LA CABEZA NO TIENE REFACCIONES – DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
LA CABEZA NO TIENE REFACCIONES.- En Iguala y en muchas ciudades del país, algo está cambiando… pero no para bien. Cada vez es más frecuente ver a jóvenes en motocicleta como si estuvieran jugando. No uno, sino dos, tres o hasta cuatro en una sola moto. Sin casco… o con uno que no protege nada. Circulan a alta velocidad, se meten entre los carros, rebasan por donde sea, se pasan los altos… y lo más grave: muchos lo hacen con una seguridad que preocupa, como si nada fuera a pasar. Pero sí pasa. Y cuando pasa, las consecuencias son graves. Hace poco tiempo supimos de un joven de 17 años que sufrió un accidente en motocicleta. Recibió un golpe en la cabeza. Estaba consciente, hablaba, respondía… pero tenía una hemorragia dentro del cráneo. Estos casos son engañosos: pueden parecer estables y en cuestión de horas deteriorarse. Se solicitó su traslado a un hospital con terapia intensiva. No fue aceptado de inmediato. Pasó casi 48 horas en un hospital general. Mientras tanto, su condición empeoró. De estar consciente, pasó a necesitar intubación para poder vivir. Cuando finalmente fue aceptado… ya era tarde. No se trata de señalar a nadie. Se trata de entender que muchas de estas historias se pueden evitar. El casco no es un accesorio. No es para evitar una multa. El casco es para proteger el cerebro, es para salvar la vida. Pero no cualquier casco sirve. Debe ser certificado, de la talla correcta, de uso personal, bien ajustado y bien abrochado. Un casco flojo, abierto o mal puesto no protege. Solo da una falsa seguridad. Algunos dicen que no lo usan porque hace mucho calor… y es cierto, el calor en nuestra región es intenso. Pero el calor incomoda; un golpe en la cabeza incapacita o mata. Entre sudar unos minutos o perder la vida, no hay comparación. Existen cascos ventilados y adecuados al clima; lo que no existe es una segunda oportunidad para el cerebro. Hay algo más que duele ver. No una, sino varias veces: un padre conduciendo su motocicleta con un bebé de uno o dos años sentado frente a él, sin protección alguna. O una familia completa: el padre manejando, un niño en medio, la madre atrás y otro pequeño en brazos. Todos sin casco, circulando entre el tráfico y a velocidades que no perdonan. Se entiende la necesidad de trasladarse. Se entiende que a veces no hay para un taxi. Pero eso no es protección… eso es exponer a quien más se ama. Si no hay otra opción, al menos debe hacerse con seguridad: casco para el adulto y también para el niño, bien colocado, bien ajustado. Sin embargo, el problema no es solo la velocidad. Es la irresponsabilidad. Manejar una motocicleta no es un juego. No es un “cochecito” de parque. Es un vehículo que, mal usado, puede costar la vida. Hace falta algo más que saber acelerar y frenar. Hace falta educación vial. Conocer y respetar las señales, entender los riesgos, saber cómo circular. Los jóvenes deben aprender las normas de tránsito. Deben presentar, como mínimo, un examen básico de conocimientos viales. Deben entender que conducir implica responsabilidad, no solo destreza. Y aquí entra la responsabilidad de todos: De los padres, que permiten que sus hijos salgan sin protección. De los jóvenes, que se arriesgan pensando que nada les va a pasar. De las autoridades, que muchas veces lo ven… y lo dejan pasar. No es normal ver cuatro personas en una moto. No es normal circular sin casco. No es normal manejar sin respetar las reglas. El cuerpo humano no está hecho para resistir un impacto contra el pavimento. La cabeza no tiene refacciones. Y lo que se pierde (la vida, la memoria, la capacidad de valerse por sí mismo) en segundos… puede cambiar toda una vida. Subirse a una motocicleta sin protección adecuada no es valentía. Es no entender el riesgo.
