera. Petrita. – Rafael: Que el recuerdo de tus compañeros de este grupo perdure siempre en tu memoria como una muestra de sincera amistad. Amparo.- Que la presente sea como un testimonio de la cordialidad y afecto que une a nuestro Grupo. Aída.

El compañerismo, casi siempre, se vuelve amistad, pues, como una sombra, nos acompaña el resto de la vida y aparece en momentos de alegría y tristeza. Hago estas evocaciones y reflexiones, con motivo de que el pasado 24 de marzo, nuestra compañera Aida Culín Pichardo se nos adelantó en el viaje sin retorno; una desgracia que lamentamos, porque su trato siempre fue cordial, porque la semilla de la amistad que sembró en nosotros es de aquellas que dejan una profunda huella en el alma.


¡Morir!… es el destino de la humanidad: esto lo sabemos desde que tenemos uso de razón, desde que comprendemos el sentido de la vida: nacer, vivir y morir, desde que conocemos lo deleznable y mezquino de la materia.


Así, la muerte no debía sorprendemos, pues cada paso que damos en el camino de la vida nos hace avanzar hacia ella… sin embargo, cuando llega, ni la filosofía, ni la religión, ni la fuerza de voluntad son suficientes para conformarnos con su ausencia.


Estas reflexiones dolorosas son las que pesan en nuestra frente y oprimen nuestro corazón en estos días, porque ella, en lo personal, me hizo sentir parte de su familia.


Aída, la mujer que trabajó en la Oficina Federal de Hacienda por más de 30 años. Fue una mujer trabajadora, diligente y siempre dedicada a sus quehaceres. De gran corazón por la sencillez, bondad y relación cordial. Una mujer en quien se reunieron, por un privilegio de la suerte, los más ricos dones del cuerpo y del espíritu: gracia, inteligencia, valor personal, dulzura de carácter, la modestía en su más noble y alta significación… Es decir, todo lo que puede hacer de una mujer un ejemplo de virtudes.

Muchos la conocieron mejor que yo, para que me detenga a hablarles de su vida, de sus encantos y de sus servicios a Iguala. La mejor prueba de su grandeza fue haber formado una familia unida, trabajadora, honesta y virtuosa.

Cada año, por lo general, ella convivía con mi esposa en las posadas. ¡Descanse en paz!; Feliz ella que ha muerto bendecida por muchísimos que la han acompañado en el velorio y novenario! La sombra del árbol de las plegarias cobije sus restos y el cielo azul y cálido de Iguala acaricie con sus reflejos su sepulcro y sus guirnaldas de mujer, esposa, compañera buena y de madre admirable.

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