Ya no hay hombres de carácter

Por: Rafael Domínguez Rueda

El pasado sábado 13 de este mes de octubre, en un mensaje de whatsapp, mi compañero y amigo de juventud: Alfredo Avilés me decía: «Oye mi Rafa, no sé qué decir, por todo lo que está sucediendo en el país…» Y vaya que está sucediendo mucho, a tal grado que pareciera que estamos volviendo a la era primitiva: asaltos, robos, secuestros, decapitaciones, cobro de piso, violencia y estamos a un paso de qué en México perdamos el Estado de Derecho.


La verdad es que México ya es un estado fallido, pues es bien sabido por todos los mexicanos que nos gobierna el crimen organizado, pues, el gobierno se encuentra totalmente desorganizado.


Resultó profético el eslogan: “Es un peligro para México”: Pero también la sociedad vive extraviada. Todavía hace 70 años se decía que la colectividad estaba sostenida por ese gran tripie conformado por el cura, el médico y el maestro. Pero, resulta que el cura colgó los hábitos y se apoltronó en su oficina, en vez de dedicarse a ejercer su apostolado. El médico se incorporó al Seguro Social a llevar una consulta rutinaria y el maestro dejó las aulas para salir a protestar en las calles.


Eso trajo como consecuencia, lo peor: la mujer, dejó el hogar y empezó a buscar la liberación y si hasta hace 70 años se educaba en la escuela, ahora se medio enseña.


Al desintegrarse el hogar, se han ido perdiendo los principios, los valores, creencias, ideales, costumbres, en fin, hasta los escrúpulos, arrastrándonos hacia la irracionalidad.


Antes, en la casa aprendíamos a saludar, dar las gracias, ser limpios, honestos, puntuales, formales, responsables, hablar bien, no decir groserías, respetar a nuestros semejantes, ser solidarios, no robar, no mentir, ser ordenados. Y a la escuela íbamos a aprender a hablar en español, matemáticas, ciencias, geografía, inglés, además a reforzar los valores que nuestros padres nos habían inculcado.


Ésto, forjaba nuestro carácter, nos motivaba a querer a nuestra tierra y amar a nuestra patria. Hacia que nuestra humanidad de latón brillara como el oro.


Siempre he sostenido que no se puede pedir que todos los hombres sean ricos, ni que sean sabios todos, mucho menos que sean santos; tampoco que sean célebres; pero sí, de todos podemos exigir que tengan carácter.


A pocos les es dado conquistar pueblos, Son pocos los que ciñen en sus sienes corona real. Pero tomar posesión del reino de la conciencia llena de riquezas, y colocar sobre nuestra frente la corona del carácter varonil o la aureola femenina es un deber sagrado, sublime que todo hombre o mujer debe cumplir; a menos que se haya apoderado de su alma el maligno y lo haya vuelto insensible, ingrato, desleal o miserable.


A lo largo de mi vida me he visto ante esas situaciones.

Afortunadamente se superaron, porque todavía había funcionarios de criterio, con carácter que no se dejaban llevar por el canto de las sirenas.
Hace años, trabajando en el Ayuntamiento de Iguala, un diputado federal le habló al Presidente municipal para que me corriera. El primer edil le contestó: «Con mucho gusto atiendo su petición si me da una prueba de su deslealtad a falta de probidad». Como no tuvo respuesta quiso hacerlo a través del Gobernador. Éste recibió la misma respuesta de la autoridad municipal.


Encontrándome laborando dentro de la estructura del gobierno del Estado, mi jefe inmediato superior pidió al Secretario mi relevo, el Secretario le informó que no estaba en sus manos. Igualmente acudió con el Gobernador que era su amigo. Al saber la razón, el Gobernador le contestó, como no es por falta de probidad ni por deslealtad, no te puedo autorizar.


A lo que voy es que, hace 20 años, todavía había gobernantes con principios, con valores, con criterio y sobre todo eran hombre de carácter.


Las orillas del mar de la vida están llenas de tristes náufragos que, unos no por falta de talento, capacidad o incapacidad, sino más bien por envidia, mala voluntad o antipatía son arrojados, hay otros de que, a pesar de su gran talento, de su enorme trabajo, han corrido la misma suerte, porque ahora ya no se valora a la gente. Amigos que han corrido esa mala suerte, no hay que desfallecer, por el contrario, con voluntad inquebrantable, boguemos sigamos remando a velas desplegadas por el bien de Iguala.