FIEBRE Y TOS: ENTENDER PARA NO ALARMARSE-DON CHIMINO
Por: J. David Flores Botello
FIEBRE Y TOS: ENTENDER PARA NO ALARMARSE.- En la infancia, pocas cosas inquietan tanto a los padres como ver a un hijo con fiebre y tos. Son dos palabras que, juntas, suelen encender la alarma en casa, interrumpir el sueño y provocar carreras innecesarias. Sin embargo, entender qué son y por qué aparecen permite actuar con serenidad y tomar mejores decisiones. La fiebre no es una enfermedad. Es una respuesta natural del organismo cuando detecta una infección, sobre todo viral. Al elevar la temperatura corporal, el cuerpo crea un ambiente menos favorable para los virus y, al mismo tiempo, activa con mayor eficiencia sus mecanismos de defensa. Por eso, la fiebre, en sí misma, no es el enemigo. Lo verdaderamente importante no es el número que marca el termómetro, sino el estado general del niño. Un niño con fiebre que juega, responde, toma líquidos y se comporta de manera relativamente normal suele estar enfrentando un proceso leve que puede vigilarse en casa. Existe la creencia de que toda fiebre debe bajarse de inmediato. Esto no siempre es necesario. El medicamento para la fiebre está indicado cuando el niño está incómodo, decaído o irritable, no solo por la cifra. Abrigar en exceso, bañar con agua fría o administrar medicamentos sin indicación médica no solo no ayuda, sino que puede generar más malestar. La tos, por su parte, también cumple una función importante. Es un reflejo de protección que ayuda a limpiar las vías respiratorias y a expulsar moco y secreciones. En muchos cuadros respiratorios, especialmente los virales, la tos forma parte del proceso de curación. Intentar quitarla a toda costa sin valorar su causa puede ser un error. La mayoría de las toses en los niños mejoran con el paso de los días, con buena hidratación, reposo y vigilancia. Aquí es fundamental decirlo con claridad: fiebre y tos no significan automáticamente que se necesiten antibióticos. La gran mayoría de las infecciones respiratorias en la infancia son causadas por virus. Los antibióticos no curan virus. Usarlos sin indicación médica favorece la resistencia bacteriana, provoca efectos secundarios innecesarios y crea la falsa idea de que “sin antibiótico no se mejora”. El manejo inicial en casa debe centrarse en cuidados simples pero efectivos: ofrecer líquidos con frecuencia, no forzar la alimentación, mantener un ambiente ventilado, evitar cambios bruscos de temperatura y permitir el reposo. En los bebés, la leche materna sigue siendo el mejor aliado, ya que hidrata, nutre y fortalece las defensas. Existen señales de alarma que sí ameritan valoración médica: dificultad para respirar, respiración rápida o con hundimiento de las costillas, decaimiento importante, fiebre persistente por varios días, vómitos continuos, rechazo total de líquidos o cualquier síntoma preocupante en un bebé pequeño. Reconocer estos datos es más útil que vivir con miedo constante al termómetro. La fiebre y la tos asustan, es cierto. Pero en la mayoría de los casos no son el problema, sino la evidencia de que el cuerpo del niño está trabajando para defenderse. Cuando los padres comprenden esto, dejan de luchar contra el organismo y comienzan a acompañarlo de manera inteligente. Criar con información reduce el miedo. Observar, cuidar y saber cuándo acudir al médico es parte del aprendizaje de ser padres. La calma, casi siempre, también es una forma de medicina.
