La leche materna: Donde empieza la salud – Don Chimino
Por: J. David Flores Botello
LA LECHE MATERNA: DONDE EMPIEZA LA SALUD.– La vida humana comienza mucho antes del primer llanto. Comienza en silencio, dentro del cuerpo de la madre, donde el bebé recibe nutrientes, defensas, oxígeno, calor y emociones. Pero es al nacer cuando ocurre uno de los actos biológicos más extraordinarios que existen: la lactancia materna. Un puente vivo entre la madre y su hijo. Un lenguaje sin palabras, lleno de ciencia y de ternura. Durante décadas, muchos pensaron que la leche era simplemente “alimento”. Un líquido blanco cuyo único propósito era llenar el estómago del recién nacido. Hoy sabemos que es mucho más: es un ecosistema vivo, dinámico, inteligente y diseñado a la medida exacta de cada bebé. La leche materna cambia cada día, cambia a lo largo del día y cambia incluso en cuestión de horas cuando el niño se enferma. Y no es magia: es biología pura, finamente orquestada. Dentro de cada gota viajan millones de bacterias buenas, células de defensa, anticuerpos, hormonas, factores de crecimiento, oligosacáridos (prebióticos naturales) y nutrientes imposibles de imitar. La naturaleza no improvisa: la leche materna fue hecha para construir un sistema inmunológico completo desde el día uno. Una de sus maravillas es la microbiota, ese ejército de microorganismos benéficos que habitará el intestino del bebé durante toda su vida. Allí se forman las bases de la digestión, de la absorción de nutrientes, de la maduración inmunológica y hasta del futuro metabolismo del niño. El intestino no es solo un tubo para procesar comida: es un órgano vital estrechamente conectado con el cerebro y el sistema inmunológico. Por eso muchos llaman a la microbiota el “segundo cerebro”. La leche materna —que jamás está “vacía”— lleva bacterias que nacen en el propio organismo de la madre. A través de la llamada ruta entero-mamaria, microorganismos del intestino materno viajan hasta la glándula mamaria para poblar la leche. Y no cualquier bacteria: Lactobacillus fermentum, que reduce infecciones; Lactobacillus reuteri, que disminuye el cólico del lactante; Bifidobacterium longum, que protege la mucosa intestinal y ayuda al desarrollo. Esto es nutrición, pero también es defensa. Es arquitectura inmunológica. Y el proceso empieza aún antes de la primera toma. En el pecho materno espera una sustancia dorada, espesa, única: el calostro. A veces le llaman “oro líquido”, pero se queda corto. El calostro es la primera vacuna de la vida. En apenas mililitros concentra anticuerpos, células vivas, factores antiinflamatorios y prebióticos capaces de recubrir el intestino del recién nacido como un escudo. Ningún laboratorio ha podido replicarlo. Ninguno podrá. Cuando la madre abraza a su bebé y lo pone al pecho, ocurre otro fenómeno sorprendente: la leche cambia según las necesidades del niño. Si el bebé presenta fiebre o infección, la saliva que entra en contacto con el pezón envía señales al cuerpo materno. Y en pocas horas la leche se modifica: más inmunoglobulinas, más células de defensa, más protección específica. Es como si la madre produjera un tratamiento personalizado para ese hijo y solo para él. Pero la lactancia no solo construye cuerpos; también construye vínculos. El contacto piel con piel regula la respiración del bebé, estabiliza su glucosa, reduce el llanto, fortalece el apego y disminuye el riesgo de depresión posparto. La madre se recupera mejor, sangra menos y reduce su riesgo de cáncer de mama y ovario. Amamantar protege a los dos. La lactancia también ordena el futuro. Reduce alergias, obesidad infantil, asma, infecciones respiratorias, diarreas graves, hospitalizaciones, diabetes tipo 1 y 2, y mejora el desarrollo neurológico y visual. Incluso influye en la calidad del sueño y en la maduración emocional del niño. Lo que sucede en los primeros meses deja huella para toda la vida. Claro que no todo es sencillo. A veces duele, cuesta trabajo, hay grietas, hay cansancio, hay mitos y presiones. Por eso la madre necesita acompañamiento, información, abrazo y comunidad. Necesita escuchar que no está sola. Que su leche es suficiente. Que su cuerpo sabe. Que cada toma es un acto de amor y de ciencia. La lactancia materna es el inicio de la microbiota saludable, de la inmunidad temprana, de la nutrición perfecta, de la regulación emocional y del vínculo más poderoso que existe. La leche materna no se compara con nada porque es incomparable: es medicina, alimento, cobijo y memoria. Proteger la lactancia es proteger el futuro. Acompañarla es honrar la vida. Entenderla es reconocer que el primer hogar del niño no es una casa, ni una cuna… es el cuerpo de su madre.
