ESTREÑIMIENTO INFANTIL: ENTENDER PARA CORREGIR-DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
ESTREÑIMIENTO ENTENDER PARA CORREGIR.– El estreñimiento en los niños es motivo de consulta frecuente en pediatría y, al mismo tiempo, una de las más malentendidas. Muchos padres llegan angustiados pensando que su hijo “es estreñido”, que su intestino no funciona o que tiene algo grave por dentro. Sin embargo, en la gran mayoría de los casos, el intestino está sano. El problema no está en el cuerpo del niño, sino en sus hábitos. El estreñimiento infantil casi siempre es funcional. Empieza de manera sencilla: el niño siente ganas de evacuar y decide aguantarse. Algunos se esconden cuando se les dice que vayan a hacer popó. Otros se distraen jugando y no quieren interrumpir. A veces no les gusta el baño de la escuela, otras veces tuvieron una evacuación dolorosa y aprendieron a evitarla. En hogares donde el niño es hijo único o vive solo con su mamá, suele haber una sobreprotección que sin querer refuerza este problema. El niño manda, retrasa, decide no ir… y el círculo vicioso comienza. Entre más se aguanta, más dura se vuelve la popó. Entre más dura está, más duele. Y entre más duele, más miedo le da al niño volver a ir al baño. Así, el estreñimiento crece en silencio, hasta que aparece dolor, fisuras, sangrado o encopresis (manchado de ropa interior) conocida como diarrea paradójica. La alimentación es clave. Muchos niños toman grandes cantidades de leche de vaca. En exceso, la leche de vaca actúa como cemento para el intestino. Endurece las heces y favorece la impactación. A esto se suma una dieta pobre en fibra: frutas peladas, verduras cocidas, harinas refinadas y comida ultraprocesada. Pelan la manzana, pelan el durazno, cuecen las verduras y luego se preguntan por qué el niño no evacúa. La fibra que sirve es la natural, la que viene en la cáscara de la fruta y en las verduras crudas. Claro, es cosa de insistir. Muchos niños no comen verduras crudas simplemente porque no se las dieron en casa. El hábito se aprende. Un niño sano debería evacuar sin dolor, sin esfuerzo y sin miedo. No importa si lo hace diario o un día sí y un día no. Lo importante es que no se aguante y que no le duela. Forzar, regañar o castigar no ayuda. Tampoco abusar de laxantes “por si acaso”. Cuando el niño está impactado, dar laxantes orales solo provoca dolor y cólicos. En esos casos, primero hay que desimpactar, a veces con un laxante rectal indicado por el médico. Después, ya con el intestino vacío, puede usarse lactulosa por un tiempo, junto con cambios reales en la dieta y los hábitos. En algunos casos, una radiografía simple de abdomen ayuda mucho. No para asustar, sino para mostrar la cantidad de materia fecal acumulada y tomar decisiones claras. También es fundamental llevar un calendario de evacuaciones: día, hora, cantidad y consistencia. Eso permite un mejor control y evita improvisaciones. Beber muchos líquidos es indispensable. Agua simple, todos los días. El intestino necesita agua para trabajar. Los padres suelen preguntar por enfermedades raras. El Hirschsprung existe, pero es poco frecuente: ocurre aproximadamente en 1 de cada 5,000 nacidos vivos. La inmensa mayoría de los niños con estreñimiento no tienen enfermedades graves. Tienen hábitos corregibles. El estreñimiento no es un defecto del niño. Es una señal de que algo en su rutina necesita ordenarse. Y cuando se corrige a tiempo, se evitan años de dolor, miedo y tratamientos innecesarios. Aprender a ir al baño sin miedo también es parte de crecer sano.
