EL NIÑO QUE MIRA MUCHO… PERO HABLA POCO– RETO–DON CHIMINO

Por: J. David Flores Botello

EL NIÑO QUE MIRA MUCHO… PERO HABLA POCO.- En muchas casas de hoy hay algo que parece normal… pero no lo es tanto. Niños pequeños que pasan largos ratos frente a una pantalla: celular, tableta o televisión. Se entretienen, se quedan quietos, no molestan… y eso, a primera vista, parece una ayuda. Pero poco a poco, algo empieza a cambiar. Son niños que miran mucho… pero hablan poco. Niños que entienden algunas cosas, pero no forman frases. Que señalan en lugar de pedir. Que se enganchan con los videos, pero no buscan tanto la conversación. Y entonces aparece la preocupación: “¿por qué no habla?”, “¿será flojo?”, “¿será normal?”. La realidad es más simple… y más profunda: el lenguaje no se aprende viendo una pantalla. El lenguaje se construye en la interacción. Cuando alguien le habla al niño, le responde, le repite, le canta, le cuenta cuentos, le hace gestos, le da tiempo para contestar. Es un proceso vivo. Es un intercambio. Es una relación. La pantalla, en cambio, entretiene… pero no responde. No espera. No corrige. No adapta el mensaje al niño. Y por eso, aunque tenga colores, música y voces, no sustituye la comunicación humana. Hoy sabemos que en los primeros años de vida el cerebro se forma a una velocidad impresionante. Cada palabra que el niño escucha, cada conversación, cada juego, cada mirada, va creando conexiones que después serán pensamiento, lenguaje, aprendizaje. Por eso, en esta etapa, lo que más nutre al cerebro no es la tecnología… es la relación con las personas. Las recomendaciones actuales no son capricho, tienen base científica: En menores de 18 meses, lo ideal es evitar pantallas, excepto videollamadas, donde sí hay interacción real.

Entre los 18 y 24 meses, si se usan, que sean breves, con contenido adecuado y siempre acompañados por un adulto. Entre los 2 y 5 años, no más de una hora al día, procurando que no desplacen el juego, el sueño ni la convivencia. Pero más allá del tiempo… hay algo que vale todavía más: el contexto. Un niño puede estar una hora frente a una pantalla… o puede estar una hora platicando, jugando, preguntando, inventando historias, cantando con alguien. El efecto en su desarrollo no es el mismo. Y aquí entra una escena muy común en muchos hogares: la hora de la comida. Para que el niño “coma bien”, se le pone el celular con caricaturas, videos de otros niños jugando o programas que lo mantienen distraído. Y sí… abre la boca, come sin protestar. Parece que funciona. Pero en realidad, el niño no está comiendo… está siendo alimentado distraído. No ve la comida, no reconoce sabores, no aprende a sentir hambre ni saciedad. No hay diálogo en la mesa. No hay convivencia. Y poco a poco, se pierde uno de los momentos más importantes del día para el desarrollo del lenguaje y de los hábitos. Comer debe ser un acto consciente, tranquilo, en familia. Sin pantallas. Sin prisas. Sin persecuciones con la cuchara. Porque ahí también se educa. No se trata de satanizar la tecnología. Hay contenidos buenos, educativos, bien diseñados. Pero incluso esos, en edades tempranas, deben ser acompañados. El niño aprende más cuando alguien le explica lo que está viendo, cuando comenta, cuando pregunta, cuando se convierte en una experiencia compartida. El problema no es la pantalla en sí… es cuando desplaza lo que sí es esencial: hablar, jugar, convivir, leer, imaginar. Cuando un niño pasa demasiado tiempo frente a pantallas, hay menos palabras en casa. Menos interacción. Menos juego libre. Y ahí empiezan los retrasos, no solo en el lenguaje, también en la atención, el sueño, la conducta y el aprendizaje. No siempre se nota al principio. Pero con el tiempo, se hace evidente. Por eso, el mensaje es claro y sencillo: Mientras más pequeño es el niño, menos pantalla necesita… y más necesita a las personas. Un niño no aprende a hablar escuchando sonidos… aprende a hablar cuando alguien le habla. No aprende a comunicarse viendo videos… aprende cuando alguien le responde. El lenguaje no nace de una pantalla. Nace del vínculo. Y ahí, en esa conversación diaria, en ese cuento antes de dormir, en ese juego sencillo en casa… se está construyendo algo mucho más grande que palabras: se está formando su manera de entender y relacionarse con el mundo.

Hoy, alrededor de las 15 h, rendiré protesta -en Acapulco- como presidente de la Federación de Colegios Médicos de Guerrero. Es un honor, un compromiso y un gran reto que asumo con responsabilidad. Primero Dios, entregaremos buenos resultados.