DON CHIMINO.- Adivinar por qué, pero ora se ve que no habrá muchos mangos. La cochecha va a ’tar escasa y, pa’ acabarla de amolar, ha tado soplando un airal de la chingada. Los pocos mangos que tienen los palos se cayen al suelo y áhi queda la tiradera. Asina, menos mangos habrá. Un señor que tiene su huerta de mangos petacones dice que no solo es el aigre de las ventoleras, sino que tambor les afepta mucho l’agua de lluvia que ha tado cayendo. Les pica el tronquito de onde tan agarrados y más fácil cayen al suelo, sobre todo los más tiernitos. Por eso dicen que febrero loco y marzo otro poco… pero ya tamos en abril y sigue ídem de loco, nomás que ora ta más juerte la calor. Eso sí, hay hartos guamúchiles. Hay de los dulces y de los amargos. Va uno al campo y se mira a las gentes que andan con su chicolote cortando, pero de los dulces, porque de los amargos no los cortan, quesque porque les agarra la garganta. Pero lo que no saben es que, si los cortan y echan los yolitos (granitos) en un comal caliente, se les quita lo amargoso y agarran buen sabor. Yo conozco un guamúchil que ’tá por onde antes era “Tinajillas”, dende hace más de 20 años le ando cortando cada que es temporada, nomás que ora, tengo que ir con la fresca, cuando apenas amanece, porque si no, me los ganan. Enclusive, me tengo que trepar a las ramas más altas, porque áhi tan las ramas bien cargadas. No todas las gentes las alcanzan con sus chicoles por más largos que sean, y yo, trepado en las ramas, me los cosecho. Me trepo y me llevo una morrala, áhi los voy echando y, los que miro que ya tan bien maduros o que tienen los yolitos colgando, esos me los voy zampando, porque son de los que saben más sabrosos. Pero los más, más sabrosos, son los más sequecitos… esos son los más dulces. A veces me tardo más comiéndomelos trepado en el árbol que en tarlos cortando y es que, quito los yolitos que tán colgando de las cáscaras, uno por uno, los pongo en una mano, enla otra las cáscaras que ya que tan pelonas las tiro p´abajo, luego, les quito la semilla y tambor uno a uno, me los voy saboriando. ¿Por qué me como las roscas que ya se tán despelucando? Porque al echarlas a la morrala, se chispan de la rosca los yolitos, quedan pelones y a la hora de la comedera no les hacemos mucho caso y nos vamos comiendo solo las roscas y, además, como ya les dije, porque son los más sabrosos. Ha de ser por la edá, pero cada vez me cuesta más trabajo treparme, además, las ramas ya tan muy gordas, muy gruesonotas, cascarudas y espinudas, es difícil mantenerse en ellas. Asina que ora ocupo unas riatas pa poderme sostener y no dar el zapotazo… ¡ni Dios lo quiera! Cada que corto guamúchiles trepado en el árbol bajo espinado de las manos, de los brazos y con ronchas ardorosas por las picaduras de unas hormigas güeras, que son un poco más largas que las hormiguitas mieleras prietas pero eso sí, bien bravas. A mi Puchunga tambor le gustan los guamúchiles, nomás dice que la empanzonan un poco. Y eso sí, es conocido que tienen harta vitamina P2 y harta fibra, por lo que si una persona es estreñida, comiendo guamúchiles podrá hacer del dos sin esfuerzo, sin tanto pujar… y con suficiente soplido. Un vecino de mi cantón tiene un árbol de mango criollo. Yo creo que debe tener más de 50 años porque, dende que tengo uso de razón, ése árbol ya taba áhi. Los primeros años le pedía permiso al vecino pa cortar las ramas que daban pa mi patio pues todos los días tenía que tar barriendo el hojerío de hojas que caían pero, al paso de los años, las ramas se hicieron altas y ya no me jue posible cortarlas ni subido en mi barda. Ora, ya nos acostumbramos a tar barriendo las hojas pero, en estos días han caído docenas de mangos maduros, ujos grandes, otros medianos y otros más chicos y gorditos que les mentamos “cotorritas”. ¡Tán buenísimos! En un principio los recogía y se los llevaba al vecino hasta que me dijo, que no gracias, que él tenía muchos porque tambor los recogía, que, todos los que taban de mi lado, ya sea que yo los cortara o que se cayeran solos, eran nuestros. Asina que, estos días recojo de 15 a 20 mangos. Cuando tán recién cáidos se sienten macizos pero, esos mismos, a los dos o tres días, si no nos los comemos, se ponen mayugados, medios pachichis, la pulpa se aguada, le empiezan a caer los mosquitos y a los 3 días se les agua la pulpa y ya no saben igual . Por eso, lo que he hecho es recogerlos del suelo, lavarlos con agua y fá, los enjaguo muy bien, dejo que se les seque l´agua y a luego, les corto los cachetes, les quito la pulpa la cual la pongo en un platón hondo, corto la parte de los bordes, les quito la pulpa y con la misma cuchara le quito la poca pulpa que le queda a la semilla la cual aparto en un plato. Asina, uno por uno. Ya que tengo toda la pulpa en el platón, la machaco con la misma cuchara, le revolotéo hasta que queda atolosito y voy llenando vasitos de plástico de pura pulpa, los meto al congelador y asina no se me echan a perder y tengo helados de mango por unos dias, solo que, una vez que asina le hice, me chupé todas las semillas de los mangos que pelé, hasta dejar el güesito blanco, me comí tres helados y tres mangos completitos. En la madrugada del otro día recordé con calambres en los chamorros, con hartísimas ganas de hacer pipí y hartísima set. Como a las 7 de la mañana me hice mi prueba del azúcar con la pinchada del dedo y las tiras reaptivas: que me sale ¡220! Más del doble de lo normal. Y es que yo pensaba que nomás me hacía daño l´azúcar de caña y que las frutas no subían tanto l´azúcar, pero sí, sí la suben… y más si uno es tan tragón y no tiene llenadera, por lo mientras, me paso a retirar, ¡abur!
