Niños en la cocina: Aprender, crecer y convivir- Don Chimino

Por: J. David Flores Botello

NIÑOS EN LA COCINA: APRENDER, CRECER Y CONVIVIR. La cocina, ese espacio donde tantas veces se mezclan aromas, memorias y tradiciones, puede convertirse también en un lugar profundamente educativo para los niños. No se necesita que prendan la estufa ni que manipulen cuchillos para que descubran lo fascinante que es preparar alimentos. Basta con abrirles la puerta y permitirles participar en pequeñas tareas seguras y sencillas, que despiertan su curiosidad, fortalecen su autonomía y construyen convivencia familiar. A los niños les encanta sentirse útiles. Cuando un pequeño lava frutas, mezcla ingredientes fríos, arma una ensalada de colores o decora un sándwich, no solo está jugando: está desarrollando coordinación fina, creatividad, concentración y confianza en sí mismo. Está aprendiendo que la comida no aparece por arte de magia, que requiere tiempo, paciencia y cuidado. Y ese descubrimiento marca su relación con los alimentos para toda la vida. Cocinar con niños mejora la alimentación sin necesidad de regaños. Un niño que participa toca, huele, explora y prueba lo que prepara. La evidencia y la experiencia cotidiana coinciden: quien ayuda a cocinar acepta mejor las verduras, prueba alimentos nuevos y se siente orgulloso de lo que logra. Esa mezcla de participación, juego y logro transforma el momento de comer en algo positivo. Además, cocinar juntos fortalece la convivencia familiar. En una época dominada por pantallas que nos separan, la cocina vuelve a reunir. Un niño que mezcla una masa, exprime un limón o acomoda frutas en un plato no solo está aprendiendo, está creando recuerdos. Esos momentos sencillos son los que, años después, se atesoran con más cariño. Pero, como siempre, la seguridad va primero. La cocina puede ser un lugar maravilloso si se manejan las precauciones adecuadas. Los niños no deben acercarse al fuego, ollas calientes o sartenes. Tampoco deben utilizar objetos filosos ni aparatos eléctricos sin supervisión. Cada actividad debe adaptarse a su edad. Un niño pequeño puede lavar fresas o quitarle las hojitas al cilantro; uno más grande puede medir ingredientes, partir alimentos blandos con utensilios seguros o armar sus propias combinaciones de colores y sabores. Cuando se respetan esos límites y la supervisión es constante, el aprendizaje es enorme y el riesgo mínimo. También es importante entender que la cocina educa más allá de los alimentos. Enseña orden, paciencia, responsabilidad, higiene y respeto por el trabajo de los demás. Un niño que recoge su área, que limpia una mesa o que espera su turno, está aprendiendo valores fundamentales para la vida. Y cuando la familia reconoce ese esfuerzo —aunque sea por algo tan sencillo como mezclar yogurt con fruta—, el niño se siente capaz, importante y valorado. Eso impacta en su autoestima tanto como en su salud. Convertir a los niños en pequeños chefs no es un lujo, ni una moda, ni un entretenimiento pasajero. Es una manera de formar hábitos saludables, de enseñarles a cuidarse, de fortalecer lazos familiares y de abrirles la puerta a un mundo de sabores, texturas y sensaciones que los acompañarán siempre. Al final, no se trata de que preparen grandes platillos. Se trata de acompañarlos, guiarlos y celebrar cada logro, por pequeño que sea. Sembrar amor por la comida hecha en casa es sembrar salud, convivencia y memoria. Cocinar juntos no solo nutre el cuerpo: nutre el corazón.