DON CHIMINO.- Nuestro segundo día en el hotel Los Vientos en Guatulco comenzó como a las 9 de la mañana y no porque nos haiga lastimado la luz del sol costeño, no, lo que nos hizo que recordáramos jue el chilladero de tripas que teníamos yo y mi Puchunga porque ya hacía harta hambre. Nuestro cuarto taba a escuras pues, antes de dormirnos, corrimos las cortinas del gran ventanal que daba a la terraza, cerramos el balcón de vigrio que, de tan grande, se corría pa´un lado y p´al otro. Después de quedar abrazaditos un rato y que se quedó ronroniando mi Puchún, recargada sobre mí, con cuidado la hice a un lado y dejé el cuarto a escuras, silencito y con el aigre acondicionado en 27, que ya pa´mí es frío y pa´ella es no sentir calor pero tampoco fresco. Si por ella juera ¡lo pondría en 21! Aray, sería atsurdo congelarse en costas guajaqueñas. Ella se durmió a pierna suelta con solo su camisón transparente puesto, sin taparse. Yo sí, me enpiyamé, me puse calcetas, me eché una sábana encima y llegó un momento en que me tuve que echar, de mis dorrillas para abajo, el cobertor porque me dio frío y ya me querían dar calambres. Al correr las cortinas y abrir el ventanal sentí la calor, la brisa, la humedá y oyí las olas del mar, porque, no es por presumirles pero, la parte del hotel onde tábamos, era la mera viaipí y los únicos que teníamos vista al mar de manera cercas y direpto, no tan lejos como las otras habitaciones. Como la hora pa´desayunar terminaba a las 11 de la mañana, nos apuramos a bañarnos y irnos sin carreras. Ella se bañó primero porque ya sabe, yo me eternizo en el baño, ella se baña rapidito y como el baño tenía vestidor, salió ya casi lista pa´que nos juéramos, vistiendo un pantalón de licra color atigrado, tan pegadito que, en lugar de que se viera que lo traiba puesto, se miraba como si se lo ´bieran pintado encima de su piel. Se puso una blusa color cremita, suelta, escotada, como a ella le gusta y, mientras se enchinaba la pestaña y se daba su manita de felina, pos asina se miraba con su licra, yo, como pocas veces, me apuré a bañar. No me tardé ni media hora: hice pipí, popó, me bañé, me rasuré mientras me bañaba. Me sequé el cuerpo con una tualla blanca, porosa, suavecita y enorme, a luego mi pelo con una pistola secadora que áhi taba. Con la misma me sequé los dedos de mis pieses. Ya en el vestidor tenía lista mi ropa. Me puse un pantalón de mezclilla de color azul escuro, una guayabera blanca con dos tiras bordadas, por lelante, de arriba abajo, una a cada lado. Me la trajo mi primo Celedonio que ´stuvo trabajando como ingeniero en la construpción del Parque la Plancha en Mérida, Yucatán, o séase original yucateca. Me entalqué mis pieses, me puse unos guaraches que merqué en una tienda de artesanías que ´ta cercas de Buenavista, de Cuéllar, muy cómodos, frescos, seguros, con su correa atrás pa´que no se le chispen a uno. Mi Púchun se puso unas chanclas con hartos brillitos, con un moño dorado y unas perlitas blancas que, al caminar, sonaban como cascabelitos. Encima del escritorio de nuestra habitación, ´taba un mapa onde se podía mirar a onde taba cada lugar. El restaurán El Mexicano taba cercas de áhi, asina que, ya casi a las 10, salimos y nos juimos caminando por la carretera empiedrada. Como a lo de dos cuadras, encontramos un letrero que señalaba que, pa´abajo, por unas escaleras, llegaríamos al mentado restaurán, y sí, casi a una cuadra, entre escalones y terreno plano, áhi taba. Una palapa de palma, mesas cuadradas con manteles largos color dorado, las sillas de madera con asientos de palma. Como a 20 metros taba la playa con unas olas queditas, suaves, como la brisa que taba corriendo. Apenas nos tábamos ensillando cuando llegó un mesero, muy elegante. Traiba un pantalón azul y una guayabera, casi como la mía. Muy amablemente nos ofreció café, nos dijo que era bufete, que podíamos pasar. Nos dijo que había estaciones de carnes, verduras, frutas, platos calientes, estación de pastelería y postres, estación de cocina en vivo. Barra de yugures, cereales y lápteos, barra de bebidas con tés, jugos, aguas frescas y natural. La tal estación de cocina en vivo es una parte, en la que ´tá una señora con un comalote a onde hace quesadillas, picaditas y güevos, entre otras cosas. Le pedí dos güevos rancheros, voltiados y con la llema aguada, no dura, y dos quesadillas de flor de calabaza. A un lado, ´bía cinco molcajetes con salsas de diferentes, con letreros de más o menos picor, yo, le eché a mi plato de habanero y de chiles amartajados. Las mentadas estaciones taban re largas. Había menudo, pozole, carne de res, de pollo, de puerco, salchichas, jamón de pierna yserrano, tocino, barbacoa. En la de frutas: melón verde y de color normal, sandía, papaya, uvas, fresas y en la de postres, ¡uf! Pasteles de hartos sabores, arroz con leche, macedonia, payes y un chingo de panes. Las ollas con comida caliente taban encima de parrillas con lumbre bajita pa que no se enfriara. Me paré por comida como 7 veces, en una de esas, una turista, como de 25, con un chorcito blanco deshilachado y una blusa escotada, de tirantes y sin más nada abajo, me confundió con mesero, me pidió jugo verde, yo, amablemente jui por él y se lo llevé. Cuando me miró que taba yo sentado trague y trague se dio cuenta que no era mesero, yo creo que le dio pena porque me arriendaba y me arriendaba a ver soniéndome. Era tantísima la comida que, me faltó panza… y ¡ándales! Ya me requete colgué, áhi nos pa´l´otra, graciotas.