DON CHIMINO.- No sé si ya les ´bía paticado que me gusta cocinar. No de todo, solo lo que a mi me gusta y, ¡tán tán tán taaaan…! ¿Qué creen? Hoy les daré unas recetas que, si las ponen en práptica les quedarán super deliciosos hasta para chuparse los dedos y presumirles a todas y todos que saben cocinar sabroso. Empezaremos con la cocinada de calabaza en dulce. Ingredientes: tequesquite, una calabaza tamalayota, piloncillo (panela o panocha como usté le llame), una olla de regular tamaño, que quepa toda y agua. Lo más primero que tienen que hacer es conseguir una buena calabaza tamalayota, que no sea pipiana. La diferiencia entre una y otra es que la pipiana tiene una bola extra encima de la calabaza, mero onde va el tronquito que va pegado a la guía de la planta de calabaza, su semillas es alargada. No usen de esas porque la carnita es delgada y queda muy aguada cuando se cocina. La tamalayota es la que tiene la carnita más gruesa y su semilla es casi derronda de tamaño mediano. Hay de distintas formas y tamaños. Unas derrondas planas o derrondas costilludas, como las de jalogüin, otras en forma de jarro caderón y otras como bules, con el cuello alargado. La clave pa´que sea de las meras buenas es que se vea como ceniza de su piel, que o se vea brillosa, que no se sienta bofa, que se sienta pesada, maciza. Si tá brilloza y bofa, que no se sienta pesada, esas no son buenas, se aguan al cocerlas, no quedan secas, camotudas. Las hay de cáscara dura, de cáscara delgada que le mientan de pellejo y otras ni muy muy ni tan tan, o sease ni tan dura de la cáscara ni tan delgadita. Dende que la corta uno se sabe de cuál es: la de cáscara dura tiene uno que usar un cuchillo más o menos filoso y un martillo o algo que tenga pa golpiar el chuchillo pa poder cortarla. La que es delgada, nomás recargándose con algo de juerza sobre el cuchillo es suficiente pa cortarla. Cuando ya se decida a cocinarla, agarre un vaso de preferencia de vigrio, que sea medianón, que le quepa lo de una y media taza, le echa agua del garrafón a su vaso. De su tequesquite, dele un pellizco más o menos generoso, de preferencia de la parte más polvosa, no de la piedruda o boluda. Lo echa en el vaso con agua, con un trinchi le revolotea hasta que se disuelva todo el polvo (o la piegrita si jue eso lo que pezco con sus dedos). Deje a un lado su agua con el tequesquite, déjelo que se asiente, de preferencia hasta que el agua quede clara y el polvo se asiente en el fondo, eso casi sucede en lo que usté hace todo lo demás. Lave muy bien su calabaza. Con cuidado pártala a lo largo de tal forma que pase mero por en medio de la parte de abajo y por el tronquito de arriba y asina le quedan dos mitades. Con una cuchara o con el mismo cuchillo, dele una rasurada pa despegarle las semillas que están entremetidas entre unas hebras babosas, como tripitas aguadas. Algunas son de color verde escuro, otras medio amarillas en veces tirándole a color naranja pálido, y otras verdes. Ya que le quitó todo lo de adentro, (algunas gentes que las cocinan al horno, le dejan todo y le hacen agujeros pa que les entre la miel), cada mitán la parte a la mitan. Luego, la mitán de la mitán la parte otra vez a la mitán y asi sucesivamente. En veces se las ingenia uno pa que los cortes salgan cuadrados o triangulares. Los va partiendo depende el tamaño que se las quieran comer y de si la carne es gruesa o delgada. Entre más gruesa, los cachos se cortan más chicos y a la visconversa. A luego, los cachos más gordos se ponen en la olla hasta abajo, que queden boca arriba. Encima se esa capa se ponen más calabazas pero boca abajo y de áhi p´arriba todas boca abajo paque les entre la miel, Encima se pone el piloncillo y pa tantiarle y póngale de 3 a 5 piloncillos, depende del tamaño de la calabaza. Entre más grande, le pone más y al revés. No mucho pa que no sepa más a dulce de pilloncillo que a sabor de calabaza, mucho dulce empalaga. Luego, vaséele el agua de tquesquite, con cuidado pa que no se le vaya la tierrita que queda asentada porque si no se sala. Tapa la olla, póngale encima, boca abajo, un molcajeta mas o menos pesado. Prenda la lumbre a todo lo que dé, mire la hora, que no se le olvide o ponga una alarma de entre 20 a 30 minutos. Lueguito oirá que empieza a hervir. Póngase buso, acéquese al humo que ta saliendo de la olla, güelalo, que no güela a quemado. Como a los 20 minutos, destápela, compruebe que agún todavía tenga agua, si no tiene échele otro medio vaso de agua, no mucha porque se le bate. Tápela de nuez con todo y molcajete. Tése muy pendiente, si a los 25 o 30 minutos ya güele rico, bájele el volumen al fuego, destape la olla y tenga por lo menos 3 platos planos un poco grandes cercas de usté, luego, las calabazas de encima (que tienen menos miel embarrada) póngalas en un plato, las de en medio en otro y las de abajo en otro. Luego, meta primero las que taban encima, luego las otras y al último las que taban abajo solo que esta vez, todas deben quedar boca arriba y… ¡sacarrátelas las babucas! Ya me rete tardé y me la crolpongué un buen, haga de cuenta como si deveras la tuviera cocinando, pero, no se priocupe, pa la prótsima le sigo paticando, graciotas.