Una historia más del “orgullo de mi nepotismo”
Por: Enrique Castillo González
Esto me resulta vitaminante, explico. Mi hijo tuvo a bien regalarnos uno más de sus Cuentos Cortos, y, con vuestra venia querid(a)os 12 lector(a)es lo voy a mostrar en este patrullaje; el orgullo de mi nepotismo haciéndose de la tinta más indeleble dibuja una historia la mar de interesante; el lienzo es -mi alma- sus letras son el óleo y el marco el teatro de nuestras ideas de “escribidor”. Por ello, hablo de la intención de “cacarear” ¡ese es mijo!, recurro a la moderna técnica del copy page, pues, a esto escrito por mi crío no le quiero cambiar ni una coma. Y el cuento dice así.
El Huésped de Cristal
Por Buxa Chugo B.
Elías no tenía piel; tenía una membrana permeable. En su casa, las puertas eran sugerencias y los secretos eran traiciones.
Su madre, Elena, poseía una habilidad quirúrgica para encontrar las grietas en el silencio de su hijo.
“El amor familiar es la única jaula que se construye con los huesos del prisionero.”
Eran las tres de la mañana cuando la luz del pasillo se filtró por debajo de su puerta. No hubo golpe. Elena entró, se sentó al borde de la cama y comenzó a trenzar el cabello invisible de sus preocupaciones sobre el pecho de Elías.
—No puedes dormir porque sabes que me duele el costado, Elías. Sientes mi dolor porque somos la misma sangre-.
Elías quería decir que no dormía por la ansiedad de ser observado, pero su voz no le pertenecía. En esa casa, el «yo» era un pecado capital. El «nosotros» era la única religión permitida.
Al cumplir los treinta, Elías intentó poner un cerrojo. Compró la pieza de metal con la esperanza de que un trozo de acero pudiera detener una marea emocional.
Cuando regresó del trabajo, encontró a su padre, Julián, sentado en la cocina con el cerrojo sobre la mesa como si fuera un insecto muerto.
—¿A quién intentas dejar fuera, hijo? —preguntó Julián, mientras afilaba un cuchillo de cocina con parsimonia rítmica -¿A los que te dieron el aire que respiras?
“Quien pone un muro en la casa del padre, cava su propia tumba en el jardín.”
Esa noche, Elías comprendió que el terror no era la violencia, sino la omnipresencia. Sus padres no estaban en su habitación; estaban en su sistema inmunológico. Cada vez que intentaba tomar una decisión propia, sentía una náusea física, una respuesta biológica programada para castigar la individualidad.
Elías conoció a Clara. Clara era oxígeno. Clara era un límite personificado. Pero en la cena de presentación, el aire se volvió espeso, como brea.
Elena no atacó a Clara; la asimiló.
—Es tan linda, Elías. Se parece a la muñeca que te rompí cuando tenías seis años para enseñarte que nada es eterno —dijo Elena, sonriendo con una dentadura demasiado blanca.
Clara intentó defenderlo, pero Elías se encogió. Vió cómo las manos de su madre se extendían, no físicamente, sino a través de hilos de culpa que se enredaban en el cuello de Clara.
“La familia es un espejo que, en lugar de reflejarte, te devora para completar su propia imagen.”
Esa noche, Clara se fue. No por falta de amor, sino por instinto de supervivencia. Elías la vio marchar desde la ventana, mientras su padre le ponía una mano en el hombro. La presión de los dedos de Julián no era afecto; era un anclaje.
Pasaron los meses. Elías comenzó a olvidar dónde terminaba su cuerpo y dónde empezaba la voluntad de sus padres. Si Elena tenía hambre, el estómago de Elías rugía. Si Julián tenía frío, Elías temblaba.
El terror psicológico alcanzó su cenit cuando Elías entró al baño y se miró al espejo. Sus rasgos se estaban borrando. Sus ojos ya no tenían el color de los suyos, sino una mezcla turbia de los ojos de sus ancestros.
“Un hijo sin límites no es un hombre; es el eco de un grito que nunca termina.”
Intentó gritar, pero de su garganta salió la risa de su madre. Intentó correr, pero sus piernas se movían con la pesadez de los años de su padre. Estaba siendo colonizado. Sus recuerdos estaban siendo reemplazados por anécdotas de una infancia que no recordaba, pero que ellos le obligaban a aceptar como verdad.
La escena final ocurrió en el sótano. No había cadenas físicas. Elena y Julián estaban sentados en viejas mecedoras, observando a Elías pelar papas. El cuchillo estaba afilado.
—¿Ves qué paz, Elías? —susurró Elena—. Ya no tienes que decidir nada. Ya no tienes que ser tú. Ser «tú» es tan cansado… Ser «nosotros» es eterno.
Elías miró el cuchillo. Por un segundo, pensó en el límite definitivo: el corte que separa la vida de la muerte. Pero incluso ese pensamiento se sentía como un robo. Si se mataba, ¿no estaría destruyendo una propiedad privada?
“El parásito más letal es aquel que te convence de que su hambre es tu apetito.”
Elías bajó la cabeza y siguió pelando. La piel de la papa caía al suelo, igual que su identidad. En las paredes del sótano, las sombras de sus padres crecían hasta cubrir el techo, fusionándose en una sola mancha negra que lo envolvía todo.
Él ya no era un hombre. Era el tejido conectivo de una entidad hambrienta llamada Familia.
….Hasta ahí la enorme historia trazada por mi pequeño hijo, si, Buxa hoy es un señor Abogado Maestro en el arte de las leyes, y debo decirlo, con él sucede esto …- un día el gigante se paró frente a mi, lo supe entonces ¡ese Gigante hace algunos años se comió a mi niño! Mi Buxa es un pre/adolescente perfecto, moreno, ojos grandes, más grandes que el mismo rostro; su sonrisa es el telón de sus carcajadas, y así, cuando este gigante de barbas y tronco de leñador se sitúa frente a mi, dándome valor le reclamo ¡¿dónde está mi hijo?!… el Gigante sonríe más, el milagro se da !detrás de esos enormes ojos veo a mi hijo! Buxa vive feliz siendo pasajero dentro del cuerpo de ese enorme ser, de ese gigante.
Gracias Profesor Albarran, gracias Don Carlos Ramírez, muy agradecido hermano Carlos Ortiz, bendiciones Manual Zamudio, ¡eres un gran vago Rogelio! Gracias a todos por darse tiempo y darle espacio a la opera prima de Buxa.