DON CHIMINO.- Era nuestro segundo día en Guatulco, mío y de mi Púchun. Pasaba del mediodía cuando salimos del restaurán El Mexicano onde, en casi 2 horas, desayunamos lo que no ´bíamos desayunado en toda la semana. Era tantísima la comida en el bufete que, fácil, alcanzaba pa´ un ejército. El chocolate taba rete sabroso, me serví 3 veces, por cada taza me comí un bolillito enano, del tamaño de un jitomate guajillo, nada que ver con los bolillos de mi pueblo. Otvio me lo chopíe. Taba tan chicalío que no le quité el migajón, además, casi ni tenía, taba como inflado y güeco por dentro, pero crujiente. Tábamos tan agustos que si ´biera sido por nosotros, nos quedamos un rato más, pero, empezaron a alevantar la comida pasadas las 11, luego a quitar manteles de las mesas, a apilar las sillas. Los meseros se esfumaron. Solo uno se quedó en la puerta por onde se llevaron la comida. Medio disimulado, nos arriendaba a ver como diciendo: –“¡¿A ver a quíhoras?!” Y mejor nos salimos. Nos juimos caminando por una de tantas veredas que suben y bajan, en veces más empinadas y en veces planas. De vez en vez pasaban carritos llevando y trayendo gentes de un lado a otro. Nosotros preferimos caminar pa´ir conociendo y se nos bajara la panza. En el camino, íbamos paticando qué onde taría bueno ir a conocer. Le dije que el chofer que nos llevó del aeropuerto al hotel comentó que él mismo podía llevarnos a conocer las cascadas Mágicas de Copalitilla, a la Laguna Ventanilla, a un pueblo mágico con playa de nombre Mazunte… o a la famosa playa desnudista de Zipolite. Cuando le solté esta última otción, no le quité la mirada ni tantito: la arriendé a ver, con una sonrisa y mirada de complicidad, alevantando las cejas dos veces, como quien no quiere la cosa pero sí quiere, animándola y empujándole la idea nomás con la pura mirada. –“¡¿Quééé?! –me dijo abriendo los ojos como platos–. “¿Cómo creeeees? ¡Ay no! ¡Qué pena! ¿A poco tú te animarías a andar desnudo delante de otras personas desnudas?” Yo me hice el pensativo, rascándome la barbilla, imaginándome que ya taba yo áhi. Y le dije: –Pos desnudo, desnudo lo que se dice encuerado… quién sabe. Pero curiosidá sí me da. Nomás pa´ver, ¿no? Ver como reatcionan las gentes asina, como una cosa cultural. No vayas a pensar que porque me quiero echar un taco de ojo, ¡¿cómo crees?! Ella soltó la risa, me dio un manotazo leve en el brazo y me dijo: –“¡Ay tú! Estás re loco. No, no y no”. Y seguimos caminando. A los lados del camino era como un enorme jardín muy bien cuidado, muchísimos árboles, palmeras chicas y grandes y cáctus y más cáctus. Nopales con hartas espinas, con pocas y, un nopal que me dejó con la boca abierta: haga de cuenta un nopal normal del campo pero, con unas pencas como tres o cuatro veces más grandes que las normales y, ¡sin espinas!, lisito, lisito. Despues de como 15 minutos de caminar, llegamos hasta onde taba una albercota, larga, ancha, como si juera alberca de competencia, de color azul juerte, con carriles marcados en el fondo. Taba pegada al mar, tan cercas que mientras ta uno áhi, se podía oyir las olas rompiendo suavemente sobre las piegras. El mar se miraba tranquilo, azulverde, como si juera una sábana tendida, tan lejos, tan lejos hasta onde se acababa la vista. Todo taba bien acomodadito, limpio, amplio, harto espacio. Palapas bien acomodadas, camastros en filas derechitas, sombrillas y mesitas derrondas blancas. A un costado, un jardín verde, verde, que se metía casi hasta la orilla de la alberca. La playa en forma de media luna, con cerros cubiertos de monte al ruedo y arena clara. No era un sitio ruidoso, mas bien tranquilo, algunas voces queditas, una que otra risa y en veces el chacualeo del agua cuando alguien se echaba un brinco pa´dentro. Yo y mi Púchun nos quitamos los zapatos, nos tiramos en unos camastros. Yo cerré mis ojos disfrutando el correr de la brisa, las olas del mar, cantos de aves y el olor a mar. En eso, como impulsada por un resorte, mi Puchunga se paró en chinga y se jue corriendo descalza hacia la alberca a unos dos metros de onde tábamos nosotros. Sin pensarlo siquiera, se echó un brinco y se metió con todo y ropa pa´dentro hasta onde taba un chamaco pataliando, todo torcido, con los ojos bien abiertos y tragando agua. Agarró al niño por detrás, por debajo de los brazos, le alevantó la carita pa´que respirara y avanzó hasta la orilla hablándole quedito: –“Tranquilo, tranquilo, respira, respira» El escuicle tosía, escupía agua, temblaba. Cuando llegaron a la orilla, una señora empezó a gritar que era su hijo y en eso, apareció el salvavidas. Yo, me jui corriendo a onde tenían toallas, agarré una y se la llevé a mi Puchunga que de tan mojada que taba, casi se transparentaba. Ya que miramos que el niño taba bien, nos juimos en el carrito a nuestra habitación pa´que se quitara su ropa mojada. Al entrar, taba tirado un papel en el piso onde decía que era nuestra última noche, que a otro día nos cambiarían a otra habitación de menos categoría y… ándales, ya me rete colgué, áhi nos pa´l´otra, graciotas.