DON CHIMINO.- Como les taba paticando, yo y mi Púchun nos sacamos la rifa de dos viajes pagados a Guatulco, Goajaca, a un hotel bien pipirisnais y, anque nos costaron un buen de morlacos más, nos dieron pulsera viaipi como si juéramos gentes ricas. Los cuartos del hotel están como entre montesitos o montañas chicas. Las partes planas es onde ta´el estacionamiento y el que le mientan loby. Tambor hay un tiatro, canchas de tenis, una de basquetbol y una esplanada grande. Las habitaciones ´tán lejos de áhi, unas pa´un lado, otras pa´ otros lados, en un montesito cada “pueblo”, que así le mientan pa identificar en qué parte del hotel está uno porque, asina van los carritos, a cada pueblo, no van de pueblo en pueblo, no, van a uno o a otro y de áhi se regresan al estacionamiento de onde vuelven a salir, a cada pueblo. Nuestra yunior suit taba en la montaña más lejana y más alta. En lo mero alto de la montaña, de las únicas con terraza amplia que pareciá patio y, con vista al mar. Lo transportan a uno en carros de golf a onde caben como 12 gentes, 4 sentados a los lados y otros 4 atrás, viendo pa´trás. Todos con los pies colgando y detenidos por una barra atravesada de lado a lado, a la altura de la cintura y bien asegurada a cada lado. A mí no me gusta ir en coche viendo pa´trás porque me mareo pero, mi Púchun quiso que atrás y ni modos, tuve que hacerlo y, la mera verdá, anque eran curvas y curvas, de subida y de bajada, ni tiempo tuve de marearme por ir contemplando todo el paisaje que parecía ´ver sido sacado de una película. Con su traca traca, traca traca, los carritos avanzan por unas veredas preciosas, hermosos jardines con un chingamadral de palmeras de todos tamaños. El camino esta empiedrado, piedras derrondas colocadas de manera tan artesanal que casi se sienten planas, ni se siente la boludés cuando camina por él. Asina que no va uno rebotando. Las veredas o caminos por onde van y vienen los carritos se me asemejaron las calles de Tatsco, pero sin tantas gentes subiendo y bajando, tatsis, combis ni puestos comerciales. Su anchór permite que pase coche de ida y de regreso y hay forma de caminar esas veredas, enclusive, yo y mi Púchun preferimos, en veces, bajar por las escaleras hasta la playa y caminar hasta el loby por la vereda que ta´al borde de la playa y que, en unas partes, ta´ mero arriba de onde llegan las olas del mar. Yo, que no se me quita lo chango, me pasé al otro lado de la barda de contensión de un medio metro de alto y echándome un brinco, me trepé sobre unas piedrotas enormes que tán en la orilla del ma. Como eran derrondiadas y de superficie lisa, quedé parado disparejo, con una pierna más arriba que la otra, con los pies deladeados, pero bien equilibrado. Mirando hacia el mar, estiré mis brazos con las palmas hacia arriba, dándole gracias a Dios por permitirme estar en ese lugar tan bello. Le pedí a mi Púchun que me tomara una foto asina como ´taba yo. En eso, mi pierna de abajo me comenzó a temblar un poco porque era la que taba recibiendo mi peso… y mi Púchun, que es buenísima para sacar fotos, más que la Mafafa Musguito, ni tan siquiera podía activar la cámara de su celular. Pasaron segundos que se me hicieron eternos, mi pierna comenzó a temblarme más, ya llevaba yo un buen rato parado asina de incómodo. ¿Yaa?, le dije. No sé que le pasó pero, nomás no me fotografiaba y, como ya taba a punto de darme un calambre, mejor me regresé a la orilla. Por las noches se mira todo impresionante. La Barda de contensión a los lados de las veredas, son anchas, hechas con piedras de río, bien puestas, como si cada una juera a la medida pa´ embonar tan bien. Las luces naranjadas, metidas como en cubos dentro de las bardas, como a 5 metros de distancia entre una y otra, alumbran los caminos suavemente, sin lastimar la vista. A algunos arbolitos, más a las palmas, les pusieron luces indireptas del mismo color y, de las cosas más bellas: oyir el murmullo de las olas de un mar tranquilo que invitaba a cabilar. Agu no les patico lo de cómo era la habitación, los restauranes y las etsperiencias cuando nos metimos a bañar al mar y, ya me volví a colgar, asina que: ¡áhi nos pa l´otra! ¡Graciotas!
