Homenaje a Juárez, Discurso

Por: José Rodríguez Salgado

En la confianza en que no muera su espíritu de libertad.

Con motivo de un año más del fallecimiento de Benito Juárez García (18 de julio de 1872), encuentro la ocasión de recordar algunos trazos de su vida y de su obra. El hijo de Marcelino Juárez y Brígida García, Presidente de la República y Benemérito de las Américas, vio la luz primera en Guelatao, Oax. Era el 21 de marzo de 1806. Hombre auténtico, que no se avino con la grandeza creada por los rigores de la montaña y la oscuridad del origen, Benito Juárez el indígena, el estadista daría luz a México y al resto del continente; a cuantos buscaron liberarse de yugos antiguos y resistir ante el acoso de potencias europeas que quisieron imponer un príncipe que nos gobernara.

Juárez el impasible, logró que nuestro México fuera ejemplo al no ponerse de hinojos ni buscar patrocinios más allá de sus fronteras, en cambio reafirmó los principios básicos de libertad, soberanía e independencia y tendió la mano sin poner precio o condición a sus respetos. Su figura todo lo congrega, todo lo simboliza. En su rostro digno y austero, en el recorrido inmenso en la perseverante travesía por los senderos de la República, abriendo los caminos del futuro con la vuelta de las ruedas del carruaje y la esperanza obstinada, se localiza en el trabajo batallador y cotidiano en francas contiendas o en laboriosos y pacíficos desvelos.

Por eso es bueno recordar a Juárez en cuanta ocasión sea oportuna y necesaria. Reclamar de él fuerzas; afrontar hoy como en su hora lo hicieron los hombres que lo acompañaron en su gesta gloriosa de la Reforma y de la Restauración de la República. Y hacerlo con firmeza, sin vacilaciones, con el pensamiento y la voluntad por delante. Él nos enseñó cómo se da la cara en el infortunio y salir del paso en los tiempos difíciles y comprometidos. Con la serena pretensión que si México no fue vencido cuando todo le era adverso, menos ahora que la población cuenta con otros elementos para su defensa.

Al recordarlo tenemos presente la certeza y reproducimos la lección de nuestras luchas en contra de los nubarrones y avalanchas de las fuerzas enemigas y sus aliados, apelando a que se imponga el orden, la razón y la justicia en regiones completas del país. No hay ni menos en nuestras pretensiones, en el fondo sólo queremos vivir en paz, en armonía y organizados para la vida y el trabajo, no hay intriga, no hay ocultos motivos.

Alienta evocar que Juárez transitó de las acciones y reflexiones en que aprendió el idioma de México los primeros capítulos de su historia, que para ser verdaderamente grande, hay que ser humilde, respetar el derecho ajeno y buscar el desarrollo armónico de la sociedad en todo momento. Sin proponérselo la vida lo colocó en forjador de historia. Juárez el niño, el adolescente, el joven, creciendo venció a cuanto se le opuso, armado de rigor, de buen juicio y perseverancia hasta convertirse en el supremo e inobjetable líder de la nación y con las armas de la Constitución luchó contra el invasor, vencerlo y echarlo del país.

Naturalmente no fue nada fácil redactar, proclamar y aplicar los cambios propuestos por el patricio, enarbolando el estandarte de la ética y el derecho pudo rendirle buenas cuentas a México. Hizo sentir a todos que como nación tenemos patria verdadera. Enseñó a la oriundez y a la pertenencia, a la vida y a sus anhelos, los únicos signos que solidariamente nos legitiman: el patriotismo como sentimiento que anima y el nacionalismo como criterio supremo.

Juárez luchó con vocación contra los malos mexicanos que pelearon contra México. Una manera de hacerlo fue en las trincheras beligerantes; otra, en los Congresos de la República –trashumante o restaurada–, donde se hace el derecho para que en su cauce corra libre y segura la existencia. Él, junto con la generación de la Reforma hizo pasar la independencia a la libertad, de la insumisión a la justicia, el feudalismo distribuido en estamentos al estado nacional como refugio y custodio frente a toda la nación soberana.

Con Juárez queremos que el Estado sea del hombre, no que el hombre sea para el Estado. Ahí está él, sereno, vigilante, atento al discurrir de los nuevos tiempos. En este 18 de julio, al recordarlo le refrendamos adhesión a su doctrina y principios, esperando que las nuevas generaciones enaltezcan la moral pública; que sus acciones sean mesuradas, equilibradas, sensatas, sin atropellos a la voluntad de la ciudadanía.
Julio 17 de 2025