DON CHIMINO.- Les taba paticando tocante a la vez que juimos a Guatulco con mi Púchun. Avisaron por la bocina del avión que tábamos a punto de aterrizar y que nadien debía pararse pa usar sanitarios y yo, con las ganísimas de tirar l´agua de riñón. Me sacrifiqué en no tomarme la mitán de una de las dos cervezas que me dieron pa´no aumentar más las ganas. Me ´bía aflojado el cinturón, desabrochado el botón de arriba del pantalón y bajado el cierre de la bragueta primero a la mitán y luego hasta abajo que al cabo que, antes de ponerme mi camisa, me puse una playera, bien fajada, pa´que me calentara un poco porque salimos de la Ciudá de México onde taba haciendo friyito asina que, la misma playera tapaba la ventana abierta que quedó y no se veía mi chonino amarillo güevo, que me regaló mi Púchun el fin de año pasado quesque es de la buena fortuna, que abre caminos, evita sustos y da protepción. Se me hizo eterna la llegada. Taba tan desesperado que ni miedo me dio la aterrizada, a la mejor porque no hay casas cercas del aeropuerto o porque el chafirete del avión lo supo aterrizar bien. Lo que me importaba era ya bajar pa irme corriendo al baño. Se me hizo eterno. Pa colocar el mentado gusano que pegan al avión pa´que nos métamos al aeropuerto se tardaron un chingo pero, la bajada de la gente estuvo desesperante. El julano que iba en el asiento al lado del pasillo de nuestra fila, ni se inmutaba a pesar de que las primeras filas ya ´bían comenzado a bajar y mientras siguiera sentadote no podíamos pararnos. Poco a poco jue avanzando la bajada, fila por fila. Cuando le tocó a la fila de alelante del otro lado del pasillo, una señora se puso a bajar sus maletas que taban en la parte de arriba, en el maletero. Con trabajos bajó una, luego otra con una calma de tortuga coja. Ya el pasillo taba despejado hacia alelante y ella tapando el paso y el julano de nuestra fila seguía echado. Yo, desesperado porque ya me andaba me paré, mi pescuezo quedó tortcido porque pegaba arriba de onde van las maletas de nuestro lado. “Con permiso” dije y me deslicé entre los respaldos de los asientos de alelante y las piernas de mi Púchun y del julano que seguía sentadote. Ya en el pasillo, brinqué las maletas de la señora lenta y me jui casi corriendo a la salida del avión, no sin antes hacerle señas a mi Púchun que la veía en donde recoge uno las maletas. El aeropuerto se mira chico pero, los pasillos se me hicieron muy largos a pesar de que casi corro rebasando a los que iban alelante. Cuando llegué a los sanitarios sentí que empezaba a gotiar y, anque taba la fila esperando pa´hacer lo mismo, me metí pa´dentro. Yo creo que se dieron cuenta de mi desesperación porque nadien me chistó. Como taba todo ocupado, me puse atrás de otro que taba en el mingitorio que, no sé si se apidó de mi o tuvo miedo de que lo juera yo a miar, se hizo a un lado y yo, batallando pa hacer a un lado la playera que me llegaba arriba del muslo y no me dejaba encontrar mi chonino pa´sacar el asunto, hasta que ¡por fin! Como chorro de agua de manguera de bombero, salió mi orín, mero cuando el otro terminó, que si no, a la mejor lo salpico. ¡Aaaaaahhhhh! Sentí que mis párpados se aflojaron, un escalosfrío me corrió del espinazo al pescuezo, se me enchinó la piel, me medio temblaron las corvas, me sudó la frente del puro alivio y me recargué sobre la pader que taba a un lado. Yo creo que pa´l´otra me llevo pañal o una bolsa nayla. La verdá sufrí un chingo, no solo porque sentí que se me reventaba la vejiga sino que, miarse en los calzones a esta edad debe ser muy penoso y si además es dentro de un avión, ha de ser muy apestoso. Pero bueno, tan siquiera ya tábamos en Guatulco y, ¿no les ´bía paticado cómo jue que llegamos áhi? Jué porque ganamos una rifa yo y mi Púchun. Jueron 100 boletos de mil varos cad´uno, cooperamos mita y mita y, como no nos poníamos de acuerdo en el número, lo dejamos a la suerte. Recortamos una servilleta de esas de la mesa, hicimos 100 pedazos, les pusimos su número a cada uno, los doblamos, los echamos en un tazón, echamos un bolado a ver quién empezaba y gané. Revolotiamos los papelitos, agarré uno y, salió el 73. Ese número me gustó mucho, llamamos al organizador de la rifa pa´ apartar el número, nos dijo que ya lo tenía vendido. Tonces, tocó su turno a mi Puchunga, sacó un papelito, el ocho. Llamamos y, tambor taba vendido. Era mi turno otra vez. Revolotié los papelitos, garré uno y… ¡me salió 41! ¡Chanfles! Pensé, ese número se relaciona con la homosexualidá masculina y no muy me agradó. Llamamos de nuez al organizador, yo pensando que ójala y ya lo haiga vendido, pero no, ¡ni modos! Pensé. Jue el destino, mercamos ese y, justo ese mero jue el ganador y… ándales, de nuez me volví a colgar, áhi nos pa l´otra, graciotas.