CUANDO UNA HERIDA CUENTA UNA AVENTURA–DON CHIMINO

Por: J. David Flores Botello

CUANDO UNA HERIDA CUENTA UNA AVENTURA.- Los niños conocen el mundo corriendo, trepando, brincando y, de vez en cuando, cayéndose. Por eso, los raspones, cortadas y heridas forman parte casi inevitable de la infancia. Una rodilla raspada puede ser el recuerdo de una carrera en bicicleta; una cortada en la mano, consecuencia de explorar donde no debía, y una espina clavada, el precio de una tarde de aventuras. Después de muchos años atendiendo niños hemos comprobado que, ante una herida, el susto de los padres suele ser mayor que el daño. La sangre impresiona. Unas cuantas gotas pueden extenderse sobre la ropa, mezclarse con el agua o cubrir la piel y hacer pensar que el niño está perdiendo mucha más de la que realmente ha perdido. Lo primero es conservar la calma. Si el sangrado es externo, se debe colocar una gasa o una tela limpia directamente sobre la herida y hacer presión firme y continua. En mi experiencia, la mayoría de estos sangrados se detienen después de aproximadamente cinco minutos de presión bien aplicada. El problema es que muchas personas levantan la gasa cada pocos segundos para revisar si ya dejó de sangrar. Al hacerlo, desprenden el pequeño coágulo que el organismo está formando y el sangrado comienza nuevamente. Hay que presionar sin estar mirando a cada rato. Naturalmente, me refiero a las heridas comunes que ocurren en casa, en la escuela o durante el juego. En una sala de operaciones podemos controlar el sangrado con pinzas, suturas, cauterio y otros recursos; pero en el patio de la casa, la primera y mejor herramienta siguen siendo unas manos serenas haciendo presión correctamente. Si la sangre empapa rápidamente las gasas, sale a chorros, no disminuye con la presión o el niño se pone pálido, débil, somnoliento o respira con dificultad, ya no estamos ante una cortada cualquiera. Se necesita atención de urgencia. Una vez controlado el sangrado, hay que lavar la herida con abundante agua corriente. Puede utilizarse jabón alrededor y retirar cuidadosamente la tierra, arena o piedritas superficiales. Una herida limpia tiene mejores posibilidades de cicatrizar sin infección. Después se cubre con una gasa limpia, sin apretar demasiado, y se observa su evolución. No conviene colocar café, ceniza, manteca, pasta de dientes, talco, hojas, chile ni otros remedios caseros. Tampoco recomiendo verter alcohol o agua oxigenada dentro de la herida, porque pueden irritar y lesionar las células que están tratando de repararla. Limpiar no significa quemar ni castigar los tejidos. Si quedó clavado un vidrio, un clavo, una varilla o cualquier objeto profundo, no debe retirarse en casa. Ese objeto puede estar conteniendo parcialmente una hemorragia, y al sacarlo el sangrado podría aumentar. Lo correcto es inmovilizarlo lo mejor posible y trasladar al niño para que sea atendido. Las heridas profundas, abiertas o localizadas en la cara, manos, pies, articulaciones o genitales deben ser valoradas. También las mordeduras de perros, gatos o personas, las punciones y las heridas contaminadas con tierra o heces. Durante los días siguientes hay que vigilar dolor creciente, calor, hinchazón, pus, mal olor, fiebre o enrojecimiento que se va extendiendo. Nunca debemos olvidar revisar la cartilla de vacunación. El tétanos no aparece por el óxido, como suele creerse, sino por una bacteria cuyas esporas pueden encontrarse en la tierra, el polvo y las heces. La necesidad de una vacuna, un refuerzo o algún manejo adicional depende del tipo de herida y de las dosis previamente recibidas; por eso debe decidirla el personal de salud. Una rodilla raspada no tiene por qué convertirse en una tragedia. Hay que saber presionar, lavar, cubrir, observar y consultar oportunamente. Cuando una herida se atiende bien, muchas veces termina dejando solamente una pequeña cicatriz y una gran historia que el niño contará como si hubiera sobrevivido a la aventura más peligrosa de su vida.

DON CHIMINO.- Llegandito a Acapulco, mi Puchunga le llamó a su prima Eulalia pa preguntarle onde taba la vulcanizadora más cercas de la avenida Farallón del Obispo por onde tábamos bajando pa´la Costera. Le dijo que no sabía, que le preguntaría a su marido Eleuterio y que en l´horita le regresaba la llamada. Pasaron unos minutos y, cuando miré, ya tábamos enfrente de la gasolinera que tá mero frente de la que le mientan la Glorieta de la Diana. Nos metimos pa´dentro direpto a los sanitarios. Para no variar, ya me andaba de nuez de la pis y, mejor de una vez desaguar y no andar corriendo más después. Mero taba yo en eso y, redepente ¡Brrrrrr!, sentí vribrar mi aifon en la bolsa trasera del pantalón. ¡Hijo essúu! Jue como una descarga eléptrica que me subio dende la nalga hasta la niunca. Pegué un brinco como gato que le pisan la cola. El chorro hizo una curva que casi me mojo los zapatos. Me apuré a terminar y me jui a lavar las manos antes de garrar mi celular que seguía vribrando. Era mi compadre Eleuterio. Le dije ónde tábamos y que quería ir a una talachera pa´que me revisaran la llanta que se ponchó, y me dijo: ––“En 10 minuto llego. Te voy a llevar con un amigo que tiene lo mejore aparato pa quitar y poner la llanta y, si necesita una llanta primo, áhi venden nueva y también gallito muy bueno. Orita te caigo”. Pasaba del mediodía, la calor taba cabrona y yo, sudando como taco de canasta. Yo creo que la brisa del mar traye la humedá y por eso se moja su cuerpo de uno. Se me antojaba una cervatana bien helodia pero, primero ´bía que solucionar lo de la llanta. Me metí a un ottso y merqué cuatro botellas de agua de medio litro. Le di una a mi Púchun, dos dejé en el piso del asiento trasero y la otra para mi. Dejé mi Forcito prendido con el aire puesto pa que no se juera a asar adentro mi Púchun. y me salí pa´ juera a tomarme mi agua y a esperar al compadre. Con mis lentes de sol puestos, me recargué en la salpicadera de atrás y eché una mirada al ruedo: hartos coches por todos lados, camiones de los que les mientan Acabús. Enormes, pintarrajiados de colores sicodélicos, con hartas luces que, a esas horas, a pesar de tantísimo sol, seguían pareciendo árboles de Navidá gigantes con ruedas. Dende luego, con su música de cumbias y regetón a todo volumen y si faltar sus clátsones de barco o de trén: ¡Tuuuuuuuuut tuuuuuuuuuut! ¡Fuuuuuuuuum fuuuuuuuuuuum! Tambor hartos turistas y turistos caminando, gentes pasiando con sus perros, otras corriendo por la Costera y, cuando arriendé a ver pa´rriba, miré la estuata de la Diana Cazadora. Ya ´bíamos pasado antes por áhi pero, nunca de los nuncas me ´bía fijado bien en ella. Ora sí que, con calma, la miré de arriba pa´bajo. Taba parada hasta la punta de una cosa blanca de concreto, como si juera una colugna grandota que, cuando la hicieron, agún todavía taba tierna y se les dobló pa´un lado antes de cuajar. Tambor parecía un brazote saliendo de la tierra alevantando a la muchacha pa´que no se mojara con el agua de la fuente o, si se salía una olota del mar, no se la juera a llevar. Me pregunté por qué le llamaban Diana Cazadora porque no la miré que llevara una escopeta o tan siquiera un rifle. Con una mano levantaba un arco y la otra la tenía doblada enfrente del pecho, como si acabara de soltar una flecha o ´tuviera esperando el momento mero pa´dispararla. La mera verdá, lo que más me llamó l´atención no jue el arco… ni la fuente… ni tan siquiera la altura onde taba parada. No señor. Lo que me dejó cabilando jue la hechura de la chamacona. ¡Qué cuerpazo! ¡Qué cintura tan más chiquita!, unas caderas retebien acomodadas, derronditas, pompas paraditas y uas piernas largas y torniadas. No taba parada bien derechita. Tenía una pierna bien plantada y la otra doblada, como cuando las muchchas se acomodan de ladito pa´que les salga mejor la foto; la espalda derechita; el pecho pa´delante con harta seguridá y la cabeza en alto como jáctándose de que tenía cuerpo de sirena con pieses. No vaya crer usté que uno sea viejo mañoso. No. Lo que pasa es que cuando algo tá bonito, pos tá bonito, y ni modo de hacerse uno tarugo. Sería como si estuviera en un atardecer en el mar y no volver tan siquiera tantito la cabeza pa´mirarlo. Mientras la almiraba pensé: ¿Quién habrá sido la chamacona? ¿Existiría deveras o jue su imaginación del que la hizo? En eso oyí una voz atrás de mí. —“¿Le gustó la Diana?” Voltié. Era una señora como de unos cincuenta y tantos años, muy arregladita, con sombrero de palma, una credencial colgada al cuello y un abanico en la mano. ––Sí… tá rete bonita. Le contesté. La señora sonrió. —“Se nota que la está viendo con atención. Casi todos pasan de largo. Yo soy guía de turistas. ¿Espera a alguien? Si gusta, mientras, le platico una historia muy bonita de esa escultura…” Yo arriendé a ver pa´todos lados buscando a mi compadre Eleuterio. Como no se miraba por ningún lado, le dije: —Pos patíqueme, total… todavía falta que llegue ese condenado. Tonces empezó una historia que yo jamás me ´biera imaginado… Pero, eso se lo seguiré paticando Pa l´otra, ya me la crolongué un buen. Áhi nos, graciotas